jueves, 10 de enero de 2019

Sextando (pensamiento)


A menudo quiero creer —y creo que muchos hay como yo, sino es que todos— que en algún punto el conocimiento, la experiencia, el karma, el plan cósmico o cualquier dispositivo mágico que controle los destinos que el lector quiera escoger, habrán de darme una herramienta, poder, habilidad o noción de cómo funcionan las cosas y que terminará por resolver todas las dudas que la vida presenta conforme ésta se bifurca. Una vez obtenido este remedio infalible los momentos de tribulación que antes podrían paralizarme se verán resueltos con la misma facilidad con que hoy uno se quita los pantalones.

Pero sabemos, o por lo menos es lo más probable, que no exista semejante panacea. No existe el arma o conjuro adecuados que, una vez obtenidos nos garantizarán la victoria. Vamos, ni siquiera existe algo que asegure la certeza de que podremos ir por la vida sin tropezar, espinarnos y padecer hambre e insolación. Yo por lo menos pediría algo así: un invento que me tranquilizara con la promesa de reducir los dolores y angustias que uno soporta infligidas por otros pero más a menudo por uno mismo.

Por eso hoy propongo que quienes vivimos esperando, abierta, inconsciente o secretamente, el talismán que lo resolverá todo —unos le llaman religión, otros ciencia, otros autoayuda, psicología, magia y algunos remedio, milagro o hechizo—, nos enfoquemos no en encontrar sino en construir una herramienta cuyo propósito único sea el ayudarnos a saber en qué aguas estamos navegando, cuáles son los mares aledaños, y sobre todo, a corregir el curso al que apunta nuestra pequeña nave.

En lugar de procurarnos un amuleto que calme las tormentas al ejecutar determinada danza acompasada con ciertos golpes de tambor, con aquello que tenemos a la mano y lo poco que sabemos, construyamos cada quien un sextante personal. La metáfora me ha parecido perfecta porque no se trata de una brújula fija que sólo diga "hacia allá está el Norte, igual que ayer, igual que antier"; y muchos menos es un GPS que te diga con voz robótica y acento extranjero "en 500 metros dobla a la derecha porque a la izquierda sólo van los ineptos, holgazanes, o los soñadores y los fracasados".

El sextante ha de ser adaptado a numerosas reglas, pero sobre todo, a la situación actual y particular del individuo que lo tiene asido con fervor entre las manos. Lo toma uno y ya desde allí el proceso es personal. La altura del sujeto afecta la lectura, la decisión de qué objeto celeste será nuestro guía es otra. Si bien en la vida real los astros confiables son pocos, siguiendo esta gran analogía náutica, uno es capaz de decidir cuál es su punto de referencia. A partir de ahí, depende de la habilidad de manipulación que uno hace del instrumento y de su conocimiento de las fórmulas y cálculos que se han de hacer.

Yo, particularmente, siempre he creído que la acumulación constante y permanente de conocimiento sería la clave que me mantendría a flote, que me dará la solución al problema, cuando sea que sienta que he perdido el rumbo. Y en parte no creo estar equivocado. Pero la mera absorción de datos o vidas enteras a través de libros, por ejemplo, no es suficiente para que uno recalibre los pasos que va dando. Esto queda sujeto a final de cuentas a los deseos de uno. Y estos no serán los mismos en cada etapa de la vida.

El problema es no saber y no poder decidir hacia dónde se quiere dirigir uno.

Como llevo varios párrafos diciendo, ninguna herramienta, ni un sextante magistralmente empleado, puede decir a dónde se quiere ir si uno mismo no se sienta a decidirlo. Los métodos para llegar a la decisión de dónde tocar puerto son infinitos e individuales. A final de cuentas es uno el que le tiene que decir al sextante a dónde quiere que lo lleve.

Imagen tomada de un pin que encontré acá

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Sextando (pensamiento)


A menudo quiero creer —y creo que muchos hay como yo, sino es que todos— que en algún punto el conocimiento, la experiencia, el karma, el plan cósmico o cualquier dispositivo mágico que controle los destinos que el lector quiera escoger, habrán de darme una herramienta, poder, habilidad o noción de cómo funcionan las cosas y que terminará por resolver todas las dudas que la vida presenta conforme ésta se bifurca. Una vez obtenido este remedio infalible los momentos de tribulación que antes podrían paralizarme se verán resueltos con la misma facilidad con que hoy uno se quita los pantalones.

Pero sabemos, o por lo menos es lo más probable, que no exista semejante panacea. No existe el arma o conjuro adecuados que, una vez obtenidos nos garantizarán la victoria. Vamos, ni siquiera existe algo que asegure la certeza de que podremos ir por la vida sin tropezar, espinarnos y padecer hambre e insolación. Yo por lo menos pediría algo así: un invento que me tranquilizara con la promesa de reducir los dolores y angustias que uno soporta infligidas por otros pero más a menudo por uno mismo.

Por eso hoy propongo que quienes vivimos esperando, abierta, inconsciente o secretamente, el talismán que lo resolverá todo —unos le llaman religión, otros ciencia, otros autoayuda, psicología, magia y algunos remedio, milagro o hechizo—, nos enfoquemos no en encontrar sino en construir una herramienta cuyo propósito único sea el ayudarnos a saber en qué aguas estamos navegando, cuáles son los mares aledaños, y sobre todo, a corregir el curso al que apunta nuestra pequeña nave.

En lugar de procurarnos un amuleto que calme las tormentas al ejecutar determinada danza acompasada con ciertos golpes de tambor, con aquello que tenemos a la mano y lo poco que sabemos, construyamos cada quien un sextante personal. La metáfora me ha parecido perfecta porque no se trata de una brújula fija que sólo diga "hacia allá está el Norte, igual que ayer, igual que antier"; y muchos menos es un GPS que te diga con voz robótica y acento extranjero "en 500 metros dobla a la derecha porque a la izquierda sólo van los ineptos, holgazanes, o los soñadores y los fracasados".

El sextante ha de ser adaptado a numerosas reglas, pero sobre todo, a la situación actual y particular del individuo que lo tiene asido con fervor entre las manos. Lo toma uno y ya desde allí el proceso es personal. La altura del sujeto afecta la lectura, la decisión de qué objeto celeste será nuestro guía es otra. Si bien en la vida real los astros confiables son pocos, siguiendo esta gran analogía náutica, uno es capaz de decidir cuál es su punto de referencia. A partir de ahí, depende de la habilidad de manipulación que uno hace del instrumento y de su conocimiento de las fórmulas y cálculos que se han de hacer.

Yo, particularmente, siempre he creído que la acumulación constante y permanente de conocimiento sería la clave que me mantendría a flote, que me dará la solución al problema, cuando sea que sienta que he perdido el rumbo. Y en parte no creo estar equivocado. Pero la mera absorción de datos o vidas enteras a través de libros, por ejemplo, no es suficiente para que uno recalibre los pasos que va dando. Esto queda sujeto a final de cuentas a los deseos de uno. Y estos no serán los mismos en cada etapa de la vida.

El problema es no saber y no poder decidir hacia dónde se quiere dirigir uno.

Como llevo varios párrafos diciendo, ninguna herramienta, ni un sextante magistralmente empleado, puede decir a dónde se quiere ir si uno mismo no se sienta a decidirlo. Los métodos para llegar a la decisión de dónde tocar puerto son infinitos e individuales. A final de cuentas es uno el que le tiene que decir al sextante a dónde quiere que lo lleve.

Imagen tomada de un pin que encontré acá

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sábado, 24 de marzo de 2018

Entre la espada y la espada (poema)


Puedes hincarte
junto a tu ventana y orar.
Pueden los demás
alzar piras
alimentadas por gritos
Y puedes enviar tus barcos
al borde del mundo
con las velas llenas de fe
el casco repleto de pólvora
y toneles de alcohol.

Si quiero puedo ser la Justicia de Dios en la Tierra
El brazo que aplaste las resistencias
La caricia que abrace a aquellos que sobrevivan

Pero también puedo sentarme junto al río
y ver pasar las cosechas
Puedo ver abrirse los frutos de las mujeres
y abrir las cabezas de los invasores
Puedo sepultar a las generaciones anteriores
o revivirlas en las que broten de mi
así como puedo negarme a cantar con el cuerpo
o a danzar con mis palabras
sobre las ascuas de la fogata

Al final los resultados,
aunque opuestos,
equidistantes:

Las curvas del camino
los puertos a que arribemos
los extraños sometidos
los conocidos derribados
los frutos comidos
y los fuegos de artificio
se avivan con la misma brisa
Las pestes desatadas comen una sola carne
y las guerras convocadas enfrentan a una sola ciudad

Esto entiendo
y convivo con ello
en mi celda y en mi palacio,
desde mi trono y mi púlpito
y repito
Al final, todas las vidas se reducen a transitar
entre la espada y la espada.

Fotografía que acompaña al poema tomada por mi en Oaxaca de Juárez, Oaxaca, México

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Entre la espada y la espada (poema)


Puedes hincarte
junto a tu ventana y orar.
Pueden los demás
alzar piras
alimentadas por gritos
Y puedes enviar tus barcos
al borde del mundo
con las velas llenas de fe
el casco repleto de pólvora
y toneles de alcohol.

Si quiero puedo ser la Justicia de Dios en la Tierra
El brazo que aplaste las resistencias
La caricia que abrace a aquellos que sobrevivan

Pero también puedo sentarme junto al río
y ver pasar las cosechas
Puedo ver abrirse los frutos de las mujeres
y abrir las cabezas de los invasores
Puedo sepultar a las generaciones anteriores
o revivirlas en las que broten de mi
así como puedo negarme a cantar con el cuerpo
o a danzar con mis palabras
sobre las ascuas de la fogata

Al final los resultados,
aunque opuestos,
equidistantes:

Las curvas del camino
los puertos a que arribemos
los extraños sometidos
los conocidos derribados
los frutos comidos
y los fuegos de artificio
se avivan con la misma brisa
Las pestes desatadas comen una sola carne
y las guerras convocadas enfrentan a una sola ciudad

Esto entiendo
y convivo con ello
en mi celda y en mi palacio,
desde mi trono y mi púlpito
y repito
Al final, todas las vidas se reducen a transitar
entre la espada y la espada.

Fotografía que acompaña al poema tomada por mi en Oaxaca de Juárez, Oaxaca, México

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domingo, 11 de marzo de 2018

En defensa del absolutismo ilustrado (micro ensayo)


En este micro ensayo —que en mi estilo más bien es un título bonito para un vómito más o menos ordenado sobre un tema— pretendo contarles por qué prefiero trabajar para un tirano inteligente que para un soberano imbécil.

He pasado por numerosos trabajos y bajo el mando de numerosos jefes, superiores o responsables. He probado de todo un poco incluso desde antes de salir de la carrera. Cada nuevo desafío ha estado acompañado no sólo de nuevas casas, nuevos colegas, nuevos tipos de obras que restaurar, nuevos pueblos, estados, municipios y grupos humanos de lo más diverso. De entre toda esta maraña he podido hilvanar en mi propia cabeza que me ayudan a orientarme y entender qué y cómo soy, al menos parcialmente.

Este tejido en constante cambio me ha permitido observar algunos de los diseños que espontáneamente se han generado en su superficie. Cada uno de éstos me ha revelado cosas sobre mi que antes no conocía o que antes ignoraba o mantenía en niveles inconscientes de pensamiento.

Hace poco y debido a circunstancias especialmente irritantes —por no usar términos menos elegantes— me he dado cuenta de una nueva orientación o tipo de razonamiento al cuál jamás pensé que accedería, al menos durante los últimos cinco años. Esta verdad de la siguiente:

Prefiero trabajar y ser cuasiexplotado por alguien inteligente, sagaz, calculador —un verdadero zorro o zorra (poniendo de lado la doble percepción negativa que en español genera este término)— o, como decimos un poco inexactamente, alguien maquiavélico en sus medios enfocados en alcanzar un fin.

Así es, lectores fantasma. Prefiero trabajar para alguien, en una palabra chingón, que para un imbécil que no sepa realizar su trabajo, eche la culpa a otros por su ineptitud y que, aún así, demande trabajo extra a sus subordinados diciendo que "hay que sacar la chamba", cuando son ellos mismos la causa de que el barco empiece a hundirse.

Meses han pasado últimamente y si es que hay alguien que lee esto verá que hace mucho que no publico con la regularidad de antes. Y se debe precisamente a un entorno de trabajo no sólo tóxico, sino verdaderamente cancerígeno. Mi hígado debe estar en terribles condiciones y eso que, además, casi no he tomado alcohol en dicho periodo.

Aquellas personas que, por azares del destino terminan dirigiendo a un equipo en una situación particularmente engorrosa o incómoda —presiones sociales, políticas, económicas— son quienes más pronto tendrían que darse cuenta de que no todo puede hacerse por uno mismo. Incluso yo, misántropo de grandes ligas, lo sabe y lo entiende. En mi vida social puedo ser apático y recluido. Pero como bien decimos, "la chamba es la chamba". Y es algo que se debe hacer pese a las incomodidades personales de cada sujeto.

Cuando un imbécil toma las riendas, quienes le siguen están casi predestinados a caer en el mismo precipicio que la punta de lanza. Maraña de humanos y caballos despeñándose porque el idiota estaba seguro de que conocía el camino. Ahora cambien a los miembros de esta caravana imaginaria: de ser sus compañeros de trabajo convirtámoslos en el Presidente, los diputados, los senadores, los gobernadores, y todos los demás miembros del supuesto Estado. El resultado es el mismo pero en proporciones bíblicas. El destino entero de una nación tirado a la basura por un montón de zoquetes que, además, sólo querían llenarse las alforjas.

Por eso, gentiles lectores, yo empiezo a creer con ardor, que la democracia no esta hecha para países con alto nivel de estupidismo. Es un sueño idealista que hace creer que el poder está en todos y que eso es lo más justo. Por eso, insisto, tanto en el gobierno como en el trabajo de todos los días yo voto —nótese la ironía— por volver al absolutismo ilustrado. En cierta medida, por supuesto.

Mi creencia ideal es una meritocracia en realidad, y de ella puedo hablar en otra ocasión. Pero en el día a día prefiero ser explotado por alguien que, al menos, tiene el cerebro para entender sus límites, o los de sus subordinados, para hacerse con más gente inteligente, con hacer lo necesario por cumplir la meta que, si bien puede ser personal, si es alguien listo, sabrá hacer que parte de la gloria salpique a la empresa, a los esclavos y a las marcas. Así, al menos, tiene uno con qué enjuagarse el sinsabor de trabajar, igualmente explotado, para un idiota que nos dice que rememos hasta el cansancio, justo cuando hay buenos vientos pero prefiere tener las velas sin desplegar.

No puedo evitar pensar en los grandes monumentos que hoy nos dan orgullo, nos permiten inflar el pecho y decir: mis antepasados construyeron este majestuoso edificio/ciudad/templo/pirámide, etcétera. Mucha gente de hecho no se enorgullece y reclama que todas las grandes obras de la Humanidad son producto de la esclavitud, la explotación y la muerte. Y en parte es cierto, pero, termino preguntándoles a todos los presentes: ¿qué, de verdad, se hubiera hecho de haberle dejado la decisión al libre albedrío de los pueblos, sin una cabeza —tiránica o no— que los guiara, indicara y obligara a crear muchas de las grandes muestras de la capacidad humana?

Fotografía tomada por mi en la que se observa el interior del templo de San Jerónimo Tlacochahuaya, Oaxaca.

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En defensa del absolutismo ilustrado (micro ensayo)


En este micro ensayo —que en mi estilo más bien es un título bonito para un vómito más o menos ordenado sobre un tema— pretendo contarles por qué prefiero trabajar para un tirano inteligente que para un soberano imbécil.

He pasado por numerosos trabajos y bajo el mando de numerosos jefes, superiores o responsables. He probado de todo un poco incluso desde antes de salir de la carrera. Cada nuevo desafío ha estado acompañado no sólo de nuevas casas, nuevos colegas, nuevos tipos de obras que restaurar, nuevos pueblos, estados, municipios y grupos humanos de lo más diverso. De entre toda esta maraña he podido hilvanar en mi propia cabeza que me ayudan a orientarme y entender qué y cómo soy, al menos parcialmente.

Este tejido en constante cambio me ha permitido observar algunos de los diseños que espontáneamente se han generado en su superficie. Cada uno de éstos me ha revelado cosas sobre mi que antes no conocía o que antes ignoraba o mantenía en niveles inconscientes de pensamiento.

Hace poco y debido a circunstancias especialmente irritantes —por no usar términos menos elegantes— me he dado cuenta de una nueva orientación o tipo de razonamiento al cuál jamás pensé que accedería, al menos durante los últimos cinco años. Esta verdad de la siguiente:

Prefiero trabajar y ser cuasiexplotado por alguien inteligente, sagaz, calculador —un verdadero zorro o zorra (poniendo de lado la doble percepción negativa que en español genera este término)— o, como decimos un poco inexactamente, alguien maquiavélico en sus medios enfocados en alcanzar un fin.

Así es, lectores fantasma. Prefiero trabajar para alguien, en una palabra chingón, que para un imbécil que no sepa realizar su trabajo, eche la culpa a otros por su ineptitud y que, aún así, demande trabajo extra a sus subordinados diciendo que "hay que sacar la chamba", cuando son ellos mismos la causa de que el barco empiece a hundirse.

Meses han pasado últimamente y si es que hay alguien que lee esto verá que hace mucho que no publico con la regularidad de antes. Y se debe precisamente a un entorno de trabajo no sólo tóxico, sino verdaderamente cancerígeno. Mi hígado debe estar en terribles condiciones y eso que, además, casi no he tomado alcohol en dicho periodo.

Aquellas personas que, por azares del destino terminan dirigiendo a un equipo en una situación particularmente engorrosa o incómoda —presiones sociales, políticas, económicas— son quienes más pronto tendrían que darse cuenta de que no todo puede hacerse por uno mismo. Incluso yo, misántropo de grandes ligas, lo sabe y lo entiende. En mi vida social puedo ser apático y recluido. Pero como bien decimos, "la chamba es la chamba". Y es algo que se debe hacer pese a las incomodidades personales de cada sujeto.

Cuando un imbécil toma las riendas, quienes le siguen están casi predestinados a caer en el mismo precipicio que la punta de lanza. Maraña de humanos y caballos despeñándose porque el idiota estaba seguro de que conocía el camino. Ahora cambien a los miembros de esta caravana imaginaria: de ser sus compañeros de trabajo convirtámoslos en el Presidente, los diputados, los senadores, los gobernadores, y todos los demás miembros del supuesto Estado. El resultado es el mismo pero en proporciones bíblicas. El destino entero de una nación tirado a la basura por un montón de zoquetes que, además, sólo querían llenarse las alforjas.

Por eso, gentiles lectores, yo empiezo a creer con ardor, que la democracia no esta hecha para países con alto nivel de estupidismo. Es un sueño idealista que hace creer que el poder está en todos y que eso es lo más justo. Por eso, insisto, tanto en el gobierno como en el trabajo de todos los días yo voto —nótese la ironía— por volver al absolutismo ilustrado. En cierta medida, por supuesto.

Mi creencia ideal es una meritocracia en realidad, y de ella puedo hablar en otra ocasión. Pero en el día a día prefiero ser explotado por alguien que, al menos, tiene el cerebro para entender sus límites, o los de sus subordinados, para hacerse con más gente inteligente, con hacer lo necesario por cumplir la meta que, si bien puede ser personal, si es alguien listo, sabrá hacer que parte de la gloria salpique a la empresa, a los esclavos y a las marcas. Así, al menos, tiene uno con qué enjuagarse el sinsabor de trabajar, igualmente explotado, para un idiota que nos dice que rememos hasta el cansancio, justo cuando hay buenos vientos pero prefiere tener las velas sin desplegar.

No puedo evitar pensar en los grandes monumentos que hoy nos dan orgullo, nos permiten inflar el pecho y decir: mis antepasados construyeron este majestuoso edificio/ciudad/templo/pirámide, etcétera. Mucha gente de hecho no se enorgullece y reclama que todas las grandes obras de la Humanidad son producto de la esclavitud, la explotación y la muerte. Y en parte es cierto, pero, termino preguntándoles a todos los presentes: ¿qué, de verdad, se hubiera hecho de haberle dejado la decisión al libre albedrío de los pueblos, sin una cabeza —tiránica o no— que los guiara, indicara y obligara a crear muchas de las grandes muestras de la capacidad humana?

Fotografía tomada por mi en la que se observa el interior del templo de San Jerónimo Tlacochahuaya, Oaxaca.

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Lo temblores de verdad no despiertan bestias atemporales (micro ensayo) (relato)

Tenía veinte minutos —tal vez poco más— de haber puesto pie en la ciudad de Oaxaca. Cenamos una torta a lo gordo y subimos a un taxi. Pocos cientos de metros más adelante nos detuvimos ante la luz roja. En ese ínter el coche jamás dejó de moverse. «Esta carcacha se va a desarmar ahorita» pensé, puesto que no era la primera vez que un taxi de quinta se retorcía ante el esfuerzo de seguir trabajando años después de su merecida jubilación. Yo sé que tú pensaste lo mismo, mientras hablábamos y me sostenías de la mano. O al menos algo muy similar.
No fue hasta que la radio del chofer delató al intruso: «Esta temblando bien cabrón. Todas las unidades anden con precaución...bien cabrón, de veras». El capitán de nuestro barco sacó la cabeza por la ventana en un gesto un tanto inútil. Como cuando bajas el volumen de la música o de las conversaciones para ver y pensar mejor las cosas. Lapsos de sinestesia estúpida.
—¡Ah, cabrón! Sí cierto —dijo con su cabeza fuera del auto.
Hasta entonces nos dimos cuenta de que estaba temblando con hartas ganas. Tú miraste el camión de tu lado del carro: se bamboleaba como si tuvieran fiesta u orgía en el interior. Yo vi una luz de la calle pero no percibí su baile. Luego vi el puente peatonal frente a nosotros y pude darme cuenta de que las varillas que hacían de pasamanos vibraban como si las hubiese golpeado un chiquillo en actos vandaloides.
Apenas se quitó el alto, quienes íbamos en la carcacha dejamos de sentir sus sacudidas. Unos segundos después el fulanito que manejaba arrancó y nos llevó al destino ya acordado. En el trayecto no pudo evitar llamar a su familia para ver cómo estaban. Así como yo no pude evitar pensar que manejar usando el celular es otra forma de matarse, y hasta más popular.
Pese a todo, llegamos a tu casa y nos tomó un tiempo darnos cuenta de los daños. El primero y más obvio: la gatita de tu roomie no aparecía. Hasta palideciste y te veía sudar frío. La muy inocente salió hasta que sintió que había pasado el peligro. O eso podemos suponer los humanos sobre las conductas de animales tan disímiles como los gatos. Luego hubo que recoger los pedazos. Principalmente, del espejo roto en tu cuarto.

¿A dónde quiero llegar con la relatoría? Bueno, son justamente los pedazos que dejó el temblor del jueves 7 de septiembre los que lastimaron más que el movimiento en sí. Definitivamente, el sismo destrozó material y metafóricamente las vidas de cientos de personas en Oaxaca y Chiapas. Pero fue después, cuando pasó el susto y la adrenalina se agotó en los riñones, que hubo que levantar los fragmentos y, entonces sí, recibir las heridas. O mejor dicho —si es que quiero apegarme a mi pensar—, reabrir las heridas que todo humano posee y ha poseído a lo largo de su existencia y la de la especie.

Luego del desastre y luego del caos de organización, prioridades y la rápida escasez de pensamiento crítico y práctico —en todos los niveles y círculos, aclaro— comenzó a brotar la basura enterrada de entre las grietas nuevas en el suelo. Grietas a las que, válgame la blasfemia, quiero meter el dedo.

El mexicano tiene fama de mil cosas. O mil famas completas distintas. Todas conviviendo en su personita y en su pedacito de continente. ¿Dónde le cabe tanta dicotomía? En el culo diría más de uno. Y hasta yo me reiría. Pero no de esto: piénsese en la imagen del mexicano corrupto, sucio, cuasicriminal, trepador, el que vive por la Ley de Herodes. Ahora póngase a su lado la también arquetípica figura del mexicano solidario, desinteresado, la del mexicano que se quita el pan de la boca para dárselo al vecino en necesidad, la del humanitario y hasta sacrificado mexicano que saca la casta a la hora de la hora.

Pues bien, si es cierto que éstos —y los otros mil moldes mexicanos— conviven a diario, nunca se contrastan tanto como en situación de desastre. Lo malo es que el primero, el corrupto gañán que reina el resto del año en encuestas y titulares es vencido en fama, impacto y difusión por el segundo. Y digo lo malo porque no deja que se vea lo que pasa, lo que está pasando en estos momentos:

Gandallas de medio pelo, cerdos sin escrúpulos y malnacidos que están prosperando a costa de los buenos mexicanos que están enviando ayuda a las zonas afectadas. Estos hijos de mala mujer —por mala educación o sólo por parirlos— lucran con las donaciones, las están distribuyendo como sus intereses les indican. ¡Joder, si hasta depende de por qué partido hayas votado si recibirás o no ayuda, comida, agua, alimentos! No basta con que el vecino se quedara sin casa ni cosas. Aparte hay que administrarle como un favor a ganarse lo que ya se donó en su nombre y para su salud. Son chingaderas que no sé qué tanto estén siendo señaladas en el gran escenario de la información. Y sí, la gente jodida por el temblor y rejodida por estos traidores a la especie ha tenido que apañárselas como puede; a veces incluso han tenido que saquear los convoyes con víveres que llegan al lugar. No hay cómo culparlos sin salpicar: se ven empujados por aquellos que ya les negaron lo que les tocaba y, obviamente, lo primero sería pensar «bueno, si no agarro lo que pueda ahorita, no voy a alcanzar nada en las reparticiones, si es que llegan a ocurrir». No sé ustedes, pero yo haría lo mismo. La cosa sería no tener que llevar a la gente a ese extremo. Ni siquiera pretendo entrar al tema de los que ponen su mesita plegadiza y una cartulina culera en la plaza diciendo que recolectan para los damnificados y luego van muy a gusto a hartarse con lo que otros desesperadamente necesitan.

A manera de colofón de este mezcalazo consciente, quiero aclarar una cosa: que no se deje de donar, de enviar, de divulgar la importancia de compartir lo que aquí ahora sobre y allá escasea. Por el contrario, exhorto al vagabundo que terminó en este rincón de la red a hacer su parte. Pero, por el amor de lo que crean que nos ve desde arriba, asegúrense bien de a quién dejan las viandas, a quién donan el dinero, en qué manos depositan lo que tienen para compartir. Porque no todos son honestos, no todos llegan, no todos reparten como deben, no todos tienen la infraestructura para ello. Acérquense a su humanitario de confianza, al organismo de cabecera, al hierro probado en batalla y entonces hay más posibilidad de que lo que tiene que llegar, llegará a donde debe.

Fuerza.


Fotografía del templo de Juchitán, Oaxaca, tomada de acá.



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Lo temblores de verdad no despiertan bestias atemporales (micro ensayo) (relato)

Tenía veinte minutos —tal vez poco más— de haber puesto pie en la ciudad de Oaxaca. Cenamos una torta a lo gordo y subimos a un taxi. Pocos cientos de metros más adelante nos detuvimos ante la luz roja. En ese ínter el coche jamás dejó de moverse. «Esta carcacha se va a desarmar ahorita» pensé, puesto que no era la primera vez que un taxi de quinta se retorcía ante el esfuerzo de seguir trabajando años después de su merecida jubilación. Yo sé que tú pensaste lo mismo, mientras hablábamos y me sostenías de la mano. O al menos algo muy similar.
No fue hasta que la radio del chofer delató al intruso: «Esta temblando bien cabrón. Todas las unidades anden con precaución...bien cabrón, de veras». El capitán de nuestro barco sacó la cabeza por la ventana en un gesto un tanto inútil. Como cuando bajas el volumen de la música o de las conversaciones para ver y pensar mejor las cosas. Lapsos de sinestesia estúpida.
—¡Ah, cabrón! Sí cierto —dijo con su cabeza fuera del auto.
Hasta entonces nos dimos cuenta de que estaba temblando con hartas ganas. Tú miraste el camión de tu lado del carro: se bamboleaba como si tuvieran fiesta u orgía en el interior. Yo vi una luz de la calle pero no percibí su baile. Luego vi el puente peatonal frente a nosotros y pude darme cuenta de que las varillas que hacían de pasamanos vibraban como si las hubiese golpeado un chiquillo en actos vandaloides.
Apenas se quitó el alto, quienes íbamos en la carcacha dejamos de sentir sus sacudidas. Unos segundos después el fulanito que manejaba arrancó y nos llevó al destino ya acordado. En el trayecto no pudo evitar llamar a su familia para ver cómo estaban. Así como yo no pude evitar pensar que manejar usando el celular es otra forma de matarse, y hasta más popular.
Pese a todo, llegamos a tu casa y nos tomó un tiempo darnos cuenta de los daños. El primero y más obvio: la gatita de tu roomie no aparecía. Hasta palideciste y te veía sudar frío. La muy inocente salió hasta que sintió que había pasado el peligro. O eso podemos suponer los humanos sobre las conductas de animales tan disímiles como los gatos. Luego hubo que recoger los pedazos. Principalmente, del espejo roto en tu cuarto.

¿A dónde quiero llegar con la relatoría? Bueno, son justamente los pedazos que dejó el temblor del jueves 7 de septiembre los que lastimaron más que el movimiento en sí. Definitivamente, el sismo destrozó material y metafóricamente las vidas de cientos de personas en Oaxaca y Chiapas. Pero fue después, cuando pasó el susto y la adrenalina se agotó en los riñones, que hubo que levantar los fragmentos y, entonces sí, recibir las heridas. O mejor dicho —si es que quiero apegarme a mi pensar—, reabrir las heridas que todo humano posee y ha poseído a lo largo de su existencia y la de la especie.

Luego del desastre y luego del caos de organización, prioridades y la rápida escasez de pensamiento crítico y práctico —en todos los niveles y círculos, aclaro— comenzó a brotar la basura enterrada de entre las grietas nuevas en el suelo. Grietas a las que, válgame la blasfemia, quiero meter el dedo.

El mexicano tiene fama de mil cosas. O mil famas completas distintas. Todas conviviendo en su personita y en su pedacito de continente. ¿Dónde le cabe tanta dicotomía? En el culo diría más de uno. Y hasta yo me reiría. Pero no de esto: piénsese en la imagen del mexicano corrupto, sucio, cuasicriminal, trepador, el que vive por la Ley de Herodes. Ahora póngase a su lado la también arquetípica figura del mexicano solidario, desinteresado, la del mexicano que se quita el pan de la boca para dárselo al vecino en necesidad, la del humanitario y hasta sacrificado mexicano que saca la casta a la hora de la hora.

Pues bien, si es cierto que éstos —y los otros mil moldes mexicanos— conviven a diario, nunca se contrastan tanto como en situación de desastre. Lo malo es que el primero, el corrupto gañán que reina el resto del año en encuestas y titulares es vencido en fama, impacto y difusión por el segundo. Y digo lo malo porque no deja que se vea lo que pasa, lo que está pasando en estos momentos:

Gandallas de medio pelo, cerdos sin escrúpulos y malnacidos que están prosperando a costa de los buenos mexicanos que están enviando ayuda a las zonas afectadas. Estos hijos de mala mujer —por mala educación o sólo por parirlos— lucran con las donaciones, las están distribuyendo como sus intereses les indican. ¡Joder, si hasta depende de por qué partido hayas votado si recibirás o no ayuda, comida, agua, alimentos! No basta con que el vecino se quedara sin casa ni cosas. Aparte hay que administrarle como un favor a ganarse lo que ya se donó en su nombre y para su salud. Son chingaderas que no sé qué tanto estén siendo señaladas en el gran escenario de la información. Y sí, la gente jodida por el temblor y rejodida por estos traidores a la especie ha tenido que apañárselas como puede; a veces incluso han tenido que saquear los convoyes con víveres que llegan al lugar. No hay cómo culparlos sin salpicar: se ven empujados por aquellos que ya les negaron lo que les tocaba y, obviamente, lo primero sería pensar «bueno, si no agarro lo que pueda ahorita, no voy a alcanzar nada en las reparticiones, si es que llegan a ocurrir». No sé ustedes, pero yo haría lo mismo. La cosa sería no tener que llevar a la gente a ese extremo. Ni siquiera pretendo entrar al tema de los que ponen su mesita plegadiza y una cartulina culera en la plaza diciendo que recolectan para los damnificados y luego van muy a gusto a hartarse con lo que otros desesperadamente necesitan.

A manera de colofón de este mezcalazo consciente, quiero aclarar una cosa: que no se deje de donar, de enviar, de divulgar la importancia de compartir lo que aquí ahora sobre y allá escasea. Por el contrario, exhorto al vagabundo que terminó en este rincón de la red a hacer su parte. Pero, por el amor de lo que crean que nos ve desde arriba, asegúrense bien de a quién dejan las viandas, a quién donan el dinero, en qué manos depositan lo que tienen para compartir. Porque no todos son honestos, no todos llegan, no todos reparten como deben, no todos tienen la infraestructura para ello. Acérquense a su humanitario de confianza, al organismo de cabecera, al hierro probado en batalla y entonces hay más posibilidad de que lo que tiene que llegar, llegará a donde debe.

Fuerza.


Fotografía del templo de Juchitán, Oaxaca, tomada de acá.



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jueves, 24 de noviembre de 2016

Imposturas impostoras (poema)

Esas gentes,
carajo, que las hay,
¡y a montones!
¿Quién les hace llegar el aguinaldo y bajo qué concepto?
Según el número de gente sobajada,
¿será el tamaño de la tajada?
Tal vez sea proporcional a la cantidad de éter que le han extirpado a sus prójimos con sus ventosas diáfanas.
Los conoces y los conozco.
Los ves al centro de la foto
Y los ves en el extremo sur del mapa.
O, en el peor caso, compartes con ellos el refri, la casa, la cama.
Sus caras no son suyas
O no del todo. Me explico:
Estos seres medran en el mediodía brincando de hombro en hombro.
Te palmean, te preguntan, te platican...pero no te escuchan.
Les sirves, como yo y todos,
únicamente como espejo.
Se te imponen para que ladres
Asintiendo a sus aforismos como si fueran las Tablas de Moisés.
¡Ah! Pero ay de tí si dudas, o corriges o señalas o propones o carraspeas o te mueves de forma alguna que disguste a tu inquilino.
Porque se trata de bufones con máscara de cebra
De colibrí
De lince
De artista contemporáneo o entintador de imprenta
Son el benevolente señor de hacienda
O el condenado limosnero de bajopuente.
Dan cátedra los jueves en la universidad
Y los fines de semana empollan pavorreales frente a las fuentes de sangre del vulgo pavimentario
¡Sángrelos, amigo!
Que vienen ya repletos de los humores y piensos de los vecinos ahítos.
¡Exprímalos con fuerza que, sean lo que sean, vienen llenos de cosa buena y nutritiva!
¡Reviéntelos!
¡Queme sus imposturas impostoras!
Y acuérdese, mi buen, que las sanguijuelas siempre son útiles cuando están bajo el control de su administrador.

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Imposturas impostoras (poema)

Esas gentes,
carajo, que las hay,
¡y a montones!
¿Quién les hace llegar el aguinaldo y bajo qué concepto?
Según el número de gente sobajada,
¿será el tamaño de la tajada?
Tal vez sea proporcional a la cantidad de éter que le han extirpado a sus prójimos con sus ventosas diáfanas.
Los conoces y los conozco.
Los ves al centro de la foto
Y los ves en el extremo sur del mapa.
O, en el peor caso, compartes con ellos el refri, la casa, la cama.
Sus caras no son suyas
O no del todo. Me explico:
Estos seres medran en el mediodía brincando de hombro en hombro.
Te palmean, te preguntan, te platican...pero no te escuchan.
Les sirves, como yo y todos,
únicamente como espejo.
Se te imponen para que ladres
Asintiendo a sus aforismos como si fueran las Tablas de Moisés.
¡Ah! Pero ay de tí si dudas, o corriges o señalas o propones o carraspeas o te mueves de forma alguna que disguste a tu inquilino.
Porque se trata de bufones con máscara de cebra
De colibrí
De lince
De artista contemporáneo o entintador de imprenta
Son el benevolente señor de hacienda
O el condenado limosnero de bajopuente.
Dan cátedra los jueves en la universidad
Y los fines de semana empollan pavorreales frente a las fuentes de sangre del vulgo pavimentario
¡Sángrelos, amigo!
Que vienen ya repletos de los humores y piensos de los vecinos ahítos.
¡Exprímalos con fuerza que, sean lo que sean, vienen llenos de cosa buena y nutritiva!
¡Reviéntelos!
¡Queme sus imposturas impostoras!
Y acuérdese, mi buen, que las sanguijuelas siempre son útiles cuando están bajo el control de su administrador.

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martes, 1 de noviembre de 2016

Cuando Lázaro se levantó...

I
Ya sé. Ya sé.
Como dicen los de Clutch: Lazarus is back from the dead...Looking as one would expect.
Lo mismo aplica en esta ocasión para mi blog, que a diferencia de Lázaro tiene más de tres días con la puerta sellada por una roca. Así que imaginemos el escenario. O mejor no.
¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora, a estas horas? ¿Por qué mientras estoy acostado en mi catre de jarcia (o como se escriba) sudando a más de 2000 km de las ciudades donde vivo o de aquellas en que viven mi familia y amigos?
Pues porque, supongo, difícilmente hallaré mejor momento.
En fin, esta entrada también pretende retomar la poco visitada costumbre de mi «Bitácora de viajero». Y es que la ocasión lo amerita. Estoy en medio de un viaje que consta de muchos (pero que muchos) pequeños viajes distintos.
Me encuentro en Sonora, en una comunidad del territorio yaqui haciendo lo que me gusta y por lo que estudié 5 años. El trabajo siempre fue el pretexto perfecto para conocer las esquinas y recovecos de mi país. Hoy estoy de regreso en el norte y no puedo dejar de ver en ello la acción cíclica de los engranes del tiempo.
Mi viaje no es en solitario. Procuro no olvidar que «happiness only real when shared». Y eso lo hace más ameno y también más enriquecedor.
Mi cuerpo está aquí al Sur de lo que es el Norte y que también es muy Occidente. Pero mi mente está de viaje por mil lugares y tiempos diferentes. ¿Cómo? Por la lectura.
No sólo volví al vicio sino que ahora me sobredosifico a diario. Y lo disfruto increíblemente. Cada libro es una vida vivida hecha de las mil experiencias del autor, las cuales son también sus vidas hechas de vidas anteriores cuyo cúmulo cognoscitivo no alcanza uno a retener todo entre las manos. Más bien pasa frente a uno mientras lee y trata de arrancarle tantos bocados como sea posible.
II
En esas estamos, como se dice. Llega noviembre y con él vuelven, aunque sea tantito, los muertos. Justo ahora oigo repicar las campanas del templo y me hago a la idea de visitar el panteón yaqui que en esta fecha permanece inundado por la luz anaranjada de cientos de veladoras.
Así, no sólo viajo dentro del presente, y me asomo al pasado. También viajo, cuánto es posible, dentro de las entrañas del futuro. Viaje por demás peligroso y que más que sabiduría, prodiga al aventurero desazones y promesas de desesperación pero que desembocan, la mayoría, junto a buenos puertos.
Me queda nada más decir que, bien dicen algunos, mientras más leo, más quiero leer y, también, más muero por escribir de manera seria. Serial. Seriada. En serio.

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Cuando Lázaro se levantó...

I
Ya sé. Ya sé.
Como dicen los de Clutch: Lazarus is back from the dead...Looking as one would expect.
Lo mismo aplica en esta ocasión para mi blog, que a diferencia de Lázaro tiene más de tres días con la puerta sellada por una roca. Así que imaginemos el escenario. O mejor no.
¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora, a estas horas? ¿Por qué mientras estoy acostado en mi catre de jarcia (o como se escriba) sudando a más de 2000 km de las ciudades donde vivo o de aquellas en que viven mi familia y amigos?
Pues porque, supongo, difícilmente hallaré mejor momento.
En fin, esta entrada también pretende retomar la poco visitada costumbre de mi «Bitácora de viajero». Y es que la ocasión lo amerita. Estoy en medio de un viaje que consta de muchos (pero que muchos) pequeños viajes distintos.
Me encuentro en Sonora, en una comunidad del territorio yaqui haciendo lo que me gusta y por lo que estudié 5 años. El trabajo siempre fue el pretexto perfecto para conocer las esquinas y recovecos de mi país. Hoy estoy de regreso en el norte y no puedo dejar de ver en ello la acción cíclica de los engranes del tiempo.
Mi viaje no es en solitario. Procuro no olvidar que «happiness only real when shared». Y eso lo hace más ameno y también más enriquecedor.
Mi cuerpo está aquí al Sur de lo que es el Norte y que también es muy Occidente. Pero mi mente está de viaje por mil lugares y tiempos diferentes. ¿Cómo? Por la lectura.
No sólo volví al vicio sino que ahora me sobredosifico a diario. Y lo disfruto increíblemente. Cada libro es una vida vivida hecha de las mil experiencias del autor, las cuales son también sus vidas hechas de vidas anteriores cuyo cúmulo cognoscitivo no alcanza uno a retener todo entre las manos. Más bien pasa frente a uno mientras lee y trata de arrancarle tantos bocados como sea posible.
II
En esas estamos, como se dice. Llega noviembre y con él vuelven, aunque sea tantito, los muertos. Justo ahora oigo repicar las campanas del templo y me hago a la idea de visitar el panteón yaqui que en esta fecha permanece inundado por la luz anaranjada de cientos de veladoras.
Así, no sólo viajo dentro del presente, y me asomo al pasado. También viajo, cuánto es posible, dentro de las entrañas del futuro. Viaje por demás peligroso y que más que sabiduría, prodiga al aventurero desazones y promesas de desesperación pero que desembocan, la mayoría, junto a buenos puertos.
Me queda nada más decir que, bien dicen algunos, mientras más leo, más quiero leer y, también, más muero por escribir de manera seria. Serial. Seriada. En serio.

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miércoles, 2 de diciembre de 2015

De los meses pletóricos

He estado fuera mucho tiempo.
No sólo mi vomitorio virtual se ha llenado de polvo y deyecciones de mosca. Literalmente he estado viviendo allá afuera por mucho tiempo.
Fue este, o al menos desde mi último arañazo en esta pizarra, un año pletórico. Ha sido, también, un año jesuítico, de caminos que llevan desde las capitales hasta los rincones del mundo, de veredas que algunos "locos" trazaron en el pasado y se extienden hasta el futuro a través de nuestro presente.
Estoy de regreso y la espera (o más bien la constante huída) se debe a que vengo aún salpicado de pasado, con arena en las orejas, con un poco de mar en los poros, con plegarias pegadizas y con demonios iluminados por centurias de fiesta y jolgorio.
No ha sido fácil. Esta vez la carne me desfallecía y mi transe se agudizaba debido a la lejanía, a la ausencia de mi bruja, de mi curandera, de mi doctora y paciente a la vez.
En fin, reflexiones de este talante las dejaré para cuando finalice el año en curso. Ahora toca afinar los tambores a las brasas, disponer el fogón y pagar bien a los músicos porque la fiesta (buena o mala, puesto que ninguna opción es promesa que yo les haya hecho alguna vez y menos en vías de cumplirla) se reaunda con esta entrada.
La arteria letrada no deja de palpitarme en las muñecas y en las axilas y, junto a mi reciente reenviciamiento lector, no hacen más que avivar las ascuas de mi escritura que permanecieron, desde febrero, suspendidas en un aire sin procedencia ni destino, estático.
¡Aleluya, el Demonio regresó!

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De los meses pletóricos

He estado fuera mucho tiempo.
No sólo mi vomitorio virtual se ha llenado de polvo y deyecciones de mosca. Literalmente he estado viviendo allá afuera por mucho tiempo.
Fue este, o al menos desde mi último arañazo en esta pizarra, un año pletórico. Ha sido, también, un año jesuítico, de caminos que llevan desde las capitales hasta los rincones del mundo, de veredas que algunos "locos" trazaron en el pasado y se extienden hasta el futuro a través de nuestro presente.
Estoy de regreso y la espera (o más bien la constante huída) se debe a que vengo aún salpicado de pasado, con arena en las orejas, con un poco de mar en los poros, con plegarias pegadizas y con demonios iluminados por centurias de fiesta y jolgorio.
No ha sido fácil. Esta vez la carne me desfallecía y mi transe se agudizaba debido a la lejanía, a la ausencia de mi bruja, de mi curandera, de mi doctora y paciente a la vez.
En fin, reflexiones de este talante las dejaré para cuando finalice el año en curso. Ahora toca afinar los tambores a las brasas, disponer el fogón y pagar bien a los músicos porque la fiesta (buena o mala, puesto que ninguna opción es promesa que yo les haya hecho alguna vez y menos en vías de cumplirla) se reaunda con esta entrada.
La arteria letrada no deja de palpitarme en las muñecas y en las axilas y, junto a mi reciente reenviciamiento lector, no hacen más que avivar las ascuas de mi escritura que permanecieron, desde febrero, suspendidas en un aire sin procedencia ni destino, estático.
¡Aleluya, el Demonio regresó!

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domingo, 8 de junio de 2014

La teoría erocéntrica (poema)

Yo guío su sed
La guío como si trazara un río
con mis dedos sobre su espalda
Como si cavara melodías de erosión en la roca del cuerpo que se levanta palpitante sobre mí.
Sus sombras me cubren como el domo de la noche cubre la tierra, allá afuera del universo erocéntrico que es nuestra habitación
Sus pechos son pléyades que orientan mi navío a través de mares mitológicos.
Y caigo en cuenta de la cosmogonía primordial que montamos en el teatro de las sábanas:
El dragón mutilado que conforma el mundo que es nuestra cama
La cabeza vacía de algún dios dándonos la luz tenue que envuelve nuestras propias muerte y resurrección a manos del otro, a muslos del otro...la muerte a besos del otro.
Hidras de cabezas de colmillos ávidos
Descender a los infiernos tan sólo en su busca
Por recobrar del ego de lo divino la preciosa mortalidad en el fuego del orgasmo mutuo
Sepultarnos en nuestros cuerpos para volver al mundo a los tres o cuatro días
Vuelvo a la noche de sus pechos que cuelgan como candelabros infinitos en el cielo de los primeros días
Entre sus piernas detengo el tiempo
Entre sus labios detengo el sonido,
aislo el vacío, reviento las leyes de
hombres y dioses
Y en un deslizar como de serpiente se va desvaneciendo la luz, van cayendo los frutos de la sabiduría, se va consumiendo entre chispas la zarza inmortal
Y al final de las cenizas del cigarro en mis labios y el suspiro suspendido  en los de ella reconozco la re-creación y des-creación de los universos, de las vidas de los hombres que no duran más que un orgasmo unísono en la madrugada

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La teoría erocéntrica (poema)

Yo guío su sed
La guío como si trazara un río
con mis dedos sobre su espalda
Como si cavara melodías de erosión en la roca del cuerpo que se levanta palpitante sobre mí.
Sus sombras me cubren como el domo de la noche cubre la tierra, allá afuera del universo erocéntrico que es nuestra habitación
Sus pechos son pléyades que orientan mi navío a través de mares mitológicos.
Y caigo en cuenta de la cosmogonía primordial que montamos en el teatro de las sábanas:
El dragón mutilado que conforma el mundo que es nuestra cama
La cabeza vacía de algún dios dándonos la luz tenue que envuelve nuestras propias muerte y resurrección a manos del otro, a muslos del otro...la muerte a besos del otro.
Hidras de cabezas de colmillos ávidos
Descender a los infiernos tan sólo en su busca
Por recobrar del ego de lo divino la preciosa mortalidad en el fuego del orgasmo mutuo
Sepultarnos en nuestros cuerpos para volver al mundo a los tres o cuatro días
Vuelvo a la noche de sus pechos que cuelgan como candelabros infinitos en el cielo de los primeros días
Entre sus piernas detengo el tiempo
Entre sus labios detengo el sonido,
aislo el vacío, reviento las leyes de
hombres y dioses
Y en un deslizar como de serpiente se va desvaneciendo la luz, van cayendo los frutos de la sabiduría, se va consumiendo entre chispas la zarza inmortal
Y al final de las cenizas del cigarro en mis labios y el suspiro suspendido  en los de ella reconozco la re-creación y des-creación de los universos, de las vidas de los hombres que no duran más que un orgasmo unísono en la madrugada

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lunes, 12 de mayo de 2014

From the byes (micro ensayo)

Va de nuevo el río a torcerse en escabrosos acantilados y recodos. Y uno ha de seguir el cauce por escandaloso que sea. Ha de seguir uno haciéndose el muerto mientras camina entre devotas señoras de negro.
Como un viento fresco refresca, también refresca el tornado mientras arranca tu casa desde el subsuelo. Así la vida mientras te acaricia suavemente el entrecejo, te clava un arpón entre las costillas. Es normal, claro, y no hay que estarla cuestionando. Es una dama calculadora y paranoica. Mejor darle por su lado...mejor dejar que nos ahogue en incertidumbres a que nos dispare una certeza en el paladar.
Así yo también me alegro y no. Retomo la bitácora porque retomo el camino. No es que lo haya dejado, sólo que mi camino se detuvo mientras yo repostaba: energía, amigos, cariño, holgazanería. Sí, bueno y malo hay que reponerlo sino el organismo trastabilla por el desequilibrio y puede caer en aguas cenagosas.
En fin, también el agua turbia de la noche me ha llevado río abajo y por eso ando acá con Bohren y el club deambulando por aceras perdidas de Chicago, de Nueva York, barriales defeños o andadores tapatíos (nada le piden los últimos a los primeros). Sólo es eso, tampoco me estoy muriendo, na'más me gusta sacar lo poquito para que no se convierta en lo mucho.
Y también estoy feliz, porque de nuevo vienen los retos, las laderas escarpadas, las pérdidas de visión, de juicio, del jugo interno, de que el encéfalo pierda el norte magnético, de hacer que los demás lo recobren aunque uno no sepa para dónde apuntar la escopeta.
Eso me gusta, y por eso vivo como vivo. Lo escogí para mí. Escogí esta vida, si bien no para ser permanente. Aunque he descubierto que rápidamente me está drenando las fuerzas, o son los momentos apacibles, quietos, en los brazos de ella, los que me hacen bajar de mi nube viajera y querer quedarme sentado un rato contemplando el atardecer en vez de ir corriendo, buscando atrapar un crepúsculo inacabable.
¡Salud y a poner pies en polvorosa!

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From the byes (micro ensayo)

Va de nuevo el río a torcerse en escabrosos acantilados y recodos. Y uno ha de seguir el cauce por escandaloso que sea. Ha de seguir uno haciéndose el muerto mientras camina entre devotas señoras de negro.
Como un viento fresco refresca, también refresca el tornado mientras arranca tu casa desde el subsuelo. Así la vida mientras te acaricia suavemente el entrecejo, te clava un arpón entre las costillas. Es normal, claro, y no hay que estarla cuestionando. Es una dama calculadora y paranoica. Mejor darle por su lado...mejor dejar que nos ahogue en incertidumbres a que nos dispare una certeza en el paladar.
Así yo también me alegro y no. Retomo la bitácora porque retomo el camino. No es que lo haya dejado, sólo que mi camino se detuvo mientras yo repostaba: energía, amigos, cariño, holgazanería. Sí, bueno y malo hay que reponerlo sino el organismo trastabilla por el desequilibrio y puede caer en aguas cenagosas.
En fin, también el agua turbia de la noche me ha llevado río abajo y por eso ando acá con Bohren y el club deambulando por aceras perdidas de Chicago, de Nueva York, barriales defeños o andadores tapatíos (nada le piden los últimos a los primeros). Sólo es eso, tampoco me estoy muriendo, na'más me gusta sacar lo poquito para que no se convierta en lo mucho.
Y también estoy feliz, porque de nuevo vienen los retos, las laderas escarpadas, las pérdidas de visión, de juicio, del jugo interno, de que el encéfalo pierda el norte magnético, de hacer que los demás lo recobren aunque uno no sepa para dónde apuntar la escopeta.
Eso me gusta, y por eso vivo como vivo. Lo escogí para mí. Escogí esta vida, si bien no para ser permanente. Aunque he descubierto que rápidamente me está drenando las fuerzas, o son los momentos apacibles, quietos, en los brazos de ella, los que me hacen bajar de mi nube viajera y querer quedarme sentado un rato contemplando el atardecer en vez de ir corriendo, buscando atrapar un crepúsculo inacabable.
¡Salud y a poner pies en polvorosa!

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martes, 7 de enero de 2014

Primero debiste

Debiste...
Debiste haber caído sobre mí
como las notas de un piano que imitan a la lluvia
cayendo de una en una.
Debiste
haber invocado mi nombre con tus labios cerrados
con tu mano en el pecho
mientras las horas perecían lánguidas.
Debiste
dar el salto de fe que llevaba hasta mi cama
Debiste haberte deslizado como río entre mis rocas,
entre mis raíces ahogadas, entre las ramas de mis dedos.
Debiste haber mancillado el altar con mi sangre y la tuya,
corrompido el espíritu de todas las falsas alegrías
y matarlas de tristeza por no ser iguales a la tuya, a la mía.
Debiste abrir ese frasco vacío, meterte dentro y lanzarte al mar
buscando los brazos del oleaje con que te recibo nunca,
con que te espero siempre.
Y debiste saber que las manos que se sueltan sin esperar ser atrapadas siempre son las que más fuerte se aferran al encontrar quien las consuele.
Debiste y debiste...
Ahora no sabemos lo bonito que hubiera sido aquello

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Primero debiste

Debiste...
Debiste haber caído sobre mí
como las notas de un piano que imitan a la lluvia
cayendo de una en una.
Debiste
haber invocado mi nombre con tus labios cerrados
con tu mano en el pecho
mientras las horas perecían lánguidas.
Debiste
dar el salto de fe que llevaba hasta mi cama
Debiste haberte deslizado como río entre mis rocas,
entre mis raíces ahogadas, entre las ramas de mis dedos.
Debiste haber mancillado el altar con mi sangre y la tuya,
corrompido el espíritu de todas las falsas alegrías
y matarlas de tristeza por no ser iguales a la tuya, a la mía.
Debiste abrir ese frasco vacío, meterte dentro y lanzarte al mar
buscando los brazos del oleaje con que te recibo nunca,
con que te espero siempre.
Y debiste saber que las manos que se sueltan sin esperar ser atrapadas siempre son las que más fuerte se aferran al encontrar quien las consuele.
Debiste y debiste...
Ahora no sabemos lo bonito que hubiera sido aquello

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