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Mostrando entradas de septiembre, 2011

Algún silencio ajeno

Ya sabes. De esos días en que te sientes maderita flotando en altamar y acorde aplastado entre los dedos de una bella mujer. Entre sus labios, mejor. Si va a doler, que valga la pena.
Tiendo a tenderme bajo la tienda, y así, tendido y a tientas voy tentando las tentaciones con que el Tentador se ve tentado a tentarme...tan débil es su voluntad. La mía también y sucumbo a su danza.
¡Danza! Por su parte Dios se manifiesta en ella: la prueba de su existencia está en la genética perfectamente obrada de la mujer, que nace queriendo mover su cuerpo al ritmo de unos tambores, de unos aplausos, de unas monedas o de un suspiro.
Pero en verdad sépase: Aquí no desfallece. Se corrompe una infinitesimal parte de uno, algo así como media célula a la vez. Media célula que va quedándose hueca, que se rellena luego de ollín y que se convierte en ascuas al poco.
¡Imagínate, sapo horroroso que vive tras el espejo, las desventuras ampulosas! No es sencillo ser el arquitecto de la obra que hoy implotas, y…

Me ha dado por mezclar sabores

They were right about you...

Me ha dado por mezclar sabores
y por entre los dientes he dejado pasar ignominia
y desazón.
Escarabajos afables que parecen limarme la dentadura
con sus patitas de goznes rechinones.

Que caigan
la apatía y el gatillo,
sin que el percutor tras de mi nuca
llegue nunca a activarse.

Y si los libros hablaran, los libros de cocina, claro,
legitimarían mi actitud reciente
de vivir en la sinestesia:
aplicar las leyes de la escultura y el oro
a los platillos sensoriales
con que hemos retozado en las tardenoches
mi pobre estómago apaleado
y yo.