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Mostrando entradas de enero, 2010

Cada gota de sudor y sangre...

Cada nota que se arrastra por el aire trémulo del salón deja en su camino una estela de fantasmas incorpóreos como figuras que nacen del cigarro tirado en el suelo y a medio consumir. El baile se ha detenido pero la música prosigue terca y torpe; los antifaces cubren a los asistentes que retoman el baile con convulsiones y estertores. Los hombres se tiran entre arcadas y las mujeres arremeten contra los muros adornados ricamente con oro pálido y frágil. Todos continúan su danza cubiertos con todo el sudor que su cuerpo atina a producir. Y cuando la sal y el agua se han agotado, comienzan a exudar sangre por cada poro. Sangre viscosa como resina del árbol herido; sangre ardiente como plancha de hierro al sol infernal.
Y mientras tanto, al fondo del salón, tras una máscara burlona y terrorífica, te apareces, observando, degustando, dirigiendo la coreografía de los locos en el suelo. Y de entre la gabardina pesada que cubre tu cuerpo, sale tu mano amarilla y con la herida en el centro que…

Séptima estrella...

Siete años atrás Cuaderno de notas (en el refugio en las montañas)
El viaje que prosiguió a tal episodio no lo recuerdo ya que caí en un confuso sueño donde me sentía observado por los innumerables ojos que eran las estrellas del cielo nocturno en medio de un paraje sin horizontes y, aparentemente, sin tiempo. Al despertar una sensación abrumadora de asco se apoderó de mi, a tal grado que no repare en mi alrededor hasta que hube abierto los ojos unos minutos después. Me encontraba en una casa vieja y derruida. Parecía que los estragos del abandono habían comenzado a hacer presa de sus paredes y pisos de madera, otrora lustrosos. El bosque que se podía observar a través de las ventanas sin vidrios era de árboles muy altos que dejaban pasar sólo algunos rayos pálidos y grises del sol del amanecer. Tardé en darme cuenta que hacía un frío terrible. Espadas se encontraba sentado en uno de los raídos muebles de la sala que se abría frente a mí donde también parecían esperar los dos hombres que a…

Resurgimiento

Con el recuerdo de los sonidos del holocausto reverberando al fondo de nuestras mentes, salimos a través de la roca férrea que nos subyuga. Abandonados en un páramo frío e inerte nos tendemos para involucionar a una forma rastrera e inmortal; para seguir, únicamente, nuestro instinto más primitivo. Vestimos la piel de los caídos en las masas aplastadas por los dedos fúricos de un dios vengativo y hacemos con sus rostros una nueva faz de nuestro ser, una nueva identidad que darle a los restos que hoy cubren el panorama. Los rayos aleatorios y distantes fulminan a algún incauto remanente entre escombros y cenizas humanas que se arremolinan con el viento rugiente. Y es mi cuerpo el que de pronto comienza a calcinarse, se craquela y cae a mis pies como escamas de una serpiente color carne; lo que hay bajo ella, en mí, resplandece. El futuro me visitó poco antes del final en la figura de un ángel. Poderoso, implacable, sempiterno.
Y ahora, al comienzo de todo, ha vuelto a mí y me ha revelado el esbozo …

Corto...de un día de mucho ocio

Así es, colegas. Hoy me ¿enorgullezco? en presentarles un corto de animación stop-motion realizado un día en que el ocio parecía salir hasta de la pared. Obra magistral del tedio realizada junto con mi hermano menor.

Finalética

Ando corto de ideas...la boca me gruñe seca por forzarla a balbucear...mis dedos fríos no atinan a escribir los pensamientos que circundan bajo mi cráneo altamente presurizado. Los pasos en el corredor, los ladridos furiosos que se convierten en chillidos despavoridos y el cántico melodioso de los demonios afuera entre los árboles arman el concierto ideal de mi deceso. Por alguna buena razón me sonrío. Los pasos quebradizos se agudizan como letanía que alcanzara el culmen. La puerta resuena bajo un golpe de huesos. Me levanto, me pongo la gabardina y me calzo los zapatos. Abro la puerta y le dejo entrar. Toma asiento junto a mi escritorio, sobre mi cama y con un ademán me indica que termine lo que hacía. Sin más tomo asiento y hundo de nuevo la pluma en el tintero. Siento su mirada en mi cuello. Esa mirada carente de ojos que quema desde las cuencas vacías. Le veo sonreír. Su "piel" cruje con el gesto recreando los mil surcos profundos que forman su rostro. Ahora me levanto y le invit…