From the byes

Va de nuevo el río a torcerse en escabrosos acantilados y recodos. Y uno ha de seguir el cauce por escandaloso que sea. Ha de seguir uno haciéndose el muerto mientras camina entre devotas señoras de negro.
Como un viento fresco refresca, también refresca el tornado mientras arranca tu casa desde el subsuelo. Así la vida mientras te acaricia suavemente el entrecejo, te clava un arpón entre las costillas. Es normal, claro, y no hay que estarla cuestionando. Es una dama calculadora y paranoica. Mejor darle por su lado...mejor dejar que nos ahogue en incertidumbres a que nos dispare una certeza en el paladar.
Así yo también me alegro y no. Retomo la bitácora porque retomo el camino. No es que lo haya dejado, sólo que mi camino se detuvo mientras yo repostaba: energía, amigos, cariño, holgazanería. Sí, bueno y malo hay que reponerlo sino el organismo trastabilla por el desequilibrio y puede caer en aguas cenagosas.
En fin, también el agua turbia de la noche me ha llevado río abajo y por eso ando acá con Bohren y el club deambulando por aceras perdidas de Chicago, de Nueva York, barriales defeños o andadores tapatíos (nada le piden los últimos a los primeros). Sólo es eso, tampoco me estoy muriendo, na'más me gusta sacar lo poquito para que no se convierta en lo mucho.
Y también estoy feliz, porque de nuevo vienen los retos, las laderas escarpadas, las pérdidas de visión, de juicio, del jugo interno, de que el encéfalo pierda el norte magnético, de hacer que los demás lo recobren aunque uno no sepa para dónde apuntar la escopeta.
Eso me gusta, y por eso vivo como vivo. Lo escogí para mí. Escogí esta vida, si bien no para ser permanente. Aunque he descubierto que rápidamente me está drenando las fuerzas, o son los momentos apacibles, quietos, en los brazos de ella, los que me hacen bajar de mi nube viajera y querer quedarme sentado un rato contemplando el atardecer en vez de ir corriendo, buscando atrapar un crepúsculo inacabable.
¡Salud y a poner pies en polvorosa!

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