miércoles, 29 de marzo de 2017

About #identity


In my job I run a lot into the concept of identity. Of course, every person will have his own concept of what it is made of. But, as I have been finding recently –within myself and sometimes in the attitude of the others–, most of the values and mechanisms we humans are built with are enormously ambivalent. This is a nice way to call our actually contradictive nature.


Identity could be said to be formed up of the common beliefs, stories, legends, ways of life, acting, food, traditions, accents and a long etcetera, that are shared by a group of people. This sharing is usually linked to a certain geographical area by most of its population through a period of time, this means that it transcends. If we don't go any further, into more an deeper details: could we say that Identity is a good thing? Does it help every human group? Does it prevent conflict within and outside the communities? Does it facilitate people's lives through their history?

Maybe you first answered yes. But, don’t you know, or haven't you stopped to think about that it is also the existence of different identities the source of A FUCKING LOT OF CONFLICT, WAR, DISCRIMINATION, RACISM and, again, a long etcetera?

Identity works both ways. Or maybe it just works and the outcome depends on who –meaning what kind of person– uses it. It has the capability of joining people together. Sometimes only based on ideas or a sense of historical relation.

But, when you join with others to form a group, a community, how do you know where does your group end? Where does the neighbor's begin? What makes them "two separate entities"? I really don't want to get into discrimination and that sort of shit. So I might mention it but the issue I wanna question is other.

Truth is, identity can work for the achievement of some tasks or purposes. These may be abstract or quite concrete. From the idea of a new-born country –how it is and where should its people go– to raising money for any goal or cause. But, on the other hand, it sets your mind into separating the social groups, generating sterotypes, allowing in some way the competition between nations and even towns. This, the competition, can as well be good, in the shape of having motivation to improve, or bad, in the ways of corruption and cheating.

So I have to ask another cuestion: if a time would come, in which, let's say "globalization" –in the cultural way– was the way of life for the whole world, would the homogenization of populations' cultures be the factor that nullified the root reasons for conflict between societies? Could that scenario really allow a more generalized peace to exist and expand?

Cultures are interpretations of the world –its nature, landscape, climate, resources, life forms– by groups so different in their adaptation to such world. It is what makes humanity so diverse, and rich. And yet many people threaten that vast plurality. But, and I'm just making unconfortable questions: what if by losing such variety could facilitate us to live together and in peace? Disclaimer: NO, I'M NOT TALKING ABOUT RACE, NOTHING BIOLOGICAL OR GENETIC. I'M ALSO NOT TALKING ABOUT GENOCIDE OR THE SUPREMACY OF SOME GROUPS ABOVE THE REST.

I'm talknig about some sci-fi scenario in which races are left untouched but cultural differences have been left behind and humanity became one cultural entity in which, wherever you travelled, you would be understood and would feel always like home. Is there a value in that? Would that peaceful world be worth the cost? Is the root of our conflicts our natural differentiation?

I am just asking, because, of course I do not have the answers to such questions.

I just hoped, sometimes, that being human wasn't so contradictory and confusing as it is.

lunes, 27 de marzo de 2017

«Escritura no-creativa» de Kenneth Goldsmith


Recién tuve la oportunidad de leer esta joyita —en el sentido no-original que propone su autor, claro está— y sentí la necesidad de redactar un poco al respecto; más que para compartir el contenido de la obra —que es el contenido de otras obras—, para favorecer que no se me olviden las premisas que tuve la fortuna de leer.

Kenneth Goldsmith ataca sin tapujos el concepto «romántico», según él mismo, del genio creador. Y en esto debo coincidir completamente con él: vivimos en una época en la que la mayoría de las personas, en cualquier ámbito —especialmente el artístico— reconocen de una manera u otra que la originalidad absoluta ya no existe, que nuestro mundo se configura sólo de remixes, cada vez más inverosímiles y heterogéneos.
Sin embargo, en ciertas ramas como la literatura —el universo de acción del lenguaje en su traducción de conceptos y sonidos a marcas generalmente de tinta en un papel, en escritura— se sigue exigiendo la creatividad pura y dura. Es igualmente reconocido que el autor que toma secciones, partes, y hasta frases de otro es un plagiario, un ladrón, un copiche.

¿Cómo entonces en otras artes, como la pintura, se permite y hasta se aplauden técnicas como el collage, los pastiches, etc? ¿Qué de diferente tiene recortar imágenes y pegarlas en desorden en un cuadro con recortar y reordenar y mezclar textos dentro de otro texto?

El detonador de éstas y todas las demás preguntas que se hace Goldsmith es la era digital y el reinado actual del internet. Jamás antes en la historia el ser humano había producido —así, como producto o subproducto de actividades determinadas— tanto lenguaje por día, por hora, por minuto, como desde la generalización del acceso a internet. Hablamos de la capacidad de adentrarnos en una marea ilimitada que se expande y no sólo permite, sino que invita a todos, a tomar de él lo que cada quien guste y lo comparta, lo retuitee, lo bloguee, y demás métodos de viralización de la información.

A partir de semejante fenómeno de reproducción infinita de lenguaje, Goldsmith propugna por el reconocimiento del «genio-no creativo», es decir, aquel ser dotado de una habilidad poco común para tomar, cortar, robar, reordenar, remixear, deconstruir, descontextualizar los paquetes de información que crea necesarios para crear otra cosa diferente de la que sus autores «originales» pretendieron decir.

El ejemplo más accesible a todos es el meme (aunque el no aborda a los memes en el libro, sino las corrientes de las artes plásticas y los experimentos conceptuales del siglo XX en la poesía) y su funcionamiento como herramienta lingüística a veces altamente cifrada y accesible sólo a algunos grupos, o en ocasiones de una simpleza y valor basados en la repetición y gradual alteración que se vuelven parte del lenguaje —hablado— común de buena parte de la población. En los memes podemos encontrar el uso y la apropiación verdaderamente «no-creativa» de fuentes de video, noticias, textos, historia, películas, y demás, en las que el valor radica en hacerlas graciosas o incisivas al sacarles de su contexto, mezclarlo con otros contenidos que alteran los significados. Y no vemos a nadie poniendo citas ni referenciando fuentes con notas al pie de cada meme que nos topamos en internet.

¿Por qué entonces le exigimos a los autores que lo hagan?

Aquí Goldsmith menciona muy superficialmente las leyes de protección a los derechos de autor y demás herramientas legales que radicalizan la imagen del que toma texto sin siempre decir a quién pertenece. Yo en lo personal creo que esta situación puede ser la respuesta a las preguntas que se plantea Goldsmith: las demás artes, sobre todo las plásticas, no cuentan con un aparato legal y de industrialización comercial como la industria del lenguaje: los libros, las editoriales, los que hacen posible la publicación y difusión de los textos. Por supuesto que con el cada vez más indiscutible poder de internet sobre el comportamiento del lenguaje esto puede cambiar o verse amenazado en el futuro —el debate comenzó, aunque en otros términos con los libros electrónicos y los pdfs ilegales—. Pero creo que la tradición editorial y monopolista que en siglos anteriores tuvo la palabra impresa ha dejado su marca en dicho arte de manera que ni siquiera la cuestionamos pues ¿cómo existiría o conoceríamos la producción literaria si no fue por quiénes la plasman en su soporte físico y la distribuyen?

Goldsmith retoma de otros autores la idea de que en dicho sentido el arte del lenguaje está atrasado en sus convulsiones renovadoras con respecto al resto de las artes. Para la pintura, el momento de reinvención y exploración llegó con la creación y difusión de la fotografía. Antes el papel de la pintura consistía más en la representación fiel de la realidad. Cuando la fotografía facilitó y llevó a niveles superiores dicha labor, la pintura comenzó a explorar y derribar sus propias fronteras: nacieron las vanguardias.

Para la literatura, dice Goldsmith que el momento de la verdad y la reinvención llegan con internet y la producción masiva de textos, la edición, reedición, el copy-paste y el plagio, a veces genial diría él, de obras para su deconstrucción y manipulación libre.

No quiero expandirme más sobre el contenido del libro puesto que estos postulados que enuncia los defiende a lo largo del libro con una cantidad bárbara —y véase aquí la ironía— de referencias de autores, de antecedentes, de artistas que transgredieron las normas convencionales y románticas del genio creador encerrado sólo en su estudio generando desde la nada una obra maestra de la creatividad y genialidad puras.

No, señores. Por más que crean haber inventado el hilo negro, recuerden que alguien, en algún lado, en algún punto de la historia, ya hizo, pensó, dijo o escribió lo que ustedes se proponen. Hay, sin embargo que mezclarlo con otras cosas, muchas otras cosas, para tratar de generar, si bien, no un tema único y propio, sí una manera muy propia —aunque sea armada de miembros ajenos— de decir aquello que ya se ha dicho.

Busquen y lean el maldito libro. Si lo encuentran en internet, no creo que Goldsmith tenga problema en que lo descarguen. Léanlo y verán de qué hablo.

domingo, 12 de marzo de 2017

La maldición de decidir


La maldición de decidir

¿Quién dijo que el poder de decidir era una bendición o un don?

Como humano subjetivo y limitadísimo que soy, desde un punto de vista en que puedo colocarme, podría decir que la capacidad de decidir es, en todo caso, la peor de las maldiciones de la vida cotidiana. Claro que si me coloco en otro punto de vista, se convierte en todo lo contrario.

No por eso se piense que lo rechazo o desdigo. No. Pero tómese en cuenta el impacto que, en sentido contrario genera. ¿De qué hablo? De la capacidad, aparentemente infinita, de que una decisión produzca una cantidad inversamente proporcional de desdicha y remordimiento. Esta capacidad la convierte en lo que coloquialmente llamamos un «arma de doble filo», imagen por demás acertada: Tomamos una espada doble, estocamos al adversario en una línea recta hacia adelante y, a la vez, con el extremo opuesto, nos apuntamos al estómago, situación por demás prometedora para aquel enemigo que hubiera y pudiese esquivar el embate y usarlo a su favor, lo que es decir, en nuestra contra.

Así, la capacidad de decisión puede devenir en la felicidad más consagrada o en un remordimiento duradero. Porque, como dije, es inversamente proporcional. Esto es, en el sentido opuesto puede crecer ya sea una o dos o tres o muchas más veces en relación a la fuerza impelida en el esfuerzo inicial. En un principio similar pero bastante más atroz que el de la fricción mecánica.

El poder de decisión, ¿es inherentemente humano? Debemos, al menos de momento, suponer que sí. Siendo así, es inherentemente humano ponerse en el camino del daño o sufrimiento potencial por decisión propia. Es como decir que la mitad de la humanidad está destinada a apuñalarse a sí misma y luego quejarse al respecto. Porque, estadísticamente, todos tomamos decisiones a diario y siendo, generalmente las opciones, o, mejor, los resultados de éstas, dos, es posible asegurar que la mitad de nuestros congéneres, en un punto dado, serán infelices por impulso y conducción propia, mientras que los otros, más allá de encontrar felicidad, habrán, por lo menos, salvado una de las miles de encrucijadas que la vida depara a quien la transita.


No es mi afán —en serio— sonar fatalista. Puesto que todo en la naturaleza humana es dulcemente ambivalente, opuesto y complementario, el poder de decisión también lo es. Es un derecho y a la vez una obligación. ¿Qué sería o se pensaría de aquel coronel que llevase a sus tropas por caminos de peligro para lograr el objetivo común de todos si, luego de algunos tropiezos y sus consabidas pérdidas, éste decidiera retirarse, aún sin haber alcanzado la meta propuesta? La decisión es si seguir o desertar. En el segundo caso, ¿salvar la vida de los soldados que le quedan es heroísmo? ¿o es traición y deshonra por aquellos que murieron en el camino que ahora el principal decide dejar trunco? Una cuestión tan simple que, puesta de este lado, con la luz aquí y vista desde acá deja de ser tan simple si se considera el sentir de todos los subordinados, del mismo coronel, de los amigos que se han perdido en el trayecto y cuyos deudos han jurado en lechos de muerte fangosos y desconocidos, concluir lo que aquellos que ya no pueden habían ayudado a iniciar.

Por eso creo que —y ahora trato de no quedar en medio de la afilada balanza— el poder de decisión, más allá de aciertos y errores, gloria o fracaso, lleva y conlleva grandeza. Esa grandeza que brota de aquel que decide, justamente, dejarse llevar por la corriente o nadar en contra u oblicuamente, a través de ella. Las decisiones conscientes piden solamente un requerimiento para hacer entrega del blasón de estas pequeñísimas grandezas: aceptar los términos, siendo ésta palabra doblemente acertada en su acepción de elemento de acuerdo en una relación causa-consecuencia y en la de extremo, orilla, límite, fin.

Es decir que podemos, o al menos proponemos, lo siguiente: reconocer que es grande aquel que, sin importar la decisión que tome, lo hace sabiendo y aceptando de antemano, los posibles desenlaces y todas las consecuencias que su elección le puede procurar a sí mismo y a aquellos implicados en el proceso. Pero como en toda cosa humana prevalece la ambivalencia —cosa que ya se dijo pero nunca parece suficientemente recordada— y en este caso es que merece la misma grandeza o reconocimiento el que elige dejarse arrastrar por la corriente y con ello acepta todas las posibles costas y desemboques en que ésta lo pueda hacer naufragar.

lunes, 20 de febrero de 2017

Ser un hombre

¿Qué carajos es ser un hombre?
¿Cómo se es un hombre en el siglo XXI, en el Tercer Milenio?
¿Qué se espera de uno como hombre? ¿Qué se espera que uno NO espere o no deba esperar del mundo mientras se es hombre?

Es un concepto de lo más contradictorio y que no deja de aparecérseme constantemente. Tanto a raíz de la situación mundial actual —racismo, machismo, feminismo, feminazismo, crímenes de odio, legitimación entre razas y dentro de las mismas, identidad, globalización, uf y etcétera— como de los «pequeños problemas» de la tribu nacional en que nací y me he criado.

Porque una cosa es ser hombre global en el siglo XXI y otra, a su vez similar y diametralmente opuesta, ser hombre en México en el siglo XXI.

Creo yo que en términos globales se pretende que el hombre lo sea todo sin ser nada a la vez. Vamos, sin cargarse a uno u otro lado de la balanza. O al menos esto parecen pedir/exigir las supuestas sociedades avanzadas: que seas caballeroso, pero no misógino y menos condescendiente, que seas un galán pero no un patán poligámico, que seas el soporte de tu familia pero no excluyas la posibilidad de que tu mujer —no en el sentido de pertenencia ¡No me maten, por Dios!— también lo sea, contigo o hasta en vez de ti.

En México hay menos filtros, menos colchones para las colisiones, y por eso, aunque los espectros sean similares, se tiende encabronadamente a irse a los extremos: si eres hombre tienes que ser el #machoalfalomoplateadopeloenpecho blablablá y puntos suspensivos, si no lo eres entonces puedes convertirte súbitamente en el #maricónmuerdealmohadaspocohombre al que le hace agua la canoa y otro larguísimo etcétera. Pero ¡alto!, que hasta entre homosexuales, dice la banda, hay clases. No hay peor espécimen —para el mexicano a su vez tachado de «closetero» o reprimido— que el pasivo, «al que le dan por Detroit», el dominado. Así que está el gay gay y el gay macho...Sí, los mexicanos se complican mucho la vida.
Además, a esto se suma que, culturalmente, se trata de un espejo frente a otro. La imagen y el ángulo se repiten infinitamente con mínimas variables y el abanico no acaba nunca de abrirse: si eres hombre y tienes muchas mujeres, eres el más hombre de los hombres, aunque también te haga eso un poco hombre patán al que sus amigos, que no concuerden, pueden tener en su pensamiento como el «pito chico que cree que por tener muchas compensa que se viene en 35 segundos». A la vez el que es fiel puede vivir tildado de ser el pendejo que se está perdiendo de lo mejor de la fiesta, cuando en realidad es el que, por ejemplo, puede vivir con su compañera y en una semana haber tenido más sesiones de sexo, más orgasmos regalados y recibidos, y conocer mejor las numerosas variables infinitas del experimento, el ángulo de penetración, el ritmo, lo diez mil resultados posibles y las nuevas líneas de investigación que ello conlleva en materia de sexo.

En pocas palabras: México es de por sí contradictorio, ya se sabe y aquí también se ve.

Pero más allá de nacionalismos o globalización. ¿Cómo chingados se es hombre?
¿Siendo caballero? Uf, aguas con la friendzone, porque obviamente eres un perdedor utilizado por las féminas.
¿Siendo un patán? En lo estadístico puede que esté arriba en la lista imaginaria de «Requisitos para ser hombre». ¿Y por qué? Porque por alguna razón las mujeres buscan al patán. Perdónenme, pero es un hecho, repito, de estadísticas abrumadoras. Cosa que espero que cambie si quieren redimir a su sexo —por su propio bienestar, de veras, lo espero—. Pero aún así. Un hombre debería buscar más que el mayor número de mujeres desechables —o que lo desechen como también pasa—.
¿La rudeza? Bueno, si se es Vladimir Putin y se monta un oso, sin traer camisa puesta y con una AK.47, probablemente muchos digamos «eso debe ser lo más cercano a un HOMBRE con mayúsculas. Si no, ¿qué o quién lo es?» Tristemente el meme no es la realidad pero refleja la imagen que se tiene de semejante personaje.
¿Será eso entonces? La imagen que tienen los demás de uno como hombre. Pfff, nada más efímero y cambiante. Aunque justo de ahí nos viene la creencia de que se «debe ser cierto tipo de hombre».

Para mí es tan hombre el homosexual no notorio, como la loca, como el macho, como el introvertido, como el fiel, como el galán. El problema es que siendo tan diferentes no atinaría yo a decir qué nos une, en la médula, entre todas las sociedades y sus estratos. O mejor dicho QUÉ DEBERÍA ser el factor común. Porque en la práctica, en la realidad, seguro el ser humanos y por ende ser idiotas, destructores, impulsivos, pensantes, creadores, contradictorios y todo lo demás, es obvio que entraría en la fórmula. Pero en ese rango somos humanos hombres y mujeres, de la raza que seamos.

Entonces, ¿qué hace al hombre ser hombre?

Creo que debí aclarar desde el principio que no pensaba responder a las preguntas.
Si eso estabas esperando al final del texto, lamento decepcionarte.
Tal vez no fui suficientemente hombre para advertirte.
O lo suficiente como para engañarte.

¿Lo sabes?



martes, 7 de febrero de 2017

[entre paréntesis]


¡Qué gran mentira fue! ¿No crees?
No hay como mentir a plena vista.
Con ese simple detalle ya la mayoría duda de tu mentira.
¿Está bien dudar de una falsedad?
¿Acaso eso la corrobora, al menos parcialmente?

Yo diría que mentir permite abrir puertas que estaban cerradas.
Y no es mentira.

¿Y qué del engaño? ¿de la jugarreta?
Si te escribo: [entre paréntesis],
¿me estoy burlando de ti?
No, amigo. No soy parábola con final abierto.
No soy tragedia feliz.

Las ecuaciones son danzas de variables enmascaradas.
Eso no las hacen falsas.
Eso las hace propias. Dignas de sí mismas.
Te amenazo y obligo a comparar al león y a una patata.
Si insisto lo suficiente, alguna relación hallarás:
¿me mentirías entonces, o preferirías llegar a esa iluminación forzada?

La mentira y la verdad son una misma cosa.
Una es producto del otro y viceversa.

Es como la vela que emite luz y al hacerlo se consume.
Si no se consumiera para iluminar, no serviría como vela.
Como vela, si arde, vive, pero al vivir, al ser, muere.
Muere consumida por sí misma, por la voluntad del ser.
Por tanto, la luz es la vela.
Y en esto no miento.

¿Para qué tanto trabajo en hacerte ver que mi proceder no es mezquino?
Sería más fácil convencerte de lo falaz de la moral y las normas de señoritos.
Porque prefiero darte las herramientas del arte.
La espada de dos puntas que fluye como el agua.
Para que remes con ella entre el arroyo de fruslerías,
entre los incautos devotos de la verdad.

Te doy la vela, pero ésta de barco.
Aunque,
si al usarla para navegar
te pierdes,
y perdido en todos lados,
te da luz
entonces,
esa vela también es vela.

Y mis mentiras también son verdad.
Y en esto tampoco miento.

miércoles, 11 de enero de 2017

Del Libro de las ReBelaciones

¿Qué hace uno cuando, por más escéptico que se sea, se topa de narices con el Fantasma de las Navidades Nonatas?
¿Qué hace uno cuando se está consciente que, para el efecto completo de la aparición, uno mismo constituye una manifestación de mártires ya enterrados?
¿Qué hacer cuando se sabe que uno espanta al espanto tanto como el espanto lo espanta a uno?

La respuesta fue el silencio.
El silencio fue, para ambos, la verdad más sencilla de asir de entre todas las opciones.
Como escoger la muerte más rápida e indolora de entre las cartas que nos ofrece la mano del laberinto.
El encuentro de los dos «ex seres» fue como el del espejo frente al espejo.

Por tanto, el silencio fue verdad.
Y fue ley.
Desde que grabamos las tablas de arcilla, conversando pese a nuestros labios cosidos.
Sentados en lo alto del Monte ambos ardimos como zarzas mudas.

Unos muertos resucitan a los tres días.
Otros, a los tres años.
Otros nunca lo hacen del todo y quedan como abortos a medias.
Medias almas en medios cuerpos movidos por medios espíritus:
como gallinas que corren decapitadas
sin notar que derraman su sangre en el altar.

Tú también asediaste las fortificaciones ajenas.
Luego te llegó el arrepentimiento
y ambos construímos un muro con nuestros lamentos.
No sé tampoco si tres días o tres años bastan
para que reconstruyamos el resto del templo.

Por lo pronto, la Historia parece anunciarnos la negativa 
en sus holocaustos de inocentes,
en sus documentos quemados,
con las orillas destruidas y con agujeros de tinta añeja.
Nos abandonamos mutuamente como revelaciones apócrifas.

¿Nos sacudiremos los pececillos plateados del rostro, o los dejaremos roernos hasta las entrañas?


domingo, 1 de enero de 2017

La Gran Epifanía de la Nochevieja

Ya inició el 2017.
Pero anoche, durante el periodo terminal del 2016 —que por cierto, a tanto humano popular (justificada o injustificadamente) se llevó— tuve una revelación como no creo haber tenido.
No, no hubo monstruos de siete cabezas, ni sellos rotos por ángeles que deseosos o angustiados dejaran pasar las calamidades que terminarían de diezmar esta Humanidad ya diezmada en tantos aspectos.
Mi epifanía fue diáfana, pese a las pantallas de lentejuelas y plástico de los seres con quienes me tocó compartir una noche que de otro modo habría sido al menos, llevadera pero paradójicamente vacua. Aquí la crónica.

Pasamos la víspera de Año Nuevo con la parentela de mi madre. No tengo rencores ni mala leche para con ellos. Tampoco salto de alegría. Son, simplemente, buenas gentes que veo cada 365 días en promedio. Pero este año tuvo a bien uno de ellos invitar a su «amigo» quien, por supuesto, llevo a su familia. No quiero revivir los detalles nefastos e irritantes de los seres con quienes compartimos la mesa y la entrada al interior de la membrana del año naciente. Pero sí es necesario dibujarlos un poco puesto que sin ellos no habría habido comparación dialéctica que me llevara, entre la sidra y el tequila, a la Iluminación Absoluta del concepto «Familia». Cabe mencionar que, inclusive en mi misantropía característica, hacía mucho tiempo que no era yo vivo testigo y copartícipe de un grupo humano tan verdaderamente ridículo. Y creo que esta es la palabra exacta, que bien podría sostener junto a sí el término «patético»: Todos extranjeros, salidos de una colonia latinoamericana caracterizada por no ser o sentirse, precisamente, latinoamericana. Hablaban el español sin el menor problema, salvo su pronunciación de reggaetonero pretensioso e inflado, pero prefirieron explayarse todo el tiempo en inglés. Vaya usted a saber los motivos.

El padre de la frankensteiniana familia era un hombre por lo demás amable, sumamente festivo, pero también fuera del tono general de las cosas. Como alguien que quiere hacerle chistes obscenos a la viuda durante el velorio del esposo.
Ella, su mujer, el ejemplo y cliché perfectos de la ruca forever young que le heredaron (a ellos y a todo el mundo) sus dueños gabachos. Operada en cara, pechos, abdomen, nariz (sí, aparte del retoque general del rostro), nalgas y no quisiera yo saber qué otras partes de su ya plástico cuerpo. Aproximadamente, y sin temor a exagerar, 346 selfies en un lapso de menos de dos horas. Todas, claro parando la trompa, sacando el culo, enseñando las tetas y realizando poses ridículas con sus hijos y no hijos, marido y amigos. 
Los hijos, repito, unos suyos otros del hombre, pero todos igualitos a ella: hablando en inglés, como si con ello no fuera uno a comprender, pobre indio idiota, que duraron unas 3 horas hablando sobre sus filtros favoritos de Instagram, pegados al celular, evitando el contacto visual con cualquiera que no fuera ellos mismos y haciendo gestos ante la comida que se les ofreció. Todos tendiendo a la obesidad, menos el chico menor, serio, callado, un tanto aislado pero no retraído, que además de más sensato y afable era el único con buena figura (de verdad).

A veces, y esto es parte de la Gran Epifanía de la Nochevieja, la mayor iluminación viene de los focos más viejos y sucios. A veces, los más grandes profetas, son los vagabundos orinados y pestilentes que cargan sus almohadas a cuestas. A veces, las flores más bellas son las que crecen de entre la mierda.

Justo así estaba la cosa cuando me llegó la iluminación total. Dispuestos en orillas opuestas de la larga mesa no teníamos nada enfrente más que a los personajes descritos en sus dinámicas infantiles. Entonces comprendí, gracias al espejo inmundo de aquel grupo, la totalidad de la naturaleza de mi forma de ser, de mi relación con mi familia, de la forma de ser de mi propia familia y de la relación de mi familia con el resto del universo.

Lo entendí todo.

Mire a mis lados y mi familia, en especial mis hermanos estaban igual o más disgustados y asqueados por los desplantes patetistas de los vecinos de enfrente. Mi hermana deseaba ansiosa irse porque ya no aguantaba las ridiculeces que veía, mi hermano se burlaba y me comunicaba sus burlas con la pura mirada. Comenzamos a burlarnos de ellos sin tener que bajar mucho el volumen. Unas cuantas palabras omitidas, otras cambiadas y el mensaje seria indescifrable para los brutos del otro lado de la mesa. Mi padre, a espaldas de mi madre, me preguntó si nos la «curábamos» de los otros. No pude evitar sonreír y decirle que sí, la verdad sí había bastante de eso.

En años pasados, cuando vuelvo a mi tierra a casa de mis padres y hermanos, había forcejeado y sufrido un tanto por el hecho de que no fuéramos «como las demás familias» o «como se supone que deben ser las familias saludables». En más de una ocasión intenté promover alguna actividad o propiciar un momento para sentarnos a charlar en la sala en lugar de enfrascarnos cada quien —incluso durante mis breves y ocasionales visitas— en su cuarto, su celular, su tele o su compu. 

Este año no lo intenté y todo fluyó mejor de lo que pude haber esperado. Pero el momento de la Epifanía era algo con lo que no contaba. La claridad absoluta de que mi familia entera y no sólo yo, allá afuera en el mundo, eramos «diferentes». Pero no en el sentido prostituido y rebajado por los jóvenes pendejos de hoy en día que se sienten «únicos y diferentes» por nimiedades como el cereal que comen, los calcetines dispares o alguna otra pavada infantil. Me refiero a que somos diferentes, como todas las familias lo son, pero que funcionamos al interior por algún mecanismo de autoconcepción velada. Algo como un sistema cerrado, funcional, único y propio cuyas leyes no se aplican a otrs sistemas y al que no se pueden aplicar, a su vez, las leyes de otros sistemas. Querer hacer encajar las piezas de nosotros en otros métodos de vida es, por lo demás, necio e infructuoso. Nos vi como un equipo de amargados escupiendo a los de enfrente en perfecta sincronización y perfecta armonía. De pronto nos sentí como un frente común y, la verdad, más sincero que el resto de familias que conozco:

No nos forzamos a convivir. Cuando lo hacemos es porque queremos hacerlo. No nos forzamos a hablar porque a veces lo que requerimos son oidos externos, no una cámara de eco de otras cuatro personas que te dirán cosas similares a la que estás pensando. Si bien tenemos discusiones muy a menudo, la verdad es que son por tecnicismos nimios que nosotros mismos, pudiendo dejar de lado, preferimos avivar hasta convertir en brasas y llamas. Pero porque los demás así lo esperamos. Aquí ceder no es la solución al problema, si no pelear hasta la última consecuencia, porque a final de cuentas todos así lo hacemos, así lo haríamos y después de un tiempo, la verdad es que se nos olvida el pleito, o al menos el rencor verdadero.

Lo más seguro es que ya es una imagen manoseada y desgastada pero fue parte de lo que me vino a la cabeza: somos como unos Locos Addams encerrados en su casa que, al salir, no pueden menos que percibir la forma diferente de sus piezas con el resto de grupos humanos. Y así es la vida en general, a nivel familiar, grupal, social o en el extremo opuesto, personal. Nos reconocí a nosotros mismos por oposición directa a las personas que no son como nosotros. En este caso, fue por oposición a las personas bobaliconas, alzadas, exhibicionistas y de carcajadas grotescas que comprendí la esencia de nuestra propia naturaleza.

Y por eso, al final de cuentas no puedo más que agradecer a esa banda de mandriles y desearles lo mejor del mundo este y todos los años que vienen. Porque pese a todo, sin ellos no habría podido yo comprender tan profunda e integralmente la naturaleza de mi ser y la de mi familia, ante un mundo que impone reglas, normas, paradigmas y modelos a seguir. Modelos que en opinión mía —y seguro  también de los otros 4 miembros de mi núcleo familiar— parecen huecos, vacíos, insípidos. No puedo menos que agradecerles porque al tener mi Epifanía, sentí en mi interior una ola de emoción muy fuerte y cálida: reconocí cuánto amo en verdad a mi imperfecta, cerrada y tosca familia.

¡Feliz 2017!