La teoría erocéntrica

Yo guío su sed
La guío como si trazara un río
con mis dedos sobre su espalda
Como si cavara melodías de erosión en la roca del cuerpo que se levanta palpitante sobre mí.
Sus sombras me cubren como el domo de la noche cubre la tierra, allá afuera del universo erocéntrico que es nuestra habitación
Sus pechos son pléyades que orientan mi navío a través de mares mitológicos.
Y caigo en cuenta de la cosmogonía primordial que montamos en el teatro de las sábanas:
El dragón mutilado que conforma el mundo que es nuestra cama
La cabeza vacía de algún dios dándonos la luz tenue que envuelve nuestras propias muerte y resurrección a manos del otro, a muslos del otro...la muerte a besos del otro.
Hidras de cabezas de colmillos ávidos
Descender a los infiernos tan sólo en su busca
Por recobrar del ego de lo divino la preciosa mortalidad en el fuego del orgasmo mutuo
Sepultarnos en nuestros cuerpos para volver al mundo a los tres o cuatro días
Vuelvo a la noche de sus pechos que cuelgan como candelabros infinitos en el cielo de los primeros días
Entre sus piernas detengo el tiempo
Entre sus labios detengo el sonido,
aislo el vacío, reviento las leyes de
hombres y dioses
Y en un deslizar como de serpiente se va desvaneciendo la luz, van cayendo los frutos de la sabiduría, se va consumiendo entre chispas la zarza inmortal
Y al final de las cenizas del cigarro en mis labios y el suspiro suspendido  en los de ella reconozco la re-creación y des-creación de los universos, de las vidas de los hombres que no duran más que un orgasmo unísono en la madrugada

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