viernes, 24 de noviembre de 2017

México y el perdido arte de narrar historias (micro ensayo)


México necesita una épica propia con niveles trascendentales. Nos pasamos de locales y aspiramos sólo a la sala de la casa.

A menudo hablamos de la cualidad universal de la literatura y de las creaciones en general; de que el lenguaje —no importando el idioma— trasciende las fronteras culturales y puede instalarse de maneras infinitas en los infinitos tipos de lectores de un texto.

Tanto es así que incluso tenemos ya una categoría, un nivel celestial reservado a los clásicos universales: aquellos productos narrativos que trascendieron no sólo las fronteras culturales, sino tal vez aquellas más espesas y sofocantes: las fronteras del tiempo. Y no es corta la lista de los pensadores o creadores que han sabido colocar sus garabatos más allá de las membranas de las épocas.

Si todo esto es posible, humanamente posible, y el mexicano ha sabido en alguna feliz ocasión colocarse en aquel Olimpo cualitativo, ¿por qué demonios parece que ya no podemos hacerlo? ¿Por qué no nos esforzamos por trascender nuestras propias muletillas, nuestra chafez en los modos y las tramas? ¿Por qué tienen que venir de fuera a demostrar que a este país lo que le sobra es la materia prima de las historias más apasionantes y ricas que el mundo pudiera conocer?

Piénselo: usted toma un clásico, un gran favorito, una novela de Dostoievsky, algo de Victor Hugo hasta los pensamientos políglotas de un Steiner. ¡Y pueden hablar de las cuestiones más básicas del ser humano sin quitarle los rasgos propios de su cultura y, con todo ello, elevarlos a lo trascendente! Usted no tiene problema en leer la vida algún personaje típico ruso, las desventuras de las clases más bajas de una Francia que ya no existe, o los piensos de un erudito hijo de varias patrias.

Entonces, ¿por qué aquello que habla del mexicano, su cultura riquísima y también patética, tiene que sentirse necesariamente mal hecho, o mínimamente revisado, o infantil o corriente? Y, ¿por qué la temática y la forma se limitan a los lugares comunes, a reforzar sobre nosotros mismos la imagen limitada y estereotipada que de nosotros se tiene en el resto del orbe?

Quiero hacer notar que no nada más hablo de la literatura. ¡Hablo del todo! ¡Hablo del arte primordial de crear y contar historias! Usted puede ver un anime loquísimo donde se pelean Juana de Arco y algunos samurai del Japón feudal resucitados por una loli y un hombre que no para de fumar para que peleen por el reino de unos elfos y unos enanos...¡y todo tiene sentido, coherencia y calidad! No me molesta que Juana de Arco lance fuego como maestra de Avatar: la leyenda de Aang. Porque hay cierta redondez y calidad, cierta coherencia innata que no sale de las fronteras del propio relato. No se transgrede la verosimilitud ni con los diálogos, ni con la trama. Al final, de una manera extraña, todo calza.

Pero cuando se trata de una caricatura mexicana o algo similar, ¿por qué será que se siente verdaderamente chafa, de mala calidad, o hecha para bobos? Tal vez sea porque se detienen a explicar qué carajos es cada cosa. Tal vez sea porque por fuerza hay los siguientes clichés de personaje: la fresa, el naco, el alburero, el idiota, el ñoño, el indio, el güero. ¡Los personajes también tienen que tener profundidad! Acá todo es escenografía de cartón.

Si hablamos de series —porque hablo de toda creación artística narrativa, incluyendo en granmedida lo audiovisual—: o sólo hablamos de historias de narcos glorificados por el pópulo, o de la inseguridad del país para la gente de a pie, o de las corruptelas innominadas e indescriptibles, como diría Lovecraft, de autoridades de todos los niveles. O, en el extremo opuesto del espectro, hablamos de escándalos carnales o tratamos nuestras tradiciones y la Historia —ésta con mayúscula— como baratijas para mocosos con lesiones cerebrales o como artesanía traída de China para vender en los caminos de Chichén Itzá.

Si no se exige, eventualmente no se podrá ofrecer.


Es necesario demandar más, ¡pero del público! Si detienes al protagonista o su aliado para explicar "mira Chuchito (acento de fresa de Polanco), la leyenda de la Llorona se remonta a hace muchos años en que, una señora, una vez...". En tales casos, ¿para qué carajos veo la película? Mejor déjame que piense, que averigüe poco a poco, que le dé vueltas al asunto, deja unas migas de pan para guiarme nada más y, así como yo, alguien que no sea de México también quiera saber más: emocionarse.


México no sólo necesita sino que merece una épica trascendental hecha con calidad y arte, ya sea en letras, en series, en cine, en caricaturas, o en cualquier otra demostración de la creatividad y la narración.

¡Dejemos de vendernos por lo que el extranjero compra!
¡Dejemos de limitarnos a explicarnos las cosas como a niños de kinder!
¡Dejemos de encerrarnos en tramas más simples que la tabla del 2!
¡Arriesguémonos!

Simplemente vean las minas infinitas de material que tenemos: las tradiciones actuales, los grupos indígenas —vistos desde otro punto de vista o de otra manera, ¡caramba!—, la historia prehispánica —más allá del dizque rencor pendejo de quienes se quejan de la llegada de los españoles—, la fase virreinal que es riquísima, loquísima, verdadero crisol de lo que somos hoy y que se presta para escenario de grandes proezas narrativas, el siglo XIX y el México moderno. Alguien, por favor, líbrese del cliché del naco de barrio y la fresa, del pedorro triángulo amoroso entre cholos o gente de tres apellidos compuestos.

¡Muerte a las telenovelas!

Este escrito había sido iniciado —apenas unos párrafos— hace meses. ahora veo por qué no lo había completado. Llegó #Coco de #Disney #Pixar y reabrió la lata de víboras: Tenemos en Coco una película de calidad, sobre la más bella tradición mexicana —a mi parecer— tratada no como una película para infantes imbéciles. No. La película tiene una trama que por sí sola se desenvuelve muy bien y logra atrapar en cualquier lugar en que se planteara. Lo demás es la escenografía. La acción no se detiene para explicarle al mundo cada maldito detalle de nuestra cultura, ¡de ser así no habría película! Se menciona, si acaso, y se sigue adelante; luego se ve cada elemento en funcionamiento y conjunción con otros. No hay exceso en lo que los gringos llaman exposition: detenerte a explicar la trama, los elementos, los detalles, la época. La acción lo irá explicando. Además, no se limita a presentar el día de muertos de manera plana, ¡es rica joder! Si hasta los escenarios están cargados de detalles cuidadísimos que dan esa tan ansiada redondez y coherencia al material. Como dicen, the devil is in the details: ¿cuántos de ustedes notaron el detalle y la creatividad en la reinterpretación de varios estilos de arquitectura mexicana? Conocer las cosas permite luego ponerse creativo, señores, romper las reglas. Hubo pirámides —bien hechas—, hubo capillas y templos virreinales —muy bien hechos—, hubo algo así como arquitectura del porfiriato, afrancesada a lo art nouveau y deco de principios del XX. Pasamos de la señora con la chancla —el humor que no se siente forzado o barato, sino natural— a la idolatría por el galán del cine de oro. Y las licencias en cuanto a contenido carecen de importancia porque cuadran en el microverso narrativo: los alebrijes no son guías espirituales en la realidad mexicana...¿y eso qué? En la película funciona y es motivo de imágenes artísticas, de la inserción de más contenido visual y narrativo, y además, genera más de una buena risa.

En cuatro palabritas: todo funciona muy bien.

¿Por qué? Por la calidad, el cuidado y la coherencia que vienen desde el guión escrito.

Ah, sí. Porque seguro alguien dirá: ¡Claro! Pues el presupuesto que tiene Pixar ha de ser cuasi infinito. Así cualquiera.
Mi respuesta es: ¡No, señores! Mierda, verdadera mierda de campeonato, se ha hecho gastando cantidades navegables de dinero y eso no parece molestar a los fans de cosas como Bien pinches rápidos y harto furiosos, ¿verdad?
Por el otro lado de la respuesta: Si te tomas la molestia de cuidar la calidad desde el bendito guión, ya tienes un paso en el otro lado. Y no, no digo que ganarás millones de dólares. Digo que lo que obtendrás, si sigues adelante, es empezar a pavimentar el camino hacia un mercado de historias más rico, profundo, atractivo, fascinante y que no tengamos que limitarnos a ver producciones que hablan de otras culturas ni esperar a que venga una multinacional a "enseñarnos como hacer las cosas".

Y, ultimadamente, si ya han venido y lo han hecho, ¿por qué seguimos sin hacer las cosas bien, carajo?

Creador: exígele a tu público sin miedo.
Usuario: exige y consume historias de calidad.

P. D.: Y recordad que la épica de que hablo al principio, si se sabe cómo, se puede sacar hasta del lugar más cotidiano, sin que eso signifique vulgar.
P. D. 2: Todos —los pocos— que lean esto: ¡por favor! Si discrepan o no, recomiéndenme material mexicano de calidad. Narrativa chingona y coherente, en el formato que sea. Quiero que me desengañen y me demuestren que, aunque pocas, existen algunas luces en la noche creativa que vivimos.
Fotografía tomada por mi a las afueras de San José Ayuquila, Oaxaca.

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México y el perdido arte de narrar historias (micro ensayo)


México necesita una épica propia con niveles trascendentales. Nos pasamos de locales y aspiramos sólo a la sala de la casa.

A menudo hablamos de la cualidad universal de la literatura y de las creaciones en general; de que el lenguaje —no importando el idioma— trasciende las fronteras culturales y puede instalarse de maneras infinitas en los infinitos tipos de lectores de un texto.

Tanto es así que incluso tenemos ya una categoría, un nivel celestial reservado a los clásicos universales: aquellos productos narrativos que trascendieron no sólo las fronteras culturales, sino tal vez aquellas más espesas y sofocantes: las fronteras del tiempo. Y no es corta la lista de los pensadores o creadores que han sabido colocar sus garabatos más allá de las membranas de las épocas.

Si todo esto es posible, humanamente posible, y el mexicano ha sabido en alguna feliz ocasión colocarse en aquel Olimpo cualitativo, ¿por qué demonios parece que ya no podemos hacerlo? ¿Por qué no nos esforzamos por trascender nuestras propias muletillas, nuestra chafez en los modos y las tramas? ¿Por qué tienen que venir de fuera a demostrar que a este país lo que le sobra es la materia prima de las historias más apasionantes y ricas que el mundo pudiera conocer?

Piénselo: usted toma un clásico, un gran favorito, una novela de Dostoievsky, algo de Victor Hugo hasta los pensamientos políglotas de un Steiner. ¡Y pueden hablar de las cuestiones más básicas del ser humano sin quitarle los rasgos propios de su cultura y, con todo ello, elevarlos a lo trascendente! Usted no tiene problema en leer la vida algún personaje típico ruso, las desventuras de las clases más bajas de una Francia que ya no existe, o los piensos de un erudito hijo de varias patrias.

Entonces, ¿por qué aquello que habla del mexicano, su cultura riquísima y también patética, tiene que sentirse necesariamente mal hecho, o mínimamente revisado, o infantil o corriente? Y, ¿por qué la temática y la forma se limitan a los lugares comunes, a reforzar sobre nosotros mismos la imagen limitada y estereotipada que de nosotros se tiene en el resto del orbe?

Quiero hacer notar que no nada más hablo de la literatura. ¡Hablo del todo! ¡Hablo del arte primordial de crear y contar historias! Usted puede ver un anime loquísimo donde se pelean Juana de Arco y algunos samurai del Japón feudal resucitados por una loli y un hombre que no para de fumar para que peleen por el reino de unos elfos y unos enanos...¡y todo tiene sentido, coherencia y calidad! No me molesta que Juana de Arco lance fuego como maestra de Avatar: la leyenda de Aang. Porque hay cierta redondez y calidad, cierta coherencia innata que no sale de las fronteras del propio relato. No se transgrede la verosimilitud ni con los diálogos, ni con la trama. Al final, de una manera extraña, todo calza.

Pero cuando se trata de una caricatura mexicana o algo similar, ¿por qué será que se siente verdaderamente chafa, de mala calidad, o hecha para bobos? Tal vez sea porque se detienen a explicar qué carajos es cada cosa. Tal vez sea porque por fuerza hay los siguientes clichés de personaje: la fresa, el naco, el alburero, el idiota, el ñoño, el indio, el güero. ¡Los personajes también tienen que tener profundidad! Acá todo es escenografía de cartón.

Si hablamos de series —porque hablo de toda creación artística narrativa, incluyendo en granmedida lo audiovisual—: o sólo hablamos de historias de narcos glorificados por el pópulo, o de la inseguridad del país para la gente de a pie, o de las corruptelas innominadas e indescriptibles, como diría Lovecraft, de autoridades de todos los niveles. O, en el extremo opuesto del espectro, hablamos de escándalos carnales o tratamos nuestras tradiciones y la Historia —ésta con mayúscula— como baratijas para mocosos con lesiones cerebrales o como artesanía traída de China para vender en los caminos de Chichén Itzá.

Si no se exige, eventualmente no se podrá ofrecer.


Es necesario demandar más, ¡pero del público! Si detienes al protagonista o su aliado para explicar "mira Chuchito (acento de fresa de Polanco), la leyenda de la Llorona se remonta a hace muchos años en que, una señora, una vez...". En tales casos, ¿para qué carajos veo la película? Mejor déjame que piense, que averigüe poco a poco, que le dé vueltas al asunto, deja unas migas de pan para guiarme nada más y, así como yo, alguien que no sea de México también quiera saber más: emocionarse.


México no sólo necesita sino que merece una épica trascendental hecha con calidad y arte, ya sea en letras, en series, en cine, en caricaturas, o en cualquier otra demostración de la creatividad y la narración.

¡Dejemos de vendernos por lo que el extranjero compra!
¡Dejemos de limitarnos a explicarnos las cosas como a niños de kinder!
¡Dejemos de encerrarnos en tramas más simples que la tabla del 2!
¡Arriesguémonos!

Simplemente vean las minas infinitas de material que tenemos: las tradiciones actuales, los grupos indígenas —vistos desde otro punto de vista o de otra manera, ¡caramba!—, la historia prehispánica —más allá del dizque rencor pendejo de quienes se quejan de la llegada de los españoles—, la fase virreinal que es riquísima, loquísima, verdadero crisol de lo que somos hoy y que se presta para escenario de grandes proezas narrativas, el siglo XIX y el México moderno. Alguien, por favor, líbrese del cliché del naco de barrio y la fresa, del pedorro triángulo amoroso entre cholos o gente de tres apellidos compuestos.

¡Muerte a las telenovelas!

Este escrito había sido iniciado —apenas unos párrafos— hace meses. ahora veo por qué no lo había completado. Llegó #Coco de #Disney #Pixar y reabrió la lata de víboras: Tenemos en Coco una película de calidad, sobre la más bella tradición mexicana —a mi parecer— tratada no como una película para infantes imbéciles. No. La película tiene una trama que por sí sola se desenvuelve muy bien y logra atrapar en cualquier lugar en que se planteara. Lo demás es la escenografía. La acción no se detiene para explicarle al mundo cada maldito detalle de nuestra cultura, ¡de ser así no habría película! Se menciona, si acaso, y se sigue adelante; luego se ve cada elemento en funcionamiento y conjunción con otros. No hay exceso en lo que los gringos llaman exposition: detenerte a explicar la trama, los elementos, los detalles, la época. La acción lo irá explicando. Además, no se limita a presentar el día de muertos de manera plana, ¡es rica joder! Si hasta los escenarios están cargados de detalles cuidadísimos que dan esa tan ansiada redondez y coherencia al material. Como dicen, the devil is in the details: ¿cuántos de ustedes notaron el detalle y la creatividad en la reinterpretación de varios estilos de arquitectura mexicana? Conocer las cosas permite luego ponerse creativo, señores, romper las reglas. Hubo pirámides —bien hechas—, hubo capillas y templos virreinales —muy bien hechos—, hubo algo así como arquitectura del porfiriato, afrancesada a lo art nouveau y deco de principios del XX. Pasamos de la señora con la chancla —el humor que no se siente forzado o barato, sino natural— a la idolatría por el galán del cine de oro. Y las licencias en cuanto a contenido carecen de importancia porque cuadran en el microverso narrativo: los alebrijes no son guías espirituales en la realidad mexicana...¿y eso qué? En la película funciona y es motivo de imágenes artísticas, de la inserción de más contenido visual y narrativo, y además, genera más de una buena risa.

En cuatro palabritas: todo funciona muy bien.

¿Por qué? Por la calidad, el cuidado y la coherencia que vienen desde el guión escrito.

Ah, sí. Porque seguro alguien dirá: ¡Claro! Pues el presupuesto que tiene Pixar ha de ser cuasi infinito. Así cualquiera.
Mi respuesta es: ¡No, señores! Mierda, verdadera mierda de campeonato, se ha hecho gastando cantidades navegables de dinero y eso no parece molestar a los fans de cosas como Bien pinches rápidos y harto furiosos, ¿verdad?
Por el otro lado de la respuesta: Si te tomas la molestia de cuidar la calidad desde el bendito guión, ya tienes un paso en el otro lado. Y no, no digo que ganarás millones de dólares. Digo que lo que obtendrás, si sigues adelante, es empezar a pavimentar el camino hacia un mercado de historias más rico, profundo, atractivo, fascinante y que no tengamos que limitarnos a ver producciones que hablan de otras culturas ni esperar a que venga una multinacional a "enseñarnos como hacer las cosas".

Y, ultimadamente, si ya han venido y lo han hecho, ¿por qué seguimos sin hacer las cosas bien, carajo?

Creador: exígele a tu público sin miedo.
Usuario: exige y consume historias de calidad.

P. D.: Y recordad que la épica de que hablo al principio, si se sabe cómo, se puede sacar hasta del lugar más cotidiano, sin que eso signifique vulgar.
P. D. 2: Todos —los pocos— que lean esto: ¡por favor! Si discrepan o no, recomiéndenme material mexicano de calidad. Narrativa chingona y coherente, en el formato que sea. Quiero que me desengañen y me demuestren que, aunque pocas, existen algunas luces en la noche creativa que vivimos.
Fotografía tomada por mi a las afueras de San José Ayuquila, Oaxaca.

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Lo temblores de verdad no despiertan bestias atemporales (micro ensayo) (relato)

Tenía veinte minutos —tal vez poco más— de haber puesto pie en la ciudad de Oaxaca. Cenamos una torta a lo gordo y subimos a un taxi. Pocos cientos de metros más adelante nos detuvimos ante la luz roja. En ese ínter el coche jamás dejó de moverse. «Esta carcacha se va a desarmar ahorita» pensé, puesto que no era la primera vez que un taxi de quinta se retorcía ante el esfuerzo de seguir trabajando años después de su merecida jubilación. Yo sé que tú pensaste lo mismo, mientras hablábamos y me sostenías de la mano. O al menos algo muy similar.
No fue hasta que la radio del chofer delató al intruso: «Esta temblando bien cabrón. Todas las unidades anden con precaución...bien cabrón, de veras». El capitán de nuestro barco sacó la cabeza por la ventana en un gesto un tanto inútil. Como cuando bajas el volumen de la música o de las conversaciones para ver y pensar mejor las cosas. Lapsos de sinestesia estúpida.
—¡Ah, cabrón! Sí cierto —dijo con su cabeza fuera del auto.
Hasta entonces nos dimos cuenta de que estaba temblando con hartas ganas. Tú miraste el camión de tu lado del carro: se bamboleaba como si tuvieran fiesta u orgía en el interior. Yo vi una luz de la calle pero no percibí su baile. Luego vi el puente peatonal frente a nosotros y pude darme cuenta de que las varillas que hacían de pasamanos vibraban como si las hubiese golpeado un chiquillo en actos vandaloides.
Apenas se quitó el alto, quienes íbamos en la carcacha dejamos de sentir sus sacudidas. Unos segundos después el fulanito que manejaba arrancó y nos llevó al destino ya acordado. En el trayecto no pudo evitar llamar a su familia para ver cómo estaban. Así como yo no pude evitar pensar que manejar usando el celular es otra forma de matarse, y hasta más popular.
Pese a todo, llegamos a tu casa y nos tomó un tiempo darnos cuenta de los daños. El primero y más obvio: la gatita de tu roomie no aparecía. Hasta palideciste y te veía sudar frío. La muy inocente salió hasta que sintió que había pasado el peligro. O eso podemos suponer los humanos sobre las conductas de animales tan disímiles como los gatos. Luego hubo que recoger los pedazos. Principalmente, del espejo roto en tu cuarto.

¿A dónde quiero llegar con la relatoría? Bueno, son justamente los pedazos que dejó el temblor del jueves 7 de septiembre los que lastimaron más que el movimiento en sí. Definitivamente, el sismo destrozó material y metafóricamente las vidas de cientos de personas en Oaxaca y Chiapas. Pero fue después, cuando pasó el susto y la adrenalina se agotó en los riñones, que hubo que levantar los fragmentos y, entonces sí, recibir las heridas. O mejor dicho —si es que quiero apegarme a mi pensar—, reabrir las heridas que todo humano posee y ha poseído a lo largo de su existencia y la de la especie.

Luego del desastre y luego del caos de organización, prioridades y la rápida escasez de pensamiento crítico y práctico —en todos los niveles y círculos, aclaro— comenzó a brotar la basura enterrada de entre las grietas nuevas en el suelo. Grietas a las que, válgame la blasfemia, quiero meter el dedo.

El mexicano tiene fama de mil cosas. O mil famas completas distintas. Todas conviviendo en su personita y en su pedacito de continente. ¿Dónde le cabe tanta dicotomía? En el culo diría más de uno. Y hasta yo me reiría. Pero no de esto: piénsese en la imagen del mexicano corrupto, sucio, cuasicriminal, trepador, el que vive por la Ley de Herodes. Ahora póngase a su lado la también arquetípica figura del mexicano solidario, desinteresado, la del mexicano que se quita el pan de la boca para dárselo al vecino en necesidad, la del humanitario y hasta sacrificado mexicano que saca la casta a la hora de la hora.

Pues bien, si es cierto que éstos —y los otros mil moldes mexicanos— conviven a diario, nunca se contrastan tanto como en situación de desastre. Lo malo es que el primero, el corrupto gañán que reina el resto del año en encuestas y titulares es vencido en fama, impacto y difusión por el segundo. Y digo lo malo porque no deja que se vea lo que pasa, lo que está pasando en estos momentos:

Gandallas de medio pelo, cerdos sin escrúpulos y malnacidos que están prosperando a costa de los buenos mexicanos que están enviando ayuda a las zonas afectadas. Estos hijos de mala mujer —por mala educación o sólo por parirlos— lucran con las donaciones, las están distribuyendo como sus intereses les indican. ¡Joder, si hasta depende de por qué partido hayas votado si recibirás o no ayuda, comida, agua, alimentos! No basta con que el vecino se quedara sin casa ni cosas. Aparte hay que administrarle como un favor a ganarse lo que ya se donó en su nombre y para su salud. Son chingaderas que no sé qué tanto estén siendo señaladas en el gran escenario de la información. Y sí, la gente jodida por el temblor y rejodida por estos traidores a la especie ha tenido que apañárselas como puede; a veces incluso han tenido que saquear los convoyes con víveres que llegan al lugar. No hay cómo culparlos sin salpicar: se ven empujados por aquellos que ya les negaron lo que les tocaba y, obviamente, lo primero sería pensar «bueno, si no agarro lo que pueda ahorita, no voy a alcanzar nada en las reparticiones, si es que llegan a ocurrir». No sé ustedes, pero yo haría lo mismo. La cosa sería no tener que llevar a la gente a ese extremo. Ni siquiera pretendo entrar al tema de los que ponen su mesita plegadiza y una cartulina culera en la plaza diciendo que recolectan para los damnificados y luego van muy a gusto a hartarse con lo que otros desesperadamente necesitan.

A manera de colofón de este mezcalazo consciente, quiero aclarar una cosa: que no se deje de donar, de enviar, de divulgar la importancia de compartir lo que aquí ahora sobre y allá escasea. Por el contrario, exhorto al vagabundo que terminó en este rincón de la red a hacer su parte. Pero, por el amor de lo que crean que nos ve desde arriba, asegúrense bien de a quién dejan las viandas, a quién donan el dinero, en qué manos depositan lo que tienen para compartir. Porque no todos son honestos, no todos llegan, no todos reparten como deben, no todos tienen la infraestructura para ello. Acérquense a su humanitario de confianza, al organismo de cabecera, al hierro probado en batalla y entonces hay más posibilidad de que lo que tiene que llegar, llegará a donde debe.

Fuerza.


Fotografía del templo de Juchitán, Oaxaca, tomada de acá.



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Lo temblores de verdad no despiertan bestias atemporales (micro ensayo) (relato)

Tenía veinte minutos —tal vez poco más— de haber puesto pie en la ciudad de Oaxaca. Cenamos una torta a lo gordo y subimos a un taxi. Pocos cientos de metros más adelante nos detuvimos ante la luz roja. En ese ínter el coche jamás dejó de moverse. «Esta carcacha se va a desarmar ahorita» pensé, puesto que no era la primera vez que un taxi de quinta se retorcía ante el esfuerzo de seguir trabajando años después de su merecida jubilación. Yo sé que tú pensaste lo mismo, mientras hablábamos y me sostenías de la mano. O al menos algo muy similar.
No fue hasta que la radio del chofer delató al intruso: «Esta temblando bien cabrón. Todas las unidades anden con precaución...bien cabrón, de veras». El capitán de nuestro barco sacó la cabeza por la ventana en un gesto un tanto inútil. Como cuando bajas el volumen de la música o de las conversaciones para ver y pensar mejor las cosas. Lapsos de sinestesia estúpida.
—¡Ah, cabrón! Sí cierto —dijo con su cabeza fuera del auto.
Hasta entonces nos dimos cuenta de que estaba temblando con hartas ganas. Tú miraste el camión de tu lado del carro: se bamboleaba como si tuvieran fiesta u orgía en el interior. Yo vi una luz de la calle pero no percibí su baile. Luego vi el puente peatonal frente a nosotros y pude darme cuenta de que las varillas que hacían de pasamanos vibraban como si las hubiese golpeado un chiquillo en actos vandaloides.
Apenas se quitó el alto, quienes íbamos en la carcacha dejamos de sentir sus sacudidas. Unos segundos después el fulanito que manejaba arrancó y nos llevó al destino ya acordado. En el trayecto no pudo evitar llamar a su familia para ver cómo estaban. Así como yo no pude evitar pensar que manejar usando el celular es otra forma de matarse, y hasta más popular.
Pese a todo, llegamos a tu casa y nos tomó un tiempo darnos cuenta de los daños. El primero y más obvio: la gatita de tu roomie no aparecía. Hasta palideciste y te veía sudar frío. La muy inocente salió hasta que sintió que había pasado el peligro. O eso podemos suponer los humanos sobre las conductas de animales tan disímiles como los gatos. Luego hubo que recoger los pedazos. Principalmente, del espejo roto en tu cuarto.

¿A dónde quiero llegar con la relatoría? Bueno, son justamente los pedazos que dejó el temblor del jueves 7 de septiembre los que lastimaron más que el movimiento en sí. Definitivamente, el sismo destrozó material y metafóricamente las vidas de cientos de personas en Oaxaca y Chiapas. Pero fue después, cuando pasó el susto y la adrenalina se agotó en los riñones, que hubo que levantar los fragmentos y, entonces sí, recibir las heridas. O mejor dicho —si es que quiero apegarme a mi pensar—, reabrir las heridas que todo humano posee y ha poseído a lo largo de su existencia y la de la especie.

Luego del desastre y luego del caos de organización, prioridades y la rápida escasez de pensamiento crítico y práctico —en todos los niveles y círculos, aclaro— comenzó a brotar la basura enterrada de entre las grietas nuevas en el suelo. Grietas a las que, válgame la blasfemia, quiero meter el dedo.

El mexicano tiene fama de mil cosas. O mil famas completas distintas. Todas conviviendo en su personita y en su pedacito de continente. ¿Dónde le cabe tanta dicotomía? En el culo diría más de uno. Y hasta yo me reiría. Pero no de esto: piénsese en la imagen del mexicano corrupto, sucio, cuasicriminal, trepador, el que vive por la Ley de Herodes. Ahora póngase a su lado la también arquetípica figura del mexicano solidario, desinteresado, la del mexicano que se quita el pan de la boca para dárselo al vecino en necesidad, la del humanitario y hasta sacrificado mexicano que saca la casta a la hora de la hora.

Pues bien, si es cierto que éstos —y los otros mil moldes mexicanos— conviven a diario, nunca se contrastan tanto como en situación de desastre. Lo malo es que el primero, el corrupto gañán que reina el resto del año en encuestas y titulares es vencido en fama, impacto y difusión por el segundo. Y digo lo malo porque no deja que se vea lo que pasa, lo que está pasando en estos momentos:

Gandallas de medio pelo, cerdos sin escrúpulos y malnacidos que están prosperando a costa de los buenos mexicanos que están enviando ayuda a las zonas afectadas. Estos hijos de mala mujer —por mala educación o sólo por parirlos— lucran con las donaciones, las están distribuyendo como sus intereses les indican. ¡Joder, si hasta depende de por qué partido hayas votado si recibirás o no ayuda, comida, agua, alimentos! No basta con que el vecino se quedara sin casa ni cosas. Aparte hay que administrarle como un favor a ganarse lo que ya se donó en su nombre y para su salud. Son chingaderas que no sé qué tanto estén siendo señaladas en el gran escenario de la información. Y sí, la gente jodida por el temblor y rejodida por estos traidores a la especie ha tenido que apañárselas como puede; a veces incluso han tenido que saquear los convoyes con víveres que llegan al lugar. No hay cómo culparlos sin salpicar: se ven empujados por aquellos que ya les negaron lo que les tocaba y, obviamente, lo primero sería pensar «bueno, si no agarro lo que pueda ahorita, no voy a alcanzar nada en las reparticiones, si es que llegan a ocurrir». No sé ustedes, pero yo haría lo mismo. La cosa sería no tener que llevar a la gente a ese extremo. Ni siquiera pretendo entrar al tema de los que ponen su mesita plegadiza y una cartulina culera en la plaza diciendo que recolectan para los damnificados y luego van muy a gusto a hartarse con lo que otros desesperadamente necesitan.

A manera de colofón de este mezcalazo consciente, quiero aclarar una cosa: que no se deje de donar, de enviar, de divulgar la importancia de compartir lo que aquí ahora sobre y allá escasea. Por el contrario, exhorto al vagabundo que terminó en este rincón de la red a hacer su parte. Pero, por el amor de lo que crean que nos ve desde arriba, asegúrense bien de a quién dejan las viandas, a quién donan el dinero, en qué manos depositan lo que tienen para compartir. Porque no todos son honestos, no todos llegan, no todos reparten como deben, no todos tienen la infraestructura para ello. Acérquense a su humanitario de confianza, al organismo de cabecera, al hierro probado en batalla y entonces hay más posibilidad de que lo que tiene que llegar, llegará a donde debe.

Fuerza.


Fotografía del templo de Juchitán, Oaxaca, tomada de acá.



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lunes, 5 de junio de 2017

Polilla (poema)


I don't fly around your fire anymore - Audioslave

Cataratas de limón caliente y
de semillas de fuego
caen entre los pastos verdes
y, pese al rocío de la noche previa,
se incineran entre mil grititos de hojas
mientras los núcleos de la llaman entran,
se entierran
y comienzan a tejer su cobija de raíces.
Su cama de rocas recién nacidas,
fundidas y enfriadas
tantas veces
y en tan poco tiempo,
son finalmente digeridas por los jugos de la entraña.

Luego llegó el otoño:
incendio natural de la vida;
inmolación espontánea y gustosa
de los reflejos que danzan para dispersarse como ascuas.

¿De dónde sale entonces la ira?
En los bípedos terrosos va injerta,
pero no parece haber salido de la matriz férrea
puesto que ésta no enfurece,
contra el rayo que la desgrana y enrojece.
Muy por el contrario
retoma sus propios pedazos
y construye más allá de lo que antes
su inocencia le habría recomendado.

Los calvos seres,
ruidosos amantes de nadar contra la corriente,
se han embelesado,
como polilla ante las luces,
con la idea de hacer que la cabeza de su vecino
estalle en colores cálidos
como cuando la yesca baila.

Cuelgan desde el cielo
los puentes leñosos
y se adhieren a su propósito masoquista
de arder para retoñar y florecer.
¿Será la diferencia la sustancia compositiva?

Si nuestros miembros fueran ramas
y los cráneos granadas maduras,
¿sabríamos ver lo que se nos ofrece,
lo que en abundancia se nos regala
como energía potencial e inacabable,
en cada ocasión en que creemos
que la vida nos traiciona
y traspasa con la electricidad de su espada?

Fotografía tomada por mi en el sitio arqueológico de Monte Albán, Oaxaca, México.

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Polilla (poema)


I don't fly around your fire anymore - Audioslave

Cataratas de limón caliente y
de semillas de fuego
caen entre los pastos verdes
y, pese al rocío de la noche previa,
se incineran entre mil grititos de hojas
mientras los núcleos de la llaman entran,
se entierran
y comienzan a tejer su cobija de raíces.
Su cama de rocas recién nacidas,
fundidas y enfriadas
tantas veces
y en tan poco tiempo,
son finalmente digeridas por los jugos de la entraña.

Luego llegó el otoño:
incendio natural de la vida;
inmolación espontánea y gustosa
de los reflejos que danzan para dispersarse como ascuas.

¿De dónde sale entonces la ira?
En los bípedos terrosos va injerta,
pero no parece haber salido de la matriz férrea
puesto que ésta no enfurece,
contra el rayo que la desgrana y enrojece.
Muy por el contrario
retoma sus propios pedazos
y construye más allá de lo que antes
su inocencia le habría recomendado.

Los calvos seres,
ruidosos amantes de nadar contra la corriente,
se han embelesado,
como polilla ante las luces,
con la idea de hacer que la cabeza de su vecino
estalle en colores cálidos
como cuando la yesca baila.

Cuelgan desde el cielo
los puentes leñosos
y se adhieren a su propósito masoquista
de arder para retoñar y florecer.
¿Será la diferencia la sustancia compositiva?

Si nuestros miembros fueran ramas
y los cráneos granadas maduras,
¿sabríamos ver lo que se nos ofrece,
lo que en abundancia se nos regala
como energía potencial e inacabable,
en cada ocasión en que creemos
que la vida nos traiciona
y traspasa con la electricidad de su espada?

Fotografía tomada por mi en el sitio arqueológico de Monte Albán, Oaxaca, México.

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miércoles, 24 de mayo de 2017

Labios de grana (poema)

Supuración
valiosa como el oro
que impregna la boca:
un par de labios resecos que insistes en deformar como sonrisa.

Se tiñen tu barbilla y tu cuello magullado
en una espiral sensual y decadente.
Las líneas rojas desvían mi vista,
encajonan mi campo de visión
borroso e indolente de por sí.

No pareciera cierto lo que apenas sospecho
y por eso me dejo envolver en tus plumas largas.
En un arranque de fiebre estúpida
te pido que me desgranes,
como al maíz,
con tus garras de águila.

Me entrego como serpiente inútil,
como lagarto helado que espera a que el sol salga.
Y miro desde mi escondrijo
asustado pero esperando
que, sin mayor dilación,
te metas al agujero conmigo.

Otros me lo advirtieron
aunque ellos mismos no se hicieron caso:
A esa violenta dama
de labios color de grana
no te le debes acercar,
menos dejar que su abrazo te confunda.
Porque con la misma calidez que abrasa
y te acoge en su lecho,
te sofoca,
te asfixia,
te tortura,
te secuestra,
te apuñala,
te disuelve,
te cuelga,
te desmiembra,
te aplasta,
te atropella,
te desaparece,
te entierra,
te desmemoria,
te revende,
te doblega
y te exprime,
todo de tal manera que,
mientras te aplasta entre los dedos,
como inofensiva cochinilla,
te hace decir que la amas.

«Asta bandera» pintura de Daniel Lezama. 2010, tomada, para mero acompañamiento del poema, de: http://www.drexelgaleria.com/artistas/daniellezama/semblanza.html
Créditos al autor

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Labios de grana (poema)

Supuración
valiosa como el oro
que impregna la boca:
un par de labios resecos que insistes en deformar como sonrisa.

Se tiñen tu barbilla y tu cuello magullado
en una espiral sensual y decadente.
Las líneas rojas desvían mi vista,
encajonan mi campo de visión
borroso e indolente de por sí.

No pareciera cierto lo que apenas sospecho
y por eso me dejo envolver en tus plumas largas.
En un arranque de fiebre estúpida
te pido que me desgranes,
como al maíz,
con tus garras de águila.

Me entrego como serpiente inútil,
como lagarto helado que espera a que el sol salga.
Y miro desde mi escondrijo
asustado pero esperando
que, sin mayor dilación,
te metas al agujero conmigo.

Otros me lo advirtieron
aunque ellos mismos no se hicieron caso:
A esa violenta dama
de labios color de grana
no te le debes acercar,
menos dejar que su abrazo te confunda.
Porque con la misma calidez que abrasa
y te acoge en su lecho,
te sofoca,
te asfixia,
te tortura,
te secuestra,
te apuñala,
te disuelve,
te cuelga,
te desmiembra,
te aplasta,
te atropella,
te desaparece,
te entierra,
te desmemoria,
te revende,
te doblega
y te exprime,
todo de tal manera que,
mientras te aplasta entre los dedos,
como inofensiva cochinilla,
te hace decir que la amas.

«Asta bandera» pintura de Daniel Lezama. 2010, tomada, para mero acompañamiento del poema, de: http://www.drexelgaleria.com/artistas/daniellezama/semblanza.html
Créditos al autor

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lunes, 15 de mayo de 2017

Madre Oscuridad (micro ensayo)

But even so, one day the flames will fade, and only Dark will remain - DS
Desde pequeños, desde hace siglos, desde que el ser humano se inventó prodigios para explicar los fenómenos más allá de lo que su mano con pulgar oponible podía asir, se nos ha enseñado una grandísima y única verdad. Una certeza tan sólida que no conozco el caso de una religión, de un sistema de creencias, de una corriente filosófica —aunque esta rama es la que más se acerca al fruto del que hablo— o siquiera de un grupo de gente que, con un corpus bien armado y las secuencias lógicas que le permitan mantener la idea de pie, rechace, por su opuesto, la dicha máxima: la humanidad proviene de, busca, desea o anhela la Luz. La Luz representa al Bien, valor universal —universalmente ambiguo, en realidad— al que supuestamente todo ser humano quiere o debe aspirar: la Luz como símbolo del logro máximo, la trascendencia, el alejamiento de los bochornosos orígenes, como fin último.

¿Nadie se ha puesto a pensar, por un momento, que no provengamos de la Luz ni tengamos que dirigirnos a ella, sino, por el contrario, seamos hijos de la Oscuridad y a ella habremos de volver los pasos como niños que van de vuelta al regazo de su madre? ¿Nadie se ha permitido por una vez tener siquiera un poco de compasión de la pobre Oscuridad y decir «oigan todos, tal vez la Oscuridad no es la forma pura y esencial del Mal, sino del Bien o, mejor aún, de la Paz, la Tranquilidad, la Calma y el Equilibrio?

That, my children, is a creed I could get behind!

Podrá parecer raquítico mi análisis. Y más de uno podrá decir que qué zoquete este fulano si no conoce X, Y o Z corriente filosófica que niega la bondad humana innata —de entrada pido, por favor, si saben de éste tipo de, llamémosles «doctrinas» o corrientes, me lo hagan saber con autores y fechas. ¡Gracias adelantadas!— a favor de una maldad natural, o mejor dicho de una neutralidad o hasta indiferencia. Yo busco más bien la doctrina que niegue la Luz como única forma y representación de la aspiración humana y/o de su estado ideal. Busco más que la malevolencia de nuestra hominidez incipiente aún. Aspiro más bien a encontrar un sistema que acepte la oscuridad natural del corazón del hombre y la acepte justamente por ser natural...que no trate de cambiarla, erradicarla o sustituirla. Sino que, al reconocer su esencia, la aliente, la acepte y busque crearle un cauce como el torrente que es.

Para ello quiero aclarar esa idea: la Oscuridad no tendría porqué ser el estado antitético de la humanidad como masa podrida, perdida, corrompida. La Oscuridad tampoco es caos...muy por el contrario. Díganme por favor que hay quienes la reconocen como la Estabilidad del Universo, la Calma del Cosmos silente, la Presencia manifiesta de la Eternidad. Porque, aceptémoslo, no podemos —o no puedo yo en particular— pensar en una eternidad de luz al final de los tiempos. Es sólo que no me parece natural. Es al revés, la tendencia natural sería la Oscuridad: las estrellas mueren, la energía se dispersa, la Entropía gana siempre y con ella llegan la calma y el equilibrio, la inacción sempiterna de los astros huecos flotando como hojas al viento.

¿Por qué, si la misma materia en todos sus niveles tiende a estos estados que podemos ligar con la Oscuridad —así como a la Luz se le injerta un amasijo de valores de Movimiento, de Ascendencia, de Culminación, de Transfiguración— debemos nosotros, supuesto pináculo —momentáneo— de la evolución animal ir en contra de todo sistema que la Naturaleza y el Cosmos tienen fraguando y perfeccionando desde antes que el tiempo transcurriera para ellos?

Somos una especie condenada a luchar contra corriente. ¡Y no! Eso no es un acto heroico per se. Es negar nuestro origen y destino. Es el berrinche de la Humanidad por querer escapar del abrazo de su Madre. Estamos condenados a sufrir, como género, familia, especie, la decepción, la frustración, el cansancio y la derrota si siempre pensamos y queremos vencer el orden de las fuerzas naturales.

Yo por eso, amigos míos, voto y me hago devoto de la Oscuridad porque es el vientre del que surgió y en que habita el Universo; porque es la cuna en que la Humanidad fue amamantada y de la que luego al poder andar sólo se alejó para meterse en casas de cristal con luces permanentes y frías; porque hasta los soles y galaxias saben rendirse ante ella cuando el tiempo llega y se disuelven dejando atrás las fuerzas titánicas y la tensión que sobre sus brazos lácteos reinaba; porque es la Tranquilidad eterna y la certeza de que, al provenir toda materia de ella y entregarse finalmente a la misma sin esfuerzo y con tierna parsimonia, finalmente todo, materia, espíritu, alma, furias, dioses, rituales y esperanzas se distienden en la ribera de la noche plutónica —como dijo Poe— para unirse todos juntos con la sustancia sin luz de la que provenimos.

P. S.: Sí, Dark Souls.
Fotografía tomada por mí en Guadalajara, Jalisco, México. 

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Madre Oscuridad (micro ensayo)

But even so, one day the flames will fade, and only Dark will remain - DS
Desde pequeños, desde hace siglos, desde que el ser humano se inventó prodigios para explicar los fenómenos más allá de lo que su mano con pulgar oponible podía asir, se nos ha enseñado una grandísima y única verdad. Una certeza tan sólida que no conozco el caso de una religión, de un sistema de creencias, de una corriente filosófica —aunque esta rama es la que más se acerca al fruto del que hablo— o siquiera de un grupo de gente que, con un corpus bien armado y las secuencias lógicas que le permitan mantener la idea de pie, rechace, por su opuesto, la dicha máxima: la humanidad proviene de, busca, desea o anhela la Luz. La Luz representa al Bien, valor universal —universalmente ambiguo, en realidad— al que supuestamente todo ser humano quiere o debe aspirar: la Luz como símbolo del logro máximo, la trascendencia, el alejamiento de los bochornosos orígenes, como fin último.

¿Nadie se ha puesto a pensar, por un momento, que no provengamos de la Luz ni tengamos que dirigirnos a ella, sino, por el contrario, seamos hijos de la Oscuridad y a ella habremos de volver los pasos como niños que van de vuelta al regazo de su madre? ¿Nadie se ha permitido por una vez tener siquiera un poco de compasión de la pobre Oscuridad y decir «oigan todos, tal vez la Oscuridad no es la forma pura y esencial del Mal, sino del Bien o, mejor aún, de la Paz, la Tranquilidad, la Calma y el Equilibrio?

That, my children, is a creed I could get behind!

Podrá parecer raquítico mi análisis. Y más de uno podrá decir que qué zoquete este fulano si no conoce X, Y o Z corriente filosófica que niega la bondad humana innata —de entrada pido, por favor, si saben de éste tipo de, llamémosles «doctrinas» o corrientes, me lo hagan saber con autores y fechas. ¡Gracias adelantadas!— a favor de una maldad natural, o mejor dicho de una neutralidad o hasta indiferencia. Yo busco más bien la doctrina que niegue la Luz como única forma y representación de la aspiración humana y/o de su estado ideal. Busco más que la malevolencia de nuestra hominidez incipiente aún. Aspiro más bien a encontrar un sistema que acepte la oscuridad natural del corazón del hombre y la acepte justamente por ser natural...que no trate de cambiarla, erradicarla o sustituirla. Sino que, al reconocer su esencia, la aliente, la acepte y busque crearle un cauce como el torrente que es.

Para ello quiero aclarar esa idea: la Oscuridad no tendría porqué ser el estado antitético de la humanidad como masa podrida, perdida, corrompida. La Oscuridad tampoco es caos...muy por el contrario. Díganme por favor que hay quienes la reconocen como la Estabilidad del Universo, la Calma del Cosmos silente, la Presencia manifiesta de la Eternidad. Porque, aceptémoslo, no podemos —o no puedo yo en particular— pensar en una eternidad de luz al final de los tiempos. Es sólo que no me parece natural. Es al revés, la tendencia natural sería la Oscuridad: las estrellas mueren, la energía se dispersa, la Entropía gana siempre y con ella llegan la calma y el equilibrio, la inacción sempiterna de los astros huecos flotando como hojas al viento.

¿Por qué, si la misma materia en todos sus niveles tiende a estos estados que podemos ligar con la Oscuridad —así como a la Luz se le injerta un amasijo de valores de Movimiento, de Ascendencia, de Culminación, de Transfiguración— debemos nosotros, supuesto pináculo —momentáneo— de la evolución animal ir en contra de todo sistema que la Naturaleza y el Cosmos tienen fraguando y perfeccionando desde antes que el tiempo transcurriera para ellos?

Somos una especie condenada a luchar contra corriente. ¡Y no! Eso no es un acto heroico per se. Es negar nuestro origen y destino. Es el berrinche de la Humanidad por querer escapar del abrazo de su Madre. Estamos condenados a sufrir, como género, familia, especie, la decepción, la frustración, el cansancio y la derrota si siempre pensamos y queremos vencer el orden de las fuerzas naturales.

Yo por eso, amigos míos, voto y me hago devoto de la Oscuridad porque es el vientre del que surgió y en que habita el Universo; porque es la cuna en que la Humanidad fue amamantada y de la que luego al poder andar sólo se alejó para meterse en casas de cristal con luces permanentes y frías; porque hasta los soles y galaxias saben rendirse ante ella cuando el tiempo llega y se disuelven dejando atrás las fuerzas titánicas y la tensión que sobre sus brazos lácteos reinaba; porque es la Tranquilidad eterna y la certeza de que, al provenir toda materia de ella y entregarse finalmente a la misma sin esfuerzo y con tierna parsimonia, finalmente todo, materia, espíritu, alma, furias, dioses, rituales y esperanzas se distienden en la ribera de la noche plutónica —como dijo Poe— para unirse todos juntos con la sustancia sin luz de la que provenimos.

P. S.: Sí, Dark Souls.
Fotografía tomada por mí en Guadalajara, Jalisco, México. 

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lunes, 1 de mayo de 2017

Prédica dominical de lunes por la tarde (micro ensayo)

Últimamente me he dedicado mucho a pensar en lo ridículamente ambivalentes e indecisos que somos los humanos. Creo que mi trabajo posterior (sea que llegue a publicarse o no) tendrá trasfondos de esa naturaleza. No porque haya descubierto el hilo negro. Ya lo he dicho, tanto explícita como metafóricamente: para mí el mundo y el universo en sí son la conjunción armónica de opuestos que se suceden en ciclos equitativos en duración y magnitud, más o menos, pues. Pero ese es el orden en apariencia caótico del universo, según nuestra corta vista nos deja imaginar.

El humano parece haberse dedicado —desde que una chispa, ya de fuego, ya de conciencia, alma o espíritu se encendió en su cerebro y le hizo preguntarse qué o quién o cómo o por qué es lo que es— a llevarle la contra a la Naturaleza en dicho orden supuestamente caótico. Si no se acomoda a lo que nosotros entendemos como deber, o bien, o propósito, lo desechamos. ¿Y para qué? Para luego añorar lo que se ha perdido.

Francamente somos una especie con cerebros en pañales que va por el mundo y más allá de sus bordes haciendo berrinche por lo que quiere, por lo que no quiere, por lo que le pasa, por lo que no le pasa, por lo que le gustaría que le pasara y por lo que teme que pase. ¿No sería más fácil inculcar en todos, desde la infancia, que el universo es enteramente ajeno a lo que queremos o buscamos? Es en realidad un alivio, no una pesadumbre nihilista.

Cuando el universo y sus engranes giraban en torno al humano como centro de la creación, la carga era abominable, ¿había que ser todos santos y vírgenes para estar «a la altura» de la creación infinita que se nos otorgó en dicho escenario? Seguramente mucho más que sólo eso.

En cambio, si somos solamente un bicho más debajo de una piedra o tronco podrido en la vastedad de la selva cósmica, es más fácil asegurar la existencia, la satisfacción, vivir sin necesidad de que el cosmos muera para redimir nuestras culpas. ¿Qué culpas, en todo caso? En el escenario de jungla no tendríamos tiempo ni de exterminarnos unos a otros por sadismo o segregaciones. Requeriríamos de cada elemento para sobrevivir como especie. Me refiero a un enfoque espiritual común, si existiese en todos la necesidad de «jalar parejo» porque de lo contrario la Vida nos tragaría a la menor oportunidad ¡Ah, cómo envidio a veces a las hormigas y otros insectos sociales! Hay que ver las maravillas subterráneas que construyen bajo el mando silente de la reina que quiere lo mismo que la reina anterior y así ad infinitum: la supervivencia de su pueblo.

Claro, hay sacrificios que hacer, pero me parece que desde que uno nace acepta el contrato que dice que, a partir de cierto grado de conocimiento —si acaso— el Universo no se hace responsable de daños colaterales, a terceros, autoinflingidos ni nada. Tal vez, para muchos, como diría Ciorán, el único inconveniente —por ser decisión no tomada por uno— es haber nacido. Pero si ya está uno aquí y de todas formas terminará sus días regresando a la matriz terrosa de que salió: entonces, ¿para qué dar un paso a la izquierda y luego quejarse por no haber ido a la derecha y repartir culpas a otros o a la Nada omnipresente?

La que es Reina quisiera dejar de serlo por la carga tremenda —pese a que desde su nacimiento sabe que es su deber y sabe las implicaciones en casi toda su extensión—, la que no lo es sufre y llora y patalea porque el destino la quitó del lugar que merecía, de la distinción y de las luces. ¿Cuál está mal? ¿Cuál es la engreída y cuál la inmadura? Ambas y ninguna.

No hay nada que se anhele más que lo que no se tiene pero se puede idealizar.

Y es así como, en contemplaciones de espejismos ajenos se nos puede ir la vida: si escribiera como Fulana, si dibujara como Sutano, si pudiera correr como Mengana o tener un cuerpo delicioso como Perengano...Todo es factible de hacerse siempre que uno se levante del sillón y se ponga.

Quien me conozca podrá decir «¡charlatán! Si no eres más que un burro hablando de orejas». Y, por la mayor parte de mi vida, y en cierto tipo de actividades tendría razón. Pero también debo de admitir que recientemente he comenzado con el pavimentado de un camino que antes ni existía. Recién desherbé la futura brecha y me dispongo a trazarlo, un camino que sale de la zona de confort y, si bien sé de antemano a qué estoy jugando, es por eso mismo que no podré quejarme cuando el resultado salga desfavorable, como seguramente pasará en más de una ocasión. La cosa es que, si uno insiste, y  muere y revive y lo reintenta y muere y lo reintenta hasta aprender la ruta segura a través de las minas, terminará, indefectiblemente llegando a su destino.

Lo único que pido es, malogrado acróbata que me lees: si no le gusta en dónde está y no hace nada para remediarlo, no se queje. Si no le gusta dónde está y está tratando de llegar a dónde sí, sepa que el camino es de roca fundida y dragones rampantes, y, sabiéndolo, no se queje. O, como hacemos la mayoría de los pobres mortales que aspiramos a cambiar la trayectoria de las aguas: quéjese sin dejar de andar.

Fotografía tomada por mi en el Monumento a la Independecia, Ciudad de México.

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Prédica dominical de lunes por la tarde (micro ensayo)

Últimamente me he dedicado mucho a pensar en lo ridículamente ambivalentes e indecisos que somos los humanos. Creo que mi trabajo posterior (sea que llegue a publicarse o no) tendrá trasfondos de esa naturaleza. No porque haya descubierto el hilo negro. Ya lo he dicho, tanto explícita como metafóricamente: para mí el mundo y el universo en sí son la conjunción armónica de opuestos que se suceden en ciclos equitativos en duración y magnitud, más o menos, pues. Pero ese es el orden en apariencia caótico del universo, según nuestra corta vista nos deja imaginar.

El humano parece haberse dedicado —desde que una chispa, ya de fuego, ya de conciencia, alma o espíritu se encendió en su cerebro y le hizo preguntarse qué o quién o cómo o por qué es lo que es— a llevarle la contra a la Naturaleza en dicho orden supuestamente caótico. Si no se acomoda a lo que nosotros entendemos como deber, o bien, o propósito, lo desechamos. ¿Y para qué? Para luego añorar lo que se ha perdido.

Francamente somos una especie con cerebros en pañales que va por el mundo y más allá de sus bordes haciendo berrinche por lo que quiere, por lo que no quiere, por lo que le pasa, por lo que no le pasa, por lo que le gustaría que le pasara y por lo que teme que pase. ¿No sería más fácil inculcar en todos, desde la infancia, que el universo es enteramente ajeno a lo que queremos o buscamos? Es en realidad un alivio, no una pesadumbre nihilista.

Cuando el universo y sus engranes giraban en torno al humano como centro de la creación, la carga era abominable, ¿había que ser todos santos y vírgenes para estar «a la altura» de la creación infinita que se nos otorgó en dicho escenario? Seguramente mucho más que sólo eso.

En cambio, si somos solamente un bicho más debajo de una piedra o tronco podrido en la vastedad de la selva cósmica, es más fácil asegurar la existencia, la satisfacción, vivir sin necesidad de que el cosmos muera para redimir nuestras culpas. ¿Qué culpas, en todo caso? En el escenario de jungla no tendríamos tiempo ni de exterminarnos unos a otros por sadismo o segregaciones. Requeriríamos de cada elemento para sobrevivir como especie. Me refiero a un enfoque espiritual común, si existiese en todos la necesidad de «jalar parejo» porque de lo contrario la Vida nos tragaría a la menor oportunidad ¡Ah, cómo envidio a veces a las hormigas y otros insectos sociales! Hay que ver las maravillas subterráneas que construyen bajo el mando silente de la reina que quiere lo mismo que la reina anterior y así ad infinitum: la supervivencia de su pueblo.

Claro, hay sacrificios que hacer, pero me parece que desde que uno nace acepta el contrato que dice que, a partir de cierto grado de conocimiento —si acaso— el Universo no se hace responsable de daños colaterales, a terceros, autoinflingidos ni nada. Tal vez, para muchos, como diría Ciorán, el único inconveniente —por ser decisión no tomada por uno— es haber nacido. Pero si ya está uno aquí y de todas formas terminará sus días regresando a la matriz terrosa de que salió: entonces, ¿para qué dar un paso a la izquierda y luego quejarse por no haber ido a la derecha y repartir culpas a otros o a la Nada omnipresente?

La que es Reina quisiera dejar de serlo por la carga tremenda —pese a que desde su nacimiento sabe que es su deber y sabe las implicaciones en casi toda su extensión—, la que no lo es sufre y llora y patalea porque el destino la quitó del lugar que merecía, de la distinción y de las luces. ¿Cuál está mal? ¿Cuál es la engreída y cuál la inmadura? Ambas y ninguna.

No hay nada que se anhele más que lo que no se tiene pero se puede idealizar.

Y es así como, en contemplaciones de espejismos ajenos se nos puede ir la vida: si escribiera como Fulana, si dibujara como Sutano, si pudiera correr como Mengana o tener un cuerpo delicioso como Perengano...Todo es factible de hacerse siempre que uno se levante del sillón y se ponga.

Quien me conozca podrá decir «¡charlatán! Si no eres más que un burro hablando de orejas». Y, por la mayor parte de mi vida, y en cierto tipo de actividades tendría razón. Pero también debo de admitir que recientemente he comenzado con el pavimentado de un camino que antes ni existía. Recién desherbé la futura brecha y me dispongo a trazarlo, un camino que sale de la zona de confort y, si bien sé de antemano a qué estoy jugando, es por eso mismo que no podré quejarme cuando el resultado salga desfavorable, como seguramente pasará en más de una ocasión. La cosa es que, si uno insiste, y  muere y revive y lo reintenta y muere y lo reintenta hasta aprender la ruta segura a través de las minas, terminará, indefectiblemente llegando a su destino.

Lo único que pido es, malogrado acróbata que me lees: si no le gusta en dónde está y no hace nada para remediarlo, no se queje. Si no le gusta dónde está y está tratando de llegar a dónde sí, sepa que el camino es de roca fundida y dragones rampantes, y, sabiéndolo, no se queje. O, como hacemos la mayoría de los pobres mortales que aspiramos a cambiar la trayectoria de las aguas: quéjese sin dejar de andar.

Fotografía tomada por mi en el Monumento a la Independecia, Ciudad de México.

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domingo, 2 de abril de 2017

InDeTerminaciones (poema)


Son indeterminaciones mías
las ganas de convertirme en tienda de acampar.

Me explico:
véase la crucifixión del plástico
con clavos de grueso calibre
con los que se le ata a las entrañas del suelo.

Extiéndasele
bien extendida,
distendida,
desentendida de que lo peor apenas viene.

Traspásesele como a san Felipe:
con dos lanzas oblicuas
que se unan en la espina a la manera de una X.

Ínfleseme el pecho y el vientre
con aire al arquear las lanzas,
casi al punto de astillamiento.

Y finalmente, con las ganas de convertirme
en tienda de acampar,
con la indeterminación de servir de refugio y acogida,
rellénesenos el interior
con criaturas vivas, viles, viscosas
que se retuerzan,
devoren,
rían,
y hasta copulen
en el interior de uno,
como pie que martiriza al calcetín.

Así de absurdo suena,
pero ¿lo es?, ¿es absurdo?

Lo mismo de absurdo acuso,
con el dedo y la mente y la entraña,
en la «obligación» moral idiota y repetitiva
de procrear,
de reproducirse,
de fallar al clonarse,
de convertir a toda la tierra
en una simple y sucia
tienda de acampar
indeterminada.
Fotografía tomada por mi. Tomada en Tórim, Río Yaqui, Sonora, México

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InDeTerminaciones (poema)


Son indeterminaciones mías
las ganas de convertirme en tienda de acampar.

Me explico:
véase la crucifixión del plástico
con clavos de grueso calibre
con los que se le ata a las entrañas del suelo.

Extiéndasele
bien extendida,
distendida,
desentendida de que lo peor apenas viene.

Traspásesele como a san Felipe:
con dos lanzas oblicuas
que se unan en la espina a la manera de una X.

Ínfleseme el pecho y el vientre
con aire al arquear las lanzas,
casi al punto de astillamiento.

Y finalmente, con las ganas de convertirme
en tienda de acampar,
con la indeterminación de servir de refugio y acogida,
rellénesenos el interior
con criaturas vivas, viles, viscosas
que se retuerzan,
devoren,
rían,
y hasta copulen
en el interior de uno,
como pie que martiriza al calcetín.

Así de absurdo suena,
pero ¿lo es?, ¿es absurdo?

Lo mismo de absurdo acuso,
con el dedo y la mente y la entraña,
en la «obligación» moral idiota y repetitiva
de procrear,
de reproducirse,
de fallar al clonarse,
de convertir a toda la tierra
en una simple y sucia
tienda de acampar
indeterminada.
Fotografía tomada por mi. Tomada en Tórim, Río Yaqui, Sonora, México

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miércoles, 29 de marzo de 2017

About #identity (micro essay) (micro ensayo)


In my job I run a lot into the concept of identity. Of course, every person will have his own concept of what it is made of. But, as I have been finding recently –within myself and sometimes in the attitude of the others–, most of the values and mechanisms we humans are built with are enormously ambivalent. This is a nice way to call our actually contradictive nature.


Identity could be said to be formed up of the common beliefs, stories, legends, ways of life, acting, food, traditions, accents and a long etcetera, that are shared by a group of people. This sharing is usually linked to a certain geographical area by most of its population through a period of time, this means that it transcends. If we don't go any further, into more an deeper details: could we say that Identity is a good thing? Does it help every human group? Does it prevent conflict within and outside the communities? Does it facilitate people's lives through their history?

Maybe you first answered yes. But, don’t you know, or haven't you stopped to think about that it is also the existence of different identities the source of A FUCKING LOT OF CONFLICT, WAR, DISCRIMINATION, RACISM and, again, a long etcetera?

Identity works both ways. Or maybe it just works and the outcome depends on who –meaning what kind of person– uses it. It has the capability of joining people together. Sometimes only based on ideas or a sense of historical relation.

But, when you join with others to form a group, a community, how do you know where does your group end? Where does the neighbor's begin? What makes them "two separate entities"? I really don't want to get into discrimination and that sort of shit. So I might mention it but the issue I wanna question is other.

Truth is, identity can work for the achievement of some tasks or purposes. These may be abstract or quite concrete. From the idea of a new-born country –how it is and where should its people go– to raising money for any goal or cause. But, on the other hand, it sets your mind into separating the social groups, generating sterotypes, allowing in some way the competition between nations and even towns. This, the competition, can as well be good, in the shape of having motivation to improve, or bad, in the ways of corruption and cheating.

So I have to ask another cuestion: if a time would come, in which, let's say "globalization" –in the cultural way– was the way of life for the whole world, would the homogenization of populations' cultures be the factor that nullified the root reasons for conflict between societies? Could that scenario really allow a more generalized peace to exist and expand?

Cultures are interpretations of the world –its nature, landscape, climate, resources, life forms– by groups so different in their adaptation to such world. It is what makes humanity so diverse, and rich. And yet many people threaten that vast plurality. But, and I'm just making unconfortable questions: what if by losing such variety could facilitate us to live together and in peace? Disclaimer: NO, I'M NOT TALKING ABOUT RACE, NOTHING BIOLOGICAL OR GENETIC. I'M ALSO NOT TALKING ABOUT GENOCIDE OR THE SUPREMACY OF SOME GROUPS ABOVE THE REST.

I'm talknig about some sci-fi scenario in which races are left untouched but cultural differences have been left behind and humanity became one cultural entity in which, wherever you travelled, you would be understood and would feel always like home. Is there a value in that? Would that peaceful world be worth the cost? Is the root of our conflicts our natural differentiation?

I am just asking, because, of course I do not have the answers to such questions.

I just hoped, sometimes, that being human wasn't so contradictory and confusing as it is.

Photography taken by me at San Francisco Tepojaco, in the municipality of Cuautitlán Izcalli, Estado de México, México.

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About #identity (micro essay) (micro ensayo)


In my job I run a lot into the concept of identity. Of course, every person will have his own concept of what it is made of. But, as I have been finding recently –within myself and sometimes in the attitude of the others–, most of the values and mechanisms we humans are built with are enormously ambivalent. This is a nice way to call our actually contradictive nature.


Identity could be said to be formed up of the common beliefs, stories, legends, ways of life, acting, food, traditions, accents and a long etcetera, that are shared by a group of people. This sharing is usually linked to a certain geographical area by most of its population through a period of time, this means that it transcends. If we don't go any further, into more an deeper details: could we say that Identity is a good thing? Does it help every human group? Does it prevent conflict within and outside the communities? Does it facilitate people's lives through their history?

Maybe you first answered yes. But, don’t you know, or haven't you stopped to think about that it is also the existence of different identities the source of A FUCKING LOT OF CONFLICT, WAR, DISCRIMINATION, RACISM and, again, a long etcetera?

Identity works both ways. Or maybe it just works and the outcome depends on who –meaning what kind of person– uses it. It has the capability of joining people together. Sometimes only based on ideas or a sense of historical relation.

But, when you join with others to form a group, a community, how do you know where does your group end? Where does the neighbor's begin? What makes them "two separate entities"? I really don't want to get into discrimination and that sort of shit. So I might mention it but the issue I wanna question is other.

Truth is, identity can work for the achievement of some tasks or purposes. These may be abstract or quite concrete. From the idea of a new-born country –how it is and where should its people go– to raising money for any goal or cause. But, on the other hand, it sets your mind into separating the social groups, generating sterotypes, allowing in some way the competition between nations and even towns. This, the competition, can as well be good, in the shape of having motivation to improve, or bad, in the ways of corruption and cheating.

So I have to ask another cuestion: if a time would come, in which, let's say "globalization" –in the cultural way– was the way of life for the whole world, would the homogenization of populations' cultures be the factor that nullified the root reasons for conflict between societies? Could that scenario really allow a more generalized peace to exist and expand?

Cultures are interpretations of the world –its nature, landscape, climate, resources, life forms– by groups so different in their adaptation to such world. It is what makes humanity so diverse, and rich. And yet many people threaten that vast plurality. But, and I'm just making unconfortable questions: what if by losing such variety could facilitate us to live together and in peace? Disclaimer: NO, I'M NOT TALKING ABOUT RACE, NOTHING BIOLOGICAL OR GENETIC. I'M ALSO NOT TALKING ABOUT GENOCIDE OR THE SUPREMACY OF SOME GROUPS ABOVE THE REST.

I'm talknig about some sci-fi scenario in which races are left untouched but cultural differences have been left behind and humanity became one cultural entity in which, wherever you travelled, you would be understood and would feel always like home. Is there a value in that? Would that peaceful world be worth the cost? Is the root of our conflicts our natural differentiation?

I am just asking, because, of course I do not have the answers to such questions.

I just hoped, sometimes, that being human wasn't so contradictory and confusing as it is.

Photography taken by me at San Francisco Tepojaco, in the municipality of Cuautitlán Izcalli, Estado de México, México.

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lunes, 27 de marzo de 2017

«Escritura no-creativa» de Kenneth Goldsmith (micro ensayo) (reseña)


Recién tuve la oportunidad de leer esta joyita —en el sentido no-original que propone su autor, claro está— y sentí la necesidad de redactar un poco al respecto; más que para compartir el contenido de la obra —que es el contenido de otras obras—, para favorecer que no se me olviden las premisas que tuve la fortuna de leer.

Kenneth Goldsmith ataca sin tapujos el concepto «romántico», según él mismo, del genio creador. Y en esto debo coincidir completamente con él: vivimos en una época en la que la mayoría de las personas, en cualquier ámbito —especialmente el artístico— reconocen de una manera u otra que la originalidad absoluta ya no existe, que nuestro mundo se configura sólo de remixes, cada vez más inverosímiles y heterogéneos.
Sin embargo, en ciertas ramas como la literatura —el universo de acción del lenguaje en su traducción de conceptos y sonidos a marcas generalmente de tinta en un papel, en escritura— se sigue exigiendo la creatividad pura y dura. Es igualmente reconocido que el autor que toma secciones, partes, y hasta frases de otro es un plagiario, un ladrón, un copiche.

¿Cómo entonces en otras artes, como la pintura, se permite y hasta se aplauden técnicas como el collage, los pastiches, etc? ¿Qué de diferente tiene recortar imágenes y pegarlas en desorden en un cuadro con recortar y reordenar y mezclar textos dentro de otro texto?

El detonador de éstas y todas las demás preguntas que se hace Goldsmith es la era digital y el reinado actual del internet. Jamás antes en la historia el ser humano había producido —así, como producto o subproducto de actividades determinadas— tanto lenguaje por día, por hora, por minuto, como desde la generalización del acceso a internet. Hablamos de la capacidad de adentrarnos en una marea ilimitada que se expande y no sólo permite, sino que invita a todos, a tomar de él lo que cada quien guste y lo comparta, lo retuitee, lo bloguee, y demás métodos de viralización de la información.

A partir de semejante fenómeno de reproducción infinita de lenguaje, Goldsmith propugna por el reconocimiento del «genio-no creativo», es decir, aquel ser dotado de una habilidad poco común para tomar, cortar, robar, reordenar, remixear, deconstruir, descontextualizar los paquetes de información que crea necesarios para crear otra cosa diferente de la que sus autores «originales» pretendieron decir.

El ejemplo más accesible a todos es el meme (aunque el no aborda a los memes en el libro, sino las corrientes de las artes plásticas y los experimentos conceptuales del siglo XX en la poesía) y su funcionamiento como herramienta lingüística a veces altamente cifrada y accesible sólo a algunos grupos, o en ocasiones de una simpleza y valor basados en la repetición y gradual alteración que se vuelven parte del lenguaje —hablado— común de buena parte de la población. En los memes podemos encontrar el uso y la apropiación verdaderamente «no-creativa» de fuentes de video, noticias, textos, historia, películas, y demás, en las que el valor radica en hacerlas graciosas o incisivas al sacarles de su contexto, mezclarlo con otros contenidos que alteran los significados. Y no vemos a nadie poniendo citas ni referenciando fuentes con notas al pie de cada meme que nos topamos en internet.

¿Por qué entonces le exigimos a los autores que lo hagan?

Aquí Goldsmith menciona muy superficialmente las leyes de protección a los derechos de autor y demás herramientas legales que radicalizan la imagen del que toma texto sin siempre decir a quién pertenece. Yo en lo personal creo que esta situación puede ser la respuesta a las preguntas que se plantea Goldsmith: las demás artes, sobre todo las plásticas, no cuentan con un aparato legal y de industrialización comercial como la industria del lenguaje: los libros, las editoriales, los que hacen posible la publicación y difusión de los textos. Por supuesto que con el cada vez más indiscutible poder de internet sobre el comportamiento del lenguaje esto puede cambiar o verse amenazado en el futuro —el debate comenzó, aunque en otros términos con los libros electrónicos y los pdfs ilegales—. Pero creo que la tradición editorial y monopolista que en siglos anteriores tuvo la palabra impresa ha dejado su marca en dicho arte de manera que ni siquiera la cuestionamos pues ¿cómo existiría o conoceríamos la producción literaria si no fue por quiénes la plasman en su soporte físico y la distribuyen?

Goldsmith retoma de otros autores la idea de que en dicho sentido el arte del lenguaje está atrasado en sus convulsiones renovadoras con respecto al resto de las artes. Para la pintura, el momento de reinvención y exploración llegó con la creación y difusión de la fotografía. Antes el papel de la pintura consistía más en la representación fiel de la realidad. Cuando la fotografía facilitó y llevó a niveles superiores dicha labor, la pintura comenzó a explorar y derribar sus propias fronteras: nacieron las vanguardias.

Para la literatura, dice Goldsmith que el momento de la verdad y la reinvención llegan con internet y la producción masiva de textos, la edición, reedición, el copy-paste y el plagio, a veces genial diría él, de obras para su deconstrucción y manipulación libre.

No quiero expandirme más sobre el contenido del libro puesto que estos postulados que enuncia los defiende a lo largo del libro con una cantidad bárbara —y véase aquí la ironía— de referencias de autores, de antecedentes, de artistas que transgredieron las normas convencionales y románticas del genio creador encerrado sólo en su estudio generando desde la nada una obra maestra de la creatividad y genialidad puras.

No, señores. Por más que crean haber inventado el hilo negro, recuerden que alguien, en algún lado, en algún punto de la historia, ya hizo, pensó, dijo o escribió lo que ustedes se proponen. Hay, sin embargo que mezclarlo con otras cosas, muchas otras cosas, para tratar de generar, si bien, no un tema único y propio, sí una manera muy propia —aunque sea armada de miembros ajenos— de decir aquello que ya se ha dicho.

Busquen y lean el maldito libro. Si lo encuentran en internet, no creo que Goldsmith tenga problema en que lo descarguen. Léanlo y verán de qué hablo.

Fotografía tomada por mi .

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