Prédica dominical de lunes por la tarde

Últimamente me he dedicado mucho a pensar en lo ridículamente ambivalentes e indecisos que somos los humanos. Creo que mi trabajo posterior (sea que llegue a publicarse o no) tendrá trasfondos de esa naturaleza. No porque haya descubierto el hilo negro. Ya lo he dicho, tanto explícita como metafóricamente: para mí el mundo y el universo en sí son la conjunción armónica de opuestos que se suceden en ciclos equitativos en duración y magnitud, más o menos, pues. Pero ese es el orden en apariencia caótico del universo, según nuestra corta vista nos deja imaginar.

El humano parece haberse dedicado —desde que una chispa, ya de fuego, ya de conciencia, alma o espíritu se encendió en su cerebro y le hizo preguntarse qué o quién o cómo o por qué es lo que es— a llevarle la contra a la Naturaleza en dicho orden supuestamente caótico. Si no se acomoda a lo que nosotros entendemos como deber, o bien, o propósito, lo desechamos. ¿Y para qué? Para luego añorar lo que se ha perdido.

Francamente somos una especie con cerebros en pañales que va por el mundo y más allá de sus bordes haciendo berrinche por lo que quiere, por lo que no quiere, por lo que le pasa, por lo que no le pasa, por lo que le gustaría que le pasara y por lo que teme que pase. ¿No sería más fácil inculcar en todos, desde la infancia, que el universo es enteramente ajeno a lo que queremos o buscamos? Es en realidad un alivio, no una pesadumbre nihilista.

Cuando el universo y sus engranes giraban en torno al humano como centro de la creación, la carga era abominable, ¿había que ser todos santos y vírgenes para estar «a la altura» de la creación infinita que se nos otorgó en dicho escenario? Seguramente mucho más que sólo eso.

En cambio, si somos solamente un bicho más debajo de una piedra o tronco podrido en la vastedad de la selva cósmica, es más fácil asegurar la existencia, la satisfacción, vivir sin necesidad de que el cosmos muera para redimir nuestras culpas. ¿Qué culpas, en todo caso? En el escenario de jungla no tendríamos tiempo ni de exterminarnos unos a otros por sadismo o segregaciones. Requeriríamos de cada elemento para sobrevivir como especie. Me refiero a un enfoque espiritual común, si existiese en todos la necesidad de «jalar parejo» porque de lo contrario la Vida nos tragaría a la menor oportunidad ¡Ah, cómo envidio a veces a las hormigas y otros insectos sociales! Hay que ver las maravillas subterráneas que construyen bajo el mando silente de la reina que quiere lo mismo que la reina anterior y así ad infinitum: la supervivencia de su pueblo.

Claro, hay sacrificios que hacer, pero me parece que desde que uno nace acepta el contrato que dice que, a partir de cierto grado de conocimiento —si acaso— el Universo no se hace responsable de daños colaterales, a terceros, autoinflingidos ni nada. Tal vez, para muchos, como diría Ciorán, el único inconveniente —por ser decisión no tomada por uno— es haber nacido. Pero si ya está uno aquí y de todas formas terminará sus días regresando a la matriz terrosa de que salió: entonces, ¿para qué dar un paso a la izquierda y luego quejarse por no haber ido a la derecha y repartir culpas a otros o a la Nada omnipresente?

La que es Reina quisiera dejar de serlo por la carga tremenda —pese a que desde su nacimiento sabe que es su deber y sabe las implicaciones en casi toda su extensión—, la que no lo es sufre y llora y patalea porque el destino la quitó del lugar que merecía, de la distinción y de las luces. ¿Cuál está mal? ¿Cuál es la engreída y cuál la inmadura? Ambas y ninguna.

No hay nada que se anhele más que lo que no se tiene pero se puede idealizar.

Y es así como, en contemplaciones de espejismos ajenos se nos puede ir la vida: si escribiera como Fulana, si dibujara como Sutano, si pudiera correr como Mengana o tener un cuerpo delicioso como Perengano...Todo es factible de hacerse siempre que uno se levante del sillón y se ponga.

Quien me conozca podrá decir «¡charlatán! Si no eres más que un burro hablando de orejas». Y, por la mayor parte de mi vida, y en cierto tipo de actividades tendría razón. Pero también debo de admitir que recientemente he comenzado con el pavimentado de un camino que antes ni existía. Recién desherbé la futura brecha y me dispongo a trazarlo, un camino que sale de la zona de confort y, si bien sé de antemano a qué estoy jugando, es por eso mismo que no podré quejarme cuando el resultado salga desfavorable, como seguramente pasará en más de una ocasión. La cosa es que, si uno insiste, y  muere y revive y lo reintenta y muere y lo reintenta hasta aprender la ruta segura a través de las minas, terminará, indefectiblemente llegando a su destino.

Lo único que pido es, malogrado acróbata que me lees: si no le gusta en dónde está y no hace nada para remediarlo, no se queje. Si no le gusta dónde está y está tratando de llegar a dónde sí, sepa que el camino es de roca fundida y dragones rampantes, y, sabiéndolo, no se queje. O, como hacemos la mayoría de los pobres mortales que aspiramos a cambiar la trayectoria de las aguas: quéjese sin dejar de andar.

Comentarios

  1. Coincido contigo al pensar que hay una gran deficiencia en cómo nos enseñan que es la vida. En la mayoría de los casos nadie nos enseña de forma consciente a sobrellevarla, aprendemos a trancazos y a raspones si reflexionamos al respecto, pero sino lo hacemos seguimos por la vida, a trancazos y a raspones, sin entender porque. Además, crecemos con ideas poco realistas como: “si te portas bien y te esfuerzas tendrás todo lo que quieres”, Tú naciste con suerte y el otro tuvo suerte de nacer”, “el mundo está en mi contra”, etc.
    No entendemos que este planeta no está para satisfacer nuestras necesidades ni para hacernos la vida imposible, sólo está, y nosotros nos hemos adaptado a el hasta el exceso bárbaro de destruirlo. El ser humano a evitado la responsabilidad de su proceder, a preferido, cómodamente, culpar o bendecir al universo, a un Dios, a un semejante, etc. Y sí, nos quejamos todo el tiempo. Aun así, jugando un poco al abogado del diablo (y sólo para llevarte la contra ja ja ja, no es cierto), pienso que la queja sabiendo canalizarla es sana. ¿por qué? Porque permite exteriorizar un malestar el cual, a su vez, puede ser escuchado por el otro y puede derivar en un consejo. Una queja también nos puede ayudar a ser conscientes de un malestar que sentimos y nos puede motivar a la acción. Lo que no se vale es no hacernos responsables de nuestras decisiones y actos y sólo quejarnos. Así que, como bien cierras tu texto, avancemos con quejas o sin quejas pero avancemos.

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  3. Finalmente he vuelto.

    Esta genial la resolución filosófica a la que has llegado, no es un secreto que es el punto cúspide de lo que has venido tratando en entradas anteriores, y me atrevo a decir que todo el asunto gira en lo personal sobre la escritura, y que quizá sufra en un futuro de tu rechazo, por lo de la ambivalencia jejeje. Antes de abordar los puntos que tocas tengo que decir que me gusta un buen la manera en la que has planteado todo, o redactado, no sé.

    Coincido con la chica que comentó primero; la queja es un buen canal para conocerse, exteriorizar y recibir apoyo, y para liberarse de tensiones... y encontramos un punto en común acuerdo; lo básico es no detenernos, es avanzar.

    Me encantó eso de que nuestros cerebros están en pañales, es muy cierto, evolutivamente hablando. A lo mejor el madurar signifique la extinción de buena parte de la población, si no es que de toda, que sobrevivan los mejores especímenes, los más adaptados, aunque esto no siempre significa que sean los más listos; el instinto es más acorde a la naturaleza, pero la razón nos ha dado un mayor éxito o ventaja... y ya pensando a futuro, quizá adaptar nuestro mundo al mundo natural sin imponer uno sobre otro es la meta a la que avanzamos como humanidad, inadvertidamente. O una de tantas metas, con sus contratiempos y fallos.

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