La maldición de decidir


La maldición de decidir

¿Quién dijo que el poder de decidir era una bendición o un don?

Como humano subjetivo y limitadísimo que soy, desde un punto de vista en que puedo colocarme, podría decir que la capacidad de decidir es, en todo caso, la peor de las maldiciones de la vida cotidiana. Claro que si me coloco en otro punto de vista, se convierte en todo lo contrario.

No por eso se piense que lo rechazo o desdigo. No. Pero tómese en cuenta el impacto que, en sentido contrario genera. ¿De qué hablo? De la capacidad, aparentemente infinita, de que una decisión produzca una cantidad inversamente proporcional de desdicha y remordimiento. Esta capacidad la convierte en lo que coloquialmente llamamos un «arma de doble filo», imagen por demás acertada: Tomamos una espada doble, estocamos al adversario en una línea recta hacia adelante y, a la vez, con el extremo opuesto, nos apuntamos al estómago, situación por demás prometedora para aquel enemigo que hubiera y pudiese esquivar el embate y usarlo a su favor, lo que es decir, en nuestra contra.

Así, la capacidad de decisión puede devenir en la felicidad más consagrada o en un remordimiento duradero. Porque, como dije, es inversamente proporcional. Esto es, en el sentido opuesto puede crecer ya sea una o dos o tres o muchas más veces en relación a la fuerza impelida en el esfuerzo inicial. En un principio similar pero bastante más atroz que el de la fricción mecánica.

El poder de decisión, ¿es inherentemente humano? Debemos, al menos de momento, suponer que sí. Siendo así, es inherentemente humano ponerse en el camino del daño o sufrimiento potencial por decisión propia. Es como decir que la mitad de la humanidad está destinada a apuñalarse a sí misma y luego quejarse al respecto. Porque, estadísticamente, todos tomamos decisiones a diario y siendo, generalmente las opciones, o, mejor, los resultados de éstas, dos, es posible asegurar que la mitad de nuestros congéneres, en un punto dado, serán infelices por impulso y conducción propia, mientras que los otros, más allá de encontrar felicidad, habrán, por lo menos, salvado una de las miles de encrucijadas que la vida depara a quien la transita.


No es mi afán —en serio— sonar fatalista. Puesto que todo en la naturaleza humana es dulcemente ambivalente, opuesto y complementario, el poder de decisión también lo es. Es un derecho y a la vez una obligación. ¿Qué sería o se pensaría de aquel coronel que llevase a sus tropas por caminos de peligro para lograr el objetivo común de todos si, luego de algunos tropiezos y sus consabidas pérdidas, éste decidiera retirarse, aún sin haber alcanzado la meta propuesta? La decisión es si seguir o desertar. En el segundo caso, ¿salvar la vida de los soldados que le quedan es heroísmo? ¿o es traición y deshonra por aquellos que murieron en el camino que ahora el principal decide dejar trunco? Una cuestión tan simple que, puesta de este lado, con la luz aquí y vista desde acá deja de ser tan simple si se considera el sentir de todos los subordinados, del mismo coronel, de los amigos que se han perdido en el trayecto y cuyos deudos han jurado en lechos de muerte fangosos y desconocidos, concluir lo que aquellos que ya no pueden habían ayudado a iniciar.

Por eso creo que —y ahora trato de no quedar en medio de la afilada balanza— el poder de decisión, más allá de aciertos y errores, gloria o fracaso, lleva y conlleva grandeza. Esa grandeza que brota de aquel que decide, justamente, dejarse llevar por la corriente o nadar en contra u oblicuamente, a través de ella. Las decisiones conscientes piden solamente un requerimiento para hacer entrega del blasón de estas pequeñísimas grandezas: aceptar los términos, siendo ésta palabra doblemente acertada en su acepción de elemento de acuerdo en una relación causa-consecuencia y en la de extremo, orilla, límite, fin.

Es decir que podemos, o al menos proponemos, lo siguiente: reconocer que es grande aquel que, sin importar la decisión que tome, lo hace sabiendo y aceptando de antemano, los posibles desenlaces y todas las consecuencias que su elección le puede procurar a sí mismo y a aquellos implicados en el proceso. Pero como en toda cosa humana prevalece la ambivalencia —cosa que ya se dijo pero nunca parece suficientemente recordada— y en este caso es que merece la misma grandeza o reconocimiento el que elige dejarse arrastrar por la corriente y con ello acepta todas las posibles costas y desemboques en que ésta lo pueda hacer naufragar.

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