Del Libro de las ReBelaciones

¿Qué hace uno cuando, por más escéptico que se sea, se topa de narices con el Fantasma de las Navidades Nonatas?
¿Qué hace uno cuando se está consciente que, para el efecto completo de la aparición, uno mismo constituye una manifestación de mártires ya enterrados?
¿Qué hacer cuando se sabe que uno espanta al espanto tanto como el espanto lo espanta a uno?

La respuesta fue el silencio.
El silencio fue, para ambos, la verdad más sencilla de asir de entre todas las opciones.
Como escoger la muerte más rápida e indolora de entre las cartas que nos ofrece la mano del laberinto.
El encuentro de los dos «ex seres» fue como el del espejo frente al espejo.

Por tanto, el silencio fue verdad.
Y fue ley.
Desde que grabamos las tablas de arcilla, conversando pese a nuestros labios cosidos.
Sentados en lo alto del Monte ambos ardimos como zarzas mudas.

Unos muertos resucitan a los tres días.
Otros, a los tres años.
Otros nunca lo hacen del todo y quedan como abortos a medias.
Medias almas en medios cuerpos movidos por medios espíritus:
como gallinas que corren decapitadas
sin notar que derraman su sangre en el altar.

Tú también asediaste las fortificaciones ajenas.
Luego te llegó el arrepentimiento
y ambos construímos un muro con nuestros lamentos.
No sé tampoco si tres días o tres años bastan
para que reconstruyamos el resto del templo.

Por lo pronto, la Historia parece anunciarnos la negativa 
en sus holocaustos de inocentes,
en sus documentos quemados,
con las orillas destruidas y con agujeros de tinta añeja.
Nos abandonamos mutuamente como revelaciones apócrifas.

¿Nos sacudiremos los pececillos plateados del rostro, o los dejaremos roernos hasta las entrañas?


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