La tiranía de la multitud

The Mob goes wild, wild, wild! - Clutch

Las multitudes siempre han sido tiranas. Pero no debemos (casi) hablar hoy en día de la turba iracunda que toma Las Bastillas de cada ciudad. Más bien, quiero hacer referencia al pueblo en su violencia diaria. Violencia que no requiere de palabras para destruir la confianza de un joven y que tampoco precisa de armas para acabar con las vidas de los que nacen sin caparazones rígidos.
Vivimos en las ciudades como ovejas perdidas errando en cavernas llenas de lobos, donde el menor desvío en tus gustos personales, el mínimo indicio de «mal funcionamiento», de diferenciación social, de individualidad SINCERA es pisoteado como flor que intentara crecer entre los azulejos de una iglesia.
Rara vez logra una de las ovejas ser VERDADERAMENTE lo que es. Quienes lo hacen son  puestos a parte y divididos rápidamente en dos: los genios y los locos desquiciados destinados al matadero. Claro, el genio es aquel que, generalmente, en el fondo, no es disidente, o al menos es tangente respecto a la moral imperante. No la ataca, sólo finge querer hendirla sin poner esfuerzo en las estocadas.
Somos lo que nos obligan, sin articular orden alguna, a ser. A moldearnos bajo la presión de toneladas de miradas reprobatorias o comentarios ponzoñosos de tías quedadas que preguntan cuándo se casa uno, cuándo vas a empezar a parir, cuándo empiezas a ganar en 5 o 6 cifras, cuándo te endeudas con una pantalla gigante.
La masa social es más eficiente que el Gran Hermano, porque la masa es Legión. No es suposición de autoridad, es autoridad y verdugo reales. Es cadena y es hacha de ejecución.
Pero es precisamente por eso que debe uno tratar de no seguir el camino impuesto. No por rebeldía anárquica. Por mero chingado gusto. Porque, sabiendo que vamos todos al mismo foso de sangre y vísceras, ¿qué más da si uno se va después de toda una vida de escupirles en la cara a los carniceros? Yo, por miedoso y patético que sea, espero algún día no lejano, tener los pantalones para escupir una vez en los rostros de mis carceleros, a quiénes hoy debo llamar colega, vecina, señora, compañeros, modelos, imbéciles.

Recién andaba leyendo a mi hermano en su Taquigrafía Grájica cuando sus letras me re-activaron estos pensamientos que muchos pudieran etiquetar de «liberales», de «románticos», de «rebeldes». Seamos sinceros. No hay rebeldía verdadera. Al menos no creo que haya quién la practique hoy en día. La Rebeldía Pura, sería, a mi parecer, demasiado pedir, pero absoluta. Habría que encontrar la manera, al menos teórica, de describirla. Algo sumamente abstracto. Podríamos iniciar la captación de ideas. Se aceptan sugerencias. Yo, por lo pronto, me acepto prostituta pagada por el cerdo capitalismo y el consumismo tecnológico de mi época. No lo niego. Eso sería hipócrita. Sólo espero luego encontrar...otro modo de ser y estar y vivir.

Comentarios

  1. Cuando pienso en rebeldía se me viene a la cabeza un niño escapando de casa porque lo obligan a hacer tarea o ir a la doctrina. Mi forma de ver la rebeldía es como algo infantil pero sincero. Ahora bien, creo que con esta masa autoridad-verdugo, como lo mencionas, y en definitiva es, uno no puede concederse tirar puntapies e insultar a diestra y sinienstra sino es más que para puro desahogo. Un niño inteligente es aquel que encuentra la forma de cumplir sus caprichos sin rabietas. Si es evidente que el jefe nos quiere aislados en nuestros cubiles y ridiculiza nuestros fervores de autonomía, a lo mejor solo es cuetión de ignorarlo y aunque suene muy trillado y ridiculizado, organizarnos, no para atacar, porque el sistema está diseñado para absorver esos golpes, si no más bien para jugar con nuestras propias reglas, aunque sea en una escala micro, al fin y al cabo, tenemos los recursos, otra cosa es atrevernos a usarlos. Visualizalo como el conflicto Uber vs taxies.

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  2. Gracias por la mención. Uno feliz de figurar en entradas fuera de la propia.

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    1. Con harto gusto. Por otro lado justo creo en lo que dices: Un niño inteligente es aquel que encuentra la forma de cumplir sus caprichos sin rabietas. Si las autoridades nos meten en laberintos de hamsters, hay que saber, sobrevivirlos, sobrellevarlos y, a la par, buscar la salida definitiva.

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