Una poesía sin causa

Se había derramado el vino
de entre los fulgores del alba.
Se esparcía
como la sangre entre las piernas de las damas.

Mientras, me cosías los labios con rafia verde,
me decorabas con las puntas de hierro de tus garras.
Y caminabas
Y caminabas más
Y sin dejar de caminar te acercaste
O te alejabas
(No estaba yo en condiciones de discernirlo [y mucho menos de dudarlo])

Ya después de las carreras
se desplomaron varios,
como caballos reventados.
Y la suciedad no tuvo quién la compactara con sus pezuñas.

Así comenzó el año,
allá por octubre.
Y terminó un jueves a la tarde
en una mesa sin patas,
en una alcoba sin paredes,
en una cruda digna de las Coronas,
en esas salpicaduras de amanecer
agarradas a tus legañas.

Al ascender los días
perdemos la noción de cómo descienden los años,
hasta el fondo de sus criptas a flor de tierra.

Nos arrebatamos el aire de entre las quijadas
con el argumento de la escoba amarilla
que te presté y que ya no sé si me devolviste
ni tú si yo te la pedí en primer lugar.

A la par, se absorben las horas tintas que siguen derramadas
Y a saber a quién carajos le toca limpiar el mantel y la alfombra de la sala.

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