«Historia del Ojo» de Georges Bataille

Continúo mi promesa de evitar olvidar los libros que voy leyendo y sus entrañas multicolor.
Hoy toca el turno la cuasi surrealista y muy erótica «Historia del Ojo» de Georges Bataille (1897-1962). La verdad creo que esta reseña será breve. ¿Qué tanto podría decir de esta obra que no haya dicho Vargas Llosa en su casi interminable prólogo de 1978 donde más que prologar sintetiza y además «quema» para el lector prácticamente la totalidad de la trama? Debo confesar que en cuanto me di cuenta de dicha tendencia del  premio Nobel, me salté su tanto y lo dejé para el final (me parece que funciona mejor casi como colofón del relato y como como antesala).

En primera instancia, nuevamente: Me gustó. Me gustó mucho. Removió ciertas cosas en mi (emocionales y físicas también, por su puesto) que otros libros no se habían molestado en tocar. Y no es para menos. Esta novelita es una gran sacudida sexual y perversa para el leyente desprevenido. Me imagino que en su historia debe haber causado más de un desmayo a la gente de buenas costumbres que por algún error fatídico terminó con el libro en sus manos. A mi me causó gracia. Pero también cierta excitación, no como cabría pensar. No un morbo sádico. No sabría describirla.

Me costó en principio imaginar personas de 16 o menos años realizando la tremenda serie de extravagancias sexuales, por decirlo así (no es que las repruebe...del todo). Después comprendí que efectivamente la mayoría de la gente tiene sus acercamientos primeros al sexos por esas épocas de la vida y que son iguales: son exploraciones de terrenos ignorados. Peeeeeeeeero, también debo concordar con Llosa: se trata de dizque jóvenes, nada adultos con las uñas aún clavadas en los últimos jirones de una infancia en franco derrumbe. Y por este lado también me causaron gran escozor sus osadías «majaderas» como diría el celebérrimo prologuista porque justo eso me parecieron en la mayor parte del tiempo: berrinches, majaderías, arrebatos y pucheros infantiles más que verdaderos estratagemas y laberintos del placer y la búsqueda carnal.

Lo que más impacta de esta historia ocular no son las rabietas sexuales de los protagonistas. Son las imágenes, creo yo. Y sobre todo el ritmo, repetición y superposición de las mismas. Afirma la edición que poseo que Bataille nunca se confesó miembro activo y bautizado del surrealismo. Sin embargo y como es sabido rondó dicha corriente, y a mi parecer no sólo sus periferias: La gran imagen de la historia se me presenta, en lo personal, como una pintura surrealista elaborada de numerosas escenas, un paisaje de reminiscencia gótico-romántica (seguro me equivoco pero es mi impresión) donde lo que prima es LA COMPOSICIÓN VISUAL. En este caso lograda mediante la repitición de elementos formales. ¡Vamos! Que hasta me parece necesario describirlo como, por mi profesión, describiría yo una pintura virreinal, moderno o contemporánea.

El elemento de repetición, y que por ello se carga de simbolismo Y surrealismo es, sin duda, el ojo. El óvalo blanquecino que se convierte en trinidad ojo-huevo-testículo y por tanto, como diría Llosa, en voyeurismo-sexo y finalmente transgresión. Como en el análisis de una pintura el óvalo blanco reaparece a cada tanto y de ello es terriblemente consciente nuestro anónimo narrador-protagonista y habla de tensiones ocultas en lo evidente (sí) de la mente del autor o de la mente del autor en su papel de autor. Mejor dicho, de la mente de Bataille en su papel de autor de «Historia del Ojo».

Finalmente y para no alargarme más (sin albur, ¡por Dios!) me gusta la visión de Vargas Llosa que yo no había considerado mientras leía el libro: la naturaleza ya de por sí surreal del relato se acrecienta y confirma si se considera que los sucesos y acciones que en el tienen lugar se sienten como se sienten los mismos durante un sueño. Sí. Pareciera que todo el relato se gobernara por las reglas del reino onírico que todos conocemos y que aún así es infinitamente distinto y mutable. Las acciones no tienen mucho sentido, los personajes son casi esqueléticos sin mucho trasfondo que ocultar. ¿Por qué? Porque son sus acciones y la naturalidad con que las realizan lo que les define. Algo así, pienso, como en un sueño en el que se está seguro de conocer perfectamente a la gente y los lugares en que se encuentra uno sin en realidad conocerlos desde antes y cuya familiaridad aumenta conforme se desenvuelve la trama del sueño.

«Historia del Ojo» de Bataille presenta muchas cosas, perversiones, composición, ritmo, poesía y prosa, y un manejo por demás muy bueno del léxico. No abusa de adjetivos, de hehco casi es raquítico en esto y lo es más, curiosamente, en cuanto al tema del texto: no hay gran descripción de la suciedad, de las orgías, de los olores, de las texturas. Sólo ecos velados de la situación que parece describirse a sí misma sin necesidad de adornos pornográficos, al contrario, escenario bellamente construidos en la relativa sencillez y acciones casi como trifulcas orgiásticas que invitan al movimiento del verbo y no a la contemplación de largas listas de adjetivos.

Comentarios

  1. Suena que me gustaría como cuento, pero no sé qué tan novelístico logre funcionar. Con lo que nos dejas, me quedo con mis dudas de si vale el tiempo que nos cobra o si pudiese leer algo más significativo, interesante o divertido... o ya de plano, porno o erótico.

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