Séptima estrella...


Siete años atrás

Cuaderno de notas (11 de Octubre: El Día del Dragón)

En ese momento, algo obstruyó la escatológica vista que me mantenía hipnotizado. Una sombra. Una sombra colosal cubrió la Luna y sus estrellas. Una sombra con alas titánicas.
Ahogué un grito en mi garganta y corrí hacia Espadas quien parecía haber visto lo mismo que yo.
Giró rápidamente mientras se guardaba algo en la gabardina que llevaba puesta todo el tiempo. Me tomó por el brazo y me dijo:
-Si no salimos de aquí pronto...- pero no terminó la frase. Se limitó a mirarme muy profundamente y a conducirme hacia la cochera donde esperaba una camioneta color tinto.
Abriendo la puerta casi me arrojó dentro en el lugar del chofer y se sentó en el asiento posterior.
-¡Conduzca! No se preocupe por nada. Acelere. Tenemos que salir de la ciudad por la entrada norte. ¡Ya!
Encendí el auto y pronto íbamos de camino a la salida de la ciudad.
-¡¿Qué demonios pasa?!- grité absolutamente desesperado.
-Ahora usa bien el término- se limitó a decir lo cual primero me hizo enojar y después palidecer -Han venido por nosotros.
Decidí ya no decir nada. Quería cerrar los ojos y dejarme caer en los brazos del silencio ensordecedor de la noche. Abrirlos después y encontrar todo como lo había dejado hacía apenas unos días.
Mientras tanto, Espadas iba como dormido en la parte de atrás. Pero algo me dijo que estaría haciendo cualquier cosa menos dormir así que no dije nada.
De repente vi como una sombra un poco delante de nosotros. Miré hacia arriba solo para encontrar un enorme pedazo de roca que venía directo a nosotros desde quién sabe qué condenada altura.
Torcí el volante con violencia y me salí un poco del camino al tiempo que el enorme pedazo de edificio (ahora podía ver mejor) caía en la mitad del camino con un tremendo estruendo y seguido de una sacudida. A eso siguió el indescriptible y terrible chillido que provino desde el cielo muy por detrás de nosotros.
Mi sangré se detuvo por un momento en todo mi cuerpo y mis oídos zumbaban.
Hacía un rato que la destrucción era muchísimo menos generalizada. Incluso había zonas donde todo parecía apacible todavía. Y ahora sentía que les traíamos hasta sus casas la destrucción.
Espadas saltó de pronto y con trabajo se pasó al asiento del copiloto.
-Ahí. ¡Da vuelta a la derecha!
Lo hice. Desembocamos en una amplísima avenida flanqueada por edificios altos. Y, al poco tiempo de conducir por ésta, salió a nuestro encuentro un dragón descomunal de color negro y ojos rojos como la sangre...

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