«El águila en la alcoba» de Adolfo Arrioja Vizcaíno (reseña) (micro ensayo)


Introducción
Antes de que empezara a tomar medidas serias para corroborar o desmentir mi hipótesis de que entre el corpus de la literatura mexicana se tienen cuasiolvidados los periodos históricos que no sean la época prehispánica, el siglo XIX y la Revolución, mi significant other tuvo a bien —sin mediación alguna de mi parte— comprar «El águila en la alcoba» de entre un montón de libros viejos en una feria literaria por un precio bajísimo.
Como felizmente descubrimos los dos, no solo el título sino la portada, el subtítulo o slogan —o cómo se llame— no le hacen ni poquita justicia al contenido verdadero del libro. Vamos, ni si quiera creo que sean parte de una estrategia buena y pensada para colocar este producto literario con más facilidad en las manos de un público conocido mundialmente por no leer, salvo que se trate del chisme jugoso y con desavenencias carnales de alguien de renombre.

Desarrollo
De título escandaloso y subtitular y sinopsis engañosísimos, «El águila en la alcoba» no tiene como núcleo romances turbulentos, ni a la Güera Rodríguez, ni el proceso independentista del cura Hidalgo y sus amigos. Y creo que eso es algo bueno para la obra y su autor, y refleja pésimas decisiones por parte de editores y diseñadores.
Lo que la obra realmente retrata es los últimos años del Virreinato de la Nueva España desde el punto de vista de un funcionario mediano del mismo, no particularmente fiel a la Corona de España, como buen criollo semiilustrado que es.
Los años crepusculares de la Nueva España demuestran en el libro ser un marco muy rico para insertar una historia literaria sin acudir al tan sobado cura de Dolores o a su gesta insurgente. Y gracias a Dios tampoco se mete la cámara narradora —a través de la cual el lector presencia la historia— entre las faldas de la también famosa y ya muy revisada Güera Rodríguez.
Sí, la novela habla de varios intentos independentistas o similares, pero de los menos sonados en las producciones literarias. Como ése que surgió originado desde el Cabildo novohispano a raíz de la deposición del rey de España y su sustitución por José I, hermano de Napoleón Bonaparte, por ejemplo.
Pero creo que lo que evita que esta novela sea otro drama histórico sobre la lucha de los grandes personajes de la historia oficial nacional es que dichos acontecimientos y dichos personajes pertenecen al fondo de las escenas, constituyendo parte importante de la escenografía, pero que no deja de estar detrás de los protagonistas.
Para mi, en una obra literaria de este género es mejor si se aborda la época y andanzas de una manera más natural y narrativa, por decirlo de alguna manera. No sólo se debe dejar que los eventos se desenvuelvan como si uno fuera parte del pópulo expectante que presencia cómo se desarrollan, sino que se puede y debe uno alejar de lo oficial, del punto de vista resobado y de la tendencia a hacer grandilocuencias con las vidas y hasta el menor diálogo de los personajes más trillados.
Lo mejor de esta novela es el acontecer diario que ocurre a y alrededor del protagonista, quien se desenvuelve en un mundo que alguna vez fue la realidad de las tierras que hoy llamamos México y que desde los libros de historia de primaria y secundaria ha sido mutilado y reducido a un mero «oscurantismo mexicano». La vida de una ciudad que hoy sigue en pie pero que ya no existe es apenas una punta de iceberg que invita a la imaginación ávida de tales temas a imaginar el resto del glaciar.
Las pocas apariciones de la Güera Rodríguez me parecen algo acertado. Comentamos mi compañera de vida y yo lo curioso —hoy me parece casi una afrenta al lector— que la portada asegure que el libro habla específicamente sobre la vida de la Güera y su papel en el desenvolvimiento de los sucesos que desembocaron en la Independencia de México. Nada más lejos de la realidad: la Güera, si no mal recuerdo, no aparecerá bajo el reflector escena más de nueve o diez veces.
Respecto a vender o querer vender la novela como una madeja de intrigas sórdidas, carnales y pecaminosas: sí, claro que las hay pero no son el motor de la historia. ¿Quién querría leer un montón de eventos enlistados cronológicamente sin tener el ancla de un personaje con quién se pueda uno relacionar, otro que uno deteste con el alma, sin alguien a quien podamos seguir, con quién sorprendernos de sus peripecias y desaguisados? Sólo un historiador, como suelen ser los que investigan para luego crear una obra de este tipo accesible al público.
Pero esa intriga se vuelve humana y toma forma y no se limita a describir obscenamente qué le hizo Fulanita a don Sutano de tal, ni por dónde ni cuántas veces. Y también hay personajes disparatados que existieron —claro que la licencia creativa no dejará de existir, y a Dios gracias por ello— y alguno que otro que fue adaptación o creación del autor...No sólo se vale, sino que lo aplaudo; esto es una novela, no una tesis de doctorado en historigrafía.
La diferencia con otros títulos de historia mexicana en el mercado —aclaro de una vez y para siempre: no digo que no haya ninguna novela histórica mexicana: digo que hay pocas, de las cuales la mayoría habla de los mismos temas, los mismos personajes y épocas y casi siempre con los mismos tonos y narrativas grises— es que no es un escándalo de tabloide o programa de chismes de televisión abierta mexicano tras otro. Es un drama político conducido por humanos que por sí mismo bien podría no pedirle nada a tinglados del calibre de A Song Of Ice And Fire —Game of Thrones para quien sólo sabe de la serie—; aunque los escenarios descritos en la obra más parecen una serie de intentos y errores y tropiezos políticos que dan lugar, también sin querer, a un país entero en el que ahora viven 130 millones de personas.

Conclusión
Antes de concluir quiero aclarar que tampoco pretendo que se entienda que hablo de una joya magistral de la novela histórica mexicana. Para nada. La novela tiene aciertos entre los que destaca la elecciones de personajes, escenarios, situaciones, marco temporal y sobre todo los eventos que decide mostrar y cómo lo hace.
Pero también padece de una prosa a veces sumamente repetitiva, de algunos hilos narrativos que parece que no llevaron a nada, se detiene demasiado en algunas escenas no particularmente interesantes, coloridas o relevantes y omite otras que parecían tener mayor potencial para expandirse, y finalmente, el protagonista, aquel a quien seguimos desde la primera hasta las últimas páginas, necesitaba haber sido desarrollado aún más en las complejidades y características de su personalidad.
Si vamos a pasar cientos de páginas acompañándolo a él y no a otros, tú autor, debes hacer que me interese lo que le pasa, lo que siente, lo que teme, lo que ansía obtener; ya sea porque me preocupo por él o porque lo detesto y le deseo lo peor y no puedo despegar los ojos de la página. Esto, creo, es resultado de que el autor no es escritor narrativo de oficio, sino un académico de las leyes y la Historia con mayúscula que encontró una buena historia con minúscula que contarnos. Y eso se agradece. 
Pero faltó ponerle más carne a los huesos que constituyen al protagonista, y faltó desarrollar con una prosa más rica, abierta y tal vez con algún atrevimiento estético, su personalidad y unicidad, en fin, los valores por los que él es el elegido para ser quien nos guíe por este mundo virreinal, tan nuestro y tan ajeno a la vez.
Finalmente, debo exhortarlos: En definitiva, háganse un favor y busquen esta obra y juzguen ustedes mismos. Sé que mi forma de ver la producción literaria con respecto a su acercamiento a la historia nacional no ha de concordar con lo que piensan muchos, sobre todo aquellos enamorados que siguen viviendo en tiempos anteriores a Moctezuma y la caída de Tenochtitlán y que ven con especial desdén la época del Virreinato.
Pero a ellos y a todos los que no se han puesto a pensar en lo valioso de este legado les invito a leer esta obra, les invito a que vean todo aquello que los hace ser mexicanos y verán, si investigan apenas un poco, que la mayoría de esos elementos identitarios nacieron, crecieron, se reprodujeron y siguieron creciendo durante esos 300 años que, gente de a pie y gobiernos enteros, han decidido esconder bajo la alfombra del olvido.


La imagen la tomé de por aquí.

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