El fuego de la noche

"Tus ojos eran piedras encendidas" 
Esa madrugada -  La Barranca
Jugar con fuego es una cosa.
Pero jugar dos personas a intercambiar el fuego con rápidos movimientos, tretas y pretendiendo que el otro trastabille y pierda el control es buscar que ese fuego perdido los consuma a ambos. Y de hecho, parece que a veces ese es el objetivo: cometer un error, encontrar con la punta del pie la loza suelta del piso, caer en el fuego y jalar al otro consigo.
Estos juegos casi autodestructivos son en realidad el soporte que da origen a muchos de los grandes y memorables momentos de la vida. Poner el cuello en el filo del acero por diversión puede darte más vida de lo que cien vueltas al sol te permitirían acumular (o gastar).
Así como algún graznido aterrado puede indicar que al bosque se aproxima un incendio devorador, la vida nos da avisos en ocasiones nada sutiles sobre los cambios que se avecinan. Y a veces el Juego Ígneo es el que vaticina o detona las calamidades (nótese que con calamidades me refiero a maravillas, espectáculos, delicias) que luego lo consumirán todo.
Como dice La Barranca, ¡quémate lento! Porque si ya ambos participantes se hundieron juntos en las llamas qué mejor que disfrutar el fundirse, el quemarse, compartirse las lenguas de fuego en todo el cuerpo, dejar marcas de brazas con el rasgar de los dedos en la espalda adversaria.
Lo mejor, el premio, la victoria que obtienen ambos al perder en el juego, es convertirse juntos es ascuas, luciérnagas de fuego de merodeen el sitio del incendio extinto.

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