«Hambre» de Knut Hamsun (reseña)



Introducción


Hace unas semanas terminé la novela Hambre de Knut Hamsun. A esto se sumó que apenas hace unos días retomé, por enésima ocasión, el hábito de escribir en este blog. Esto dio como resultado el siguiente post, que a su vez retoma una costumbre que no acabó de madurar aquí: la de colocar mis reseñas de los libros que voy leyendo. Iré un poco en reversa del orden cronológico para reseñar los libros (teóricos, narrativos, poéticos, físicos, digitales) que haya leído desde aquella vez hace ya tiempo que reseñé Escritura no-creativa: la gestión del lenguaje en la era digital de Kenneth Goldsmith.

Así que, como buenos marineros ansiosos de bogar allende el horizonte, aprovechemos este puerto para reabastecernos de las historias de los grandes, para que sus vientos nos llenen las velas en nuestro propia ruta de descubrimientos.

Desarrollo: Sobre Hambre de Knut Hamsun


«La idea de Dios me preocupó nuevamente. Encontraba absolutamente injustificable de su parte que se me interpusiera cada vez que yo buscaba un empleo; y, para echarlo todo a perder, cuando pedía simplemente mi pan cotidiano» - Página 16

La de Hambre es una historia peculiar, sencilla y a la vez difícil, o mejor dicho, muy rica de interpretar. Nuestro protagonista no tiene nombre: ¿no lo recuerda? ¿tiene múltiples identidades? ¿oculta la verdadera por motivos ulteriores? Eso no importa. Para nada serviría ponerle nombre al rostro de este hombre. Lo que importa es el viaje.

En este caso no se trata de un viaje literal, geográfico, temporal o de aventuras. Es un viaje enteramente mental. No puedo quitarme la sensación de que la mente humana, bella y trágicamente retratada en Hambre, es como una montaña rusa violenta y caprichosa. El factor recurrente del hambre detona pensamientos de lo más disímiles en el protagonista de quien conocemos hasta el menor de los pensamientos: se tiene por persona decente, casi orgullosa de sus buenas maneras, de su abnegación, de sus sacrificios que pasan sin ser reconocidos. En esto último me sentí bastante identificado; la manera en que está seguro de que el mundo y la vida, o en su caso Dios mismo, le quedan en deuda por sus buenas acciones que son mínimas para otros pero un verdadero sacrificio casi suicida para él. Yo a menudo siento que el mundo y las personas me deben por las cosas que hago y que pasan desapercibidas, pero claro, olvido que nadie me ha pedido o solicitado las preocupaciones, o más, que ni siquiera les reportan beneficio real.

Pero en el caso de nuestro personaje y guía, además, su creencia en Dios, más que refutarse, parece confirmarse por las mismas y crecientes penurias por las que hace pasar al desdichado que sufre, duda, padece y ve renovadas sus fuerzas —espirituales, al menos— conforme las olas de hambre, lucidez y locura se siguen unas a otras, sólo para volver a contemplar el borde del abismo. En esto es muy efectivo Hamsun: en hacernos pasar por una amplísima gama de emociones y pensamientos humanos, normalmente callados por cada uno de nosotros y guardados en lo más recóndito de nuestros recuerdos, como monstruos que quisiéramos sellar, por falta de control.

Luego viene la duda ya más aterrizada sobre la naturaleza del personaje. En lo particular me parece que se trata de alguien caído en desgracia hace mucho tiempo y cuyo descenso social, económico y físico y lo lleva, también, a la pérdida de la lucidez. Es notable cómo el autor logra meterse en una cabeza humana que funciona de manera completamente diferente que la de la mayoría de las personas. Paralela a esta duda viene la otra clásica de que si se trata de algún episodio autobiográfico del autor. Admito que escribo esto sin haber leído la biografía de Hamsun, pero también aclaro que es intencional puesto que quiero hablar ahora sólo de la obra y las impresiones que me causó, no sobre si el día que la escribió Hamsun tenía mucha hambre y nada de dinero y se puso a redactar sus vivencias para distraerse. Toda creación y obra de arte tienen su forma o tema y su fondo. El fondo puede ser desconocido incluso para el autor, al menos en parte.

Conclusión

Para no extenderme más ni entrar en el terreno de los spoilers, me gustaría sintetizar aquí la atmósfera o la sensación que me causó el libro, más allá de las formas o recursos utilizados por el creador.

La obra en general me parece la condensación de un enorme y casi completo mosaico de las emociones por las que puede atravesar el humano promedio. Incluso algunas más allá de la experiencia habitual, como son el desamparo total, el hambre extrema, la psicosis y alucinación, entre otras no tan cotidianas. Este caleidoscopio que da cuerpo y voz al más humano de los humanos, podríamos decir, es enfrentado a la idea no sólo de la sociedad y sus reglas a veces verdaderamente inhumanas, sino también se confronta a la idea de la divinidad, a la intervención o ausencia total de las acciones de Dios sobre la vida minúscula de los hombres. Al final, de hecho, parece aceptar la ausencia de fuerzas que velen por el humano o, por lo menos, lo poco que a dichas fuerzas les importa intervenir en el destino de dichos seres. Así, luego de roces y choques y entregas a lo divino, parece tomar por primera vez una decisión enteramente propia, interesada en el buen sentido de autoconservación y ya no de mortificación de la carne o expiación de pecados imaginarios. Y con esa imagen me quedo: que a final de cuentas y pese a lo largo y tortuoso del Calvario, está en uno tirar su cruz e irse a construir su propia vida.

P. S.: Irónicamente es Viernes Santo hoy.
Imagen de portada tomada de acá para ilustrar la reseña

Comentarios

  1. Chidísimo el que vuelvas a tus tierras blogueras y más con reseñas. Me encantó eso de tirar cruces y contruir vidas. Creo que lo utilizaré para cuando tenga que hacer algo severamente responsable por la comunidad, para hacerlo no como una responsabilidad que me llene de virtud o me lleve a un objetivo colosal, sino como algo que hago por convicción cotidiana, un paso que si no se da, no se dio y ya.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me da gusto lo que dices, aunque también creo que debería ser cosa para la vida de todos los días de cada quién. En el libro queda muy claro (dentro de la realidad contenida del libro, aunque no por eso deja de ser una posibilidad real): el que quiere sufrir, sufre; el que quiere dejar de sufrir, deja de sufrir. O en otras palabras, que me vienen muy al caso en esta nueva etapa y me imagino que a ti y el mundo también, el que quiere CREAR o HACER, crea o hace...No que sea así de fácil, pero el cambio de switch en la mente siempre está al alcance de la mano....Otro abrazo, brother :D

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Las hojas casi nunca caen en otoño (poema)

En defensa del absolutismo ilustrado (micro ensayo)