Génesis desértica

Intentar plasmar por medios humanos abstractos a los elementos etéreos de la naturaleza. En particular a los dos más vivos.

El aire, está y no. Es una presencia constante, como el aliento de un enorme ser vivo. Trae consigo las nubes, se las lleva. Arranca árboles y personas del suelo y sirve de motor a los pensamientos idílicos. Su advocación de viento es verdadera vida corriendo por los campos, bajada desde la oscuridad prespacial para barrernos, barrer los campos con nuestros cuerpos y llenarnos de granitos de arena los ojos. El viento, cuando fúrico, acaricia con garras metálicas los rostros cálidos. Cuando cariñoso, decide mostrar sus dedos nubosos para acariciar a la tierra, borrando con sus tornados a pueblos y personas.
El viento es también la presencia de los muertos, la voz del pasado, el empuje de un futuro embrionario pateando por nacer, a veces prematuro.
El aire otoñal es el cántico taciturno de ángeles sombríos que anhelan a sus camaradas caídos y se preguntan, de qué lado será más verde el pasto.
El aire es inmortal.

El fuego es materia inmaterial. Es una contradicción. También está y no. Juega con los sentidos humanos y le hace contradecir a su razón. El fuego posee un ciclo de vida, como cualquier ser vivo. Porque está vivo. Es voluble, el fuego puede calentar una casa, iluminar la terrible noche de un indefenso, o devorar una ciudad y sus almas residentes. El fuego es un cuchillo que corta en las venas de la noche y nos hace entrar en la fuente donde se riega la sustancia azul.
Las llamas son risas infernales, damas de luz y calor que bailan sobre cadáveres y recuerdos. 
Las ascuas son polillas rojas que revolotean bajo el influjo adictivo del aire.

El fuego no sería sin el aire. El aire recurre al fuego.

Las flamas lamen con lujuria las costillas del aire.
El viento arranca impúdico las coberturas del fuego.
Se arremolinan convirtiéndose en uno y otro, en ambos y ninguno.
El aire se deja absorber por el fuego. Se introduce en él y le da una vida y brillo que no conocía.
El fuego regala su calor al aire, le devuelve la vitalidad, le canta a sus movimientos, le besa los tobillos y lo incita a girar en círculos.
Se pierden en el deseo. Se consumen las viandas de la cena. Se acaba el vino y el queso. Pasemos al postre. Media ciudad para acallar los demonios ínfimos que viven en cada uno. 
La vertiginosa decadencia de la noche no cede. Los ojos se incendian. Las almas se hinchan y resoplan.
Las pieles se chamuscan y se unen a los elementos en un alarido poseso. Se toman de las manos muertos y vivos, aire y fuego, sol y piedra, luna y lluvia.
Las gotas reflejan y aplauden el espectáculo flamígero.

No queda nada. Ninguno guardó nada para sí. Las energías se entregaron mutuamente. Un cambio exacto y perfecto. Alma por alma. Mano por mano. Beso por beso. Río por río. Y esta graciosa sensación de haber ganado todo al haber entregado todo. Y esta torpe indulgencia que se tienen el uno para con el otro. 

Es como aspirar antes de saltar al agua fría.

El humo nace de ambos.
La luz también, pero es pronto que se pierde en el espacio.
Las cenizas, al final, guardan la esencia mezclada de ambos. 
Piensa en mañana. Piensa en el calor. La explosión borró la primavera y el verano. Vivimos en un otoño permanente.
Las hojas, del color del fuego, gustan de jugar también al viento.
Pero éste sabe que su palabra pertenece sólo a los labios del fuego. 


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