De monstruos y líquidos

La cosa dio un giro. Pero para dar ese giro primero la cosa tuvo que tumbarse de lado, como un amasijo de carne, cansado y olvidado. Este ente se la pasaba bomba entre el humo del cigarro, las miradas sin significado, la plática extraña y excavadora. Pero los interlocutores no veían otra cosa que sus propios rostros. Aquí, la piltrafa tragaba sorbos amargos de aire y se miraba los zapatos. Estos zapatos lujego le servirían para casi correr del lugar y esperar en casa, fuera de casa más precisamente.
Como quiera que fuese, en la siguiente versión del mismo lugar, tomando nuevas versiones del mismo mezcal y cerveza, la cosa decidió saltarnos encima y vernos a los ojos. Más bien debería decir que la dejé salir y tomó un poco el control del habla. Así fue que, apenas antes de que despertara el siguiente día, el monstruo que me rasgaba la nuca se encogió conforme avanzaba la charla, y se fue desinflando. No murió, ni escapó ni dijo nada: sólo me sigue, cabizbajo y callado, apenas más alto que mis tobillos, me sigue como un recordatorio mientras espera recobrar fuerzas. Pretendo no permitírselo.
Eso por un lado.
Por otro: ¡Ah cómo hemos dejado correr la bebida del gusano por la garganta, las manos, los dientes, las piernas!

Comentarios

  1. Me gusta, he leído a otros portadores de amasijos brotar tumoralmente y nunca me canso de sus cosas.

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