El juicio de la coladera

Soy un prejuicioso. Un prejuicioso de lo peor. Pero debo reconocer que no es enteramente mi culpa. O al menos hay un detonador que favoreció el florecimiento de este desagrado instantáneo por otros en mi ser.
Todo comenzó con el don con que fui dotado desde el nacimiento. Un don de lo más nimio y hasta ridículo: con sólo ver a una persona, una hojeada general pero con enfoque especial en los rasgos de la cara, puedo determinar al instante qué clase de persona es, sus reacciones, sus creencias, su modo de actuar, su personalidad, sus gustos, sus disgustos, sus vicios, su léxico, su ascendencia...En pocas palabras soy de esos que con ver a alguien unos segundos saben de qué clase de persona se trata. Claro esto es en un rango general pero muy muy pocas veces he errado en mis juicios instantáneos. Casi nunca, de hecho.
Parece, como dije, un don de lo más irrelevante. Pero he sabido utilizarlo para mi provecho personal. He evitado personas que eventualmente se convirtieron en el dolor de cabeza de otros, en las piedras de sus zapatos y yo sólo los veía luchar por zafárselos desesperadamente. Me ha sido útil para saber acercarme, a veces inconscientemente, a personas que me han terminado enseñándome cosas valiosas y nuevas, incluso a veces contra mi propia voluntad o gusto. Gracias a este olfato ciego me he escapado por muy poco de verdaderas situaciones de peligro: asaltantes, bandoleros, ebrios y lunáticos. En fin, de gente que de haber tenido la oportunidad de acercárseme hubieran intentado agredirme en dios sabe qué formas.
Por ello es que soy un prejuicioso. Total y concienzudamente. Mi instinto filtrador se ha ganado mi confianza total cuando se trata de conocer y reconocer a algún extranjero. Por ello admito a grandes voces que soy desdeñoso con la gente que me parece debo alejar de mi, con los malvivientes y los transgresores, con las escorias, ratas, sanguijuelas y demás parásitos de la vida, de la humanidad y de la sociedad.
Esto tiene algo de bueno, en especial si es que tú que lees esto me conoces. Si te considero mi amigo, o un buen conocido y aunque no te llame, escriba o contacte en mucho tiempo, siempre que no te desdeñe abiertamente siéntete orgulloso porque quiere decir que no eres cualquier persona (y como ya explique no es criterio mio, sino del regalo divino que mi instinto tiene como olfato).
Todo lo contrario, eres alguien que ha pasado un filtro muy estrecho donde sólo ciertas personas (no sabría definir ahora mismo los rasgos esenciales que definen a quienes cruzan el tejido de mi misantropía) tienen la cualidad de estar. Y eso quiere decir que eres una "buena persona" a grandes rasgos. Una "buena persona" en términos generales universales: puedes ser blanco, moreno, negro, amarillo, verde, azul, enano, gigante, mujer, hombre, quimera...la verdad no importa qué comas o por dónde lo comas. Lo que importa es que soy un juez inflexible y si has pasado la prueba, has también de hacer lo posible por no permitir que mi instinto cambie de parecer respecto a tí.


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